Curé al lobo que todos buscaban. A la mañana siguiente, el rey tocó mi puerta.
Curé al lobo que todos buscaban. A la mañana siguiente, el rey tocó mi puerta.
El lobo tenía una flecha de hierro clavada en el hombro y una mirada demasiado tranquila para un animal a punto de morir. Mara sabía que debía dejarlo ahí. Aun así, se arrodilló en la escarcha y puso las manos sobre la herida. Lo que todavía no sabía era que, al salvarlo, también estaba escondiendo a un hombre al que todo el reino buscaba.
Había salido antes del amanecer para recoger raíz de belladona junto al bosque. Encontró al animal entre los helechos, enorme, de pelaje blanco grisáceo. La flecha estaba hundida con una precisión que no parecía obra de un cazador distraído.
Mara era hija de una curandera. No tenía lobo propio ni pertenecía a ninguna manada. Según las viejas reglas, no debía meterse en asuntos que correspondían al alfa. Pero cuando el animal abrió los ojos, color ámbar, y la miró sin intentar morderla, ella ya estaba sacando el cuchillo.
Retiró la flecha de un tirón y presionó un pañuelo contra la herida. El lobo soltó el aire despacio. Ni siquiera gruñó.
Llevarlo hasta su cabaña fue otra historia. Pesaba demasiado y el camino estaba resbaloso. Mara usó una cuerda, maldijo más de una vez y terminó rompiendo una puerta del cobertizo. Cuando por fin consiguió meterlo al sótano, le limpió la herida, preparó un emplasto y lo dejó sobre un montón de paja.
Dos días después, le subió la fiebre.
Mara pasó la noche bajando y subiendo las escaleras con agua fresca y más hierbas. El lobo apenas reaccionaba. En lo más oscuro de la madrugada soltó un sonido pequeño, casi un quejido. Ella apoyó la palma en su costado.
—Aguanta un poco más —le dijo.
Y se quedó con él.
La fiebre cedió antes del amanecer. Mara, agotada, se sentó en los escalones y empezó a hablarle de cualquier cosa: el precio absurdo de la sal, las plantas que todavía le faltaba secar, una gotera que llevaba meses prometiendo arreglar. No mencionó a los soldados que habían pasado por el pueblo preguntando por un rey desaparecido.
Tampoco les contó que, cuando uno de ellos tocó a su puerta, ella había ocultado la entrada del sótano bajo el tapete de la cocina antes de abrir.
La tercera noche, un ruido la despertó. Bajó con una lámpara y encontró al lobo cambiando de forma. Por un instante vio hombros humanos, una mandíbula marcada y los mismos ojos ámbar. El hombre pareció luchar por conservar aquella forma; enseguida volvió a ser lobo, exhausto.
Mara apartó la mirada.
—Tómate tu tiempo —dijo, y subió a calentar caldo.
A la mañana siguiente, el sótano estaba vacío. La paja se veía acomodada y el tazón, lavado y puesto boca abajo sobre una repisa. Un lobo no podía haber hecho eso.
En la mesa encontró una moneda pesada, marcada con el emblema real.
Mara la guardó en el bolsillo. Luego salió a atender sus plantas como si nada hubiera pasado, aunque pensó en la moneda todo el día.
A la mañana siguiente, llegaron seis soldados. Detrás de ellos venía un hombre alto, montado en un caballo negro y vestido con ropa oscura, sencilla solo a primera vista. Cuando desmontó, Mara notó que mantenía rígido el hombro izquierdo.
Era el hombre que había visto en el sótano.
Los soldados se quedaron junto al portón. Él caminó solo por el sendero, entre las plantas de lavanda, y se detuvo frente a ella.
—Te debo la vida —dijo.
Mara no respondió. Él miró la puerta de la cabaña y después sus ojos.
—Quiero pedirte algo. No como curandera de mi casa ni como invitada. Quiero que vengas conmigo como mi igual, como mi Luna.
Mara metió la mano en el bolsillo y sacó la moneda. La puso sobre el muro del jardín entre los dos.
—Antes de contestarte, dime por qué dejaste esto aquí.
El rey bajó la mirada hacia la moneda. Entonces, desde el otro lado del portón, uno de los soldados llevó la mano a la empuñadura de su espada.
PARTE 2
El rey no miró al soldado. Tampoco apartó los ojos de la moneda.
—La dejé para que supieras quién era —contestó—. No para pagarte.
El soldado junto al portón seguía con la mano en la espada. Mara observó que el rey tenía la espalda tensa, como si aquel gesto le doliera más que la herida del hombro.
—Baja la mano, capitán —ordenó él.
El hombre obedeció, aunque no parecía contento. Los demás soldados no se movieron.
Mara tomó la moneda y la sostuvo entre los dedos.
—¿Por qué te dispararon?
El rey guardó silencio unos segundos. Luego admitió que el ataque no había sido obra de un cazador. Había salido de palacio con poca escolta para hablar con un grupo de aldeanos; alguien que conocía sus movimientos lo esperó en el bosque. La flecha estaba hecha para atravesar una armadura ligera y llevaba un veneno lento.
—¿Y ahora vienes a buscarme con el mismo grupo que no pudo protegerte?
El capitán apretó la mandíbula, pero no contestó.
—No todos fallaron —dijo el rey—. Y todavía no sé quién dio la orden. Por eso no voy a acusar a nadie sin pruebas.
Mara pensó en la flecha, en la herida y en los soldados que habían registrado el pueblo sin encontrar la entrada del sótano. También pensó en lo fácil que habría sido llevar la moneda al mercado y contar lo que sabía.
No lo había hecho.
—No acepto ir a un palacio para quedarme encerrada en una habitación bonita —dijo—. Si voy, seguiré atendiendo enfermos. Quiero un cuarto para secar plantas con sol de mañana. Y voy a poder decir lo que pienso, aunque al rey no le guste.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa le cambió la expresión.
—Me dijeron que tus opiniones sobre las hierbas eran firmes.
—Te dijeron poco.
—Entonces tendré que escucharlas todas.
No sonó como una promesa grandiosa. Sonó como si de verdad estuviera dispuesto a hacerlo.
Mara aún no aceptó. Le preguntó qué significaba ser su Luna y si la vieja tradición podía obligarla a obedecerlo. El rey negó con la cabeza.
—La palabra reconoce un vínculo. No convierte a nadie en propiedad de otro. Si tú no quieres, no hay vínculo.
Esa respuesta le importó más que la moneda.
El rey le explicó que antes de volver al palacio tendría que descubrir quién lo había traicionado. Mara le pidió que le mostrara la flecha. Él la había conservado envuelta en tela. Al examinarla, ella reconoció una línea oscura en el metal: no era veneno de animal, sino savia de una planta que solo crecía en terrenos húmedos del bosque.
—La recogieron hace poco —dijo—. Si quien la preparó todavía está en el pueblo, lo voy a encontrar.
El capitán se ofreció a acompañarlos, pero el rey le pidió que se quedara con los otros soldados. Por un instante, Mara creyó ver alivio en su rostro. Esa pequeña reacción le dejó una duda que no pudo explicar.
Antes de partir, el rey volvió a poner la moneda sobre el muro. Mara la recogió.
—Me la quedo —dijo—. Para recordar que todavía no te debo una respuesta.
—Me parece justo.
Empacó sus frascos, el mortero de su madre y un cuaderno lleno de anotaciones. Dejó abierta la puerta del sótano. No porque olvidara cerrarla, sino porque allí había cuidado de alguien que no podía pedir ayuda.
Cuando salió, el rey estaba esperando junto al portón, sin apurarla. Le ofreció la mano para subir al caballo. Mara la aceptó.
El camino hacia el palacio cruzaba el mismo bosque donde lo había encontrado. Al pasar junto a un arroyo, el rey detuvo el caballo. En el barro, Mara vio huellas recientes: botas de soldado y, junto a ellas, una pisada arrastrada.
Se agachó. A pocos pasos había un pedazo de tela negra enganchado en una rama. El capitán llevaba una capa de ese color.
Mara miró al rey. Él también había visto la tela.
No dijo nada. Guardó el fragmento en el bolsillo y siguió adelante.
La moneda que llevaba Mara se calentó contra su pecho mientras avanzaban hacia el palacio. Y, por primera vez desde que encontró al lobo, se preguntó si la flecha había sido disparada para matar al rey… o para obligarlo a regresar a casa antes de descubrir quién lo esperaba allí.
