Crió a la cría de su difunto rival como si fuera suya, sin saber que el Rey Alfa enviaba oro cada luna.

Crió a la cría de su difunto rival como si fuera suya, sin saber que el Rey Alfa enviaba oro cada luna.

PARTE 1

Durante casi un año un enorme lobo negro entró a mi casa después del anochecer y dormía junto a mi chimenea.

Yo creía que era un animal salvaje demasiado listo para buscar refugio gratis.

También creía que alguien misterioso dejaba doce monedas de oro en mi cerca cada luna llena.

Nunca se me ocurrió que ambas cosas estaban relacionadas.

Mucho menos que el lobo entendía cada secreto que yo le contaba.

Me llamo Renata Flores y entonces vivía sola en una pequeña casa en los límites de Valle Espino, lejos de las mejores tierras de la manada.

Cuatro años antes me había convertido en una especie de persona invisible.

Todo ocurrió porque me negué a obedecer una orden del antiguo Alfa.

Había nacido una camada demasiado pequeña y él quería deshacerse de los cachorros débiles.

Yo los escondí.

Cuando descubrieron lo que había hecho, nadie me golpeó ni me expulsó oficialmente.

Fue peor.

Dejaron de hablarme.

Incluso mi propia tía pasaba a mi lado como si yo no existiera.

Así terminé trabajando como curandera de animales.

Arreglaba alas lastimadas.

Atendía cabras, caballos y perros.

Mi casa olía a hierbas, jabón y lavanda.

Una noche de lluvia encontré algo moviéndose debajo de mi cerca.

Era un cachorro gris, quizá de cuatro meses.

Estaba cubierto de lodo, flaco y con un alambre atorado cerca del hombro.

Intentó morderme.

Ni siquiera tuvo fuerza suficiente.

Lo llevé adentro.

Corté el alambre.

Limpié la herida.

Después calenté agua en una tina de metal y lo bañé junto al fuego.

Fue la primera vez que me reí de verdad en mucho tiempo.

El pequeño protestaba como si yo estuviera cometiendo una injusticia terrible.

Cinco minutos después estaba completamente relajado entre mis manos.

Lo llamé Cenizo.

Me dije que se quedaría una sola noche.

Al amanecer seguía allí.

Un mes después también.

La primera luna llena encontré una bolsa colgada de mi cerca.

Dentro había doce monedas de oro.

Ninguna carta.

Todas tenían el sello real.

Y cada una llevaba un pequeño dibujo rayado a mano: una media luna hacia arriba.

Pensé que eran robadas.

Guardé casi todo.

Solo utilicé unas pocas monedas para comprar alimento y ayudar a una viuda del pueblo.

La siguiente luna apareció otra bolsa idéntica.

Y después otra.

Mientras tanto comenzaron a pasar cosas todavía más extrañas.

Una mañana encontré un faisán frente a mi puerta.

Días después apareció una liebre.

Luego medio venado.

—Cenizo —le dije—, creo que tienes un amigo enorme.

El cachorro simplemente movió la cola.

El amigo apareció en persona durante el invierno.

Escuché algo pesado apoyarse contra la puerta.

Abrí con el atizador de la chimenea en la mano.

Había un lobo negro acostado en el umbral.

Era gigantesco.

Casi del tamaño de un caballo pequeño.

Me observó.

Luego soltó un sonido tan lastimero que terminé dejándolo entrar.

Le sequé la nieve del pelo.

Lo regañé por llenar el piso de agua.

Cenizo se subió encima de él y se quedó dormido entre sus hombros.

A partir de entonces el lobo volvió muchas noches.

Siempre después de oscurecer.

Siempre se marchaba antes del amanecer.

Y yo terminé haciendo algo muy tonto.

Comencé a hablarle.

Le contaba cosas que jamás habría dicho delante de una persona.

Que todavía me dolía que mi familia me ignorara.

Que las monedas me preocupaban.

Que alguna parte de mí estaba cansada de despertarse sola.

Una noche le confesé que cambiaría todo aquel oro por alguien que simplemente se quedara hasta después de salir el sol.

El lobo dejó de moverse bajo mi mano.

Pero al amanecer se fue como siempre.

Meses después conocí a un hombre extraño.

Llegó cargando personalmente a un perro real con una pata lastimada.

Vestía demasiado bien para nuestro pueblo.

Se presentó como Gael Arriaga.

Yo no sabía quién era.

Mientras revisaba al perro, le conté que también tenía un lobo enorme visitando mi casa.

—Hace un ruido terrible cuando duerme —comenté.

Gael respondió demasiado rápido que los lobos no roncaban.

Lo miré.

Él se puso ligeramente rojo.

Pensé que los hombres ricos simplemente eran raros.

Después llegó la primavera.

Y una madrugada seis desconocidos entraron a mi terreno.

No venían por mí.

Venían por Cenizo.

Uno me sujetó del brazo.

Otro levantó una ballesta apuntando hacia el cachorro.

Entonces el bosque pareció moverse.

El lobo negro salió de entre los árboles.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Los hombres huyeron o terminaron desarmados.

Solo quedó uno sobre el techo de mi cobertizo, apuntando directamente a Cenizo.

El lobo saltó.

Y en mitad del movimiento su cuerpo cambió.

Cuando cayó al suelo ya no había ningún animal frente a mí.

Había un hombre.

El mismo hombre elegante que meses atrás había llevado aquel perro herido hasta mi casa.

Gael Arriaga levantó lentamente la mirada.

Uno de los atacantes palideció al reconocerlo.

Y entonces pronunció las palabras que hicieron que todo mi invierno cambiara de significado:

—Majestad… Rey Alfa.

PARTE 2

No pude apartar los ojos de él.

El chal desaparecido.

Las monedas.

Los animales frente a mi puerta.

Aquella absurda discusión sobre si los lobos roncaban.

Todo encajó al mismo tiempo.

Gael estaba herido en un hombro, pero apenas parecía notarlo.

Yo sí.

Y aun así lo primero que sentí no fue preocupación.

Fue enojo.

—¿Tú dejabas el oro?

Asintió.

—¿También robaste mi chal?

Hubo una pausa.

—Dos veces.

Levanté el atizador.

No para golpearlo.

Solo necesitaba sostener algo.

—¿Y todas esas noches?

Gael bajó la mirada.

—Era yo.

Sentí una vergüenza horrible.

Le había contado mis secretos.

Había llorado con la cabeza de aquel lobo sobre mis piernas.

Había hablado como solo se habla cuando uno cree que nadie humano puede juzgarlo.

—Sabías todo sobre mí y yo no sabía ni tu verdadero nombre.

Gael se arrodilló.

No como rey.

Como un hombre que entendía que había cometido un error.

Entonces me contó sobre Cenizo.

Su verdadero nombre era Nicolás Montalvo.

Su padre, Darío Montalvo, había sido uno de los lobos más poderosos del norte.

También había sido rival de Gael por la corona.

Pero, antes que eso, habían sido amigos.

Años atrás Darío comenzó a comportarse de forma extraña.

Se volvía agresivo sin explicación.

Los médicos no encontraron la causa.

Poco antes de perder completamente el control, tuvo un momento de claridad.

Pidió a Gael que protegiera a su hijo recién nacido.

Pero no quería que Nicolás creciera en una corte llena de personas que habían observado cómo su padre se deterioraba.

Le pidió encontrar un hogar sencillo.

Una casa con fuego.

Y alguien que quisiera al niño sin saber quién era.

Las doce monedas eran para Nicolás.

La media luna rayada era una vieja marca utilizada por Darío.

Gael había prometido mantener al pequeño y a su cuidador a salvo.

—Entonces me estabas vigilando.

—Al principio, sí.

—¿Y después?

Gael tardó demasiado en responder.

Eso también fue una respuesta.

Le pedí que se fuera.

Lo hizo.

Aquello me sorprendió.

El Rey Alfa podía ordenar a cientos de personas.

Pero cuando una curandera le dijo que abandonara su terreno, obedeció.

Días después descubrimos quién había enviado a los seis hombres.

El responsable era Baltasar Varela, uno de los consejeros más antiguos de Gael.

La verdad salió a la luz gracias a Sabina del Valle, una mujer de familia poderosa que todos creían destinada a convertirse algún día en compañera política del rey.

Sabina llegó a la fortaleza llevando un pequeño frasco azul y varios registros.

Había descubierto que Varela llevaba años administrando pequeñas cantidades de una sustancia hecha con plata en las bebidas de Darío.

No quería que muriera inmediatamente.

Quería que pareciera inestable.

Si Darío perdía prestigio y después desaparecía, las familias antiguas podrían controlar mejor la sucesión.

Varela nunca había esperado que el hijo sobreviviera.

Cuando descubrió que Nicolás estaba vivo conmigo, intentó borrar la última prueba de su crimen.

Sabina había guardado silencio demasiado tiempo.

Esta vez decidió hablar aunque eso destruyera las aspiraciones de su propia familia.

Varela fue detenido.

Gael me mandó toda la información mediante su segundo al mando.

Él no regresó.

Había respetado mi orden.

Pasó más de un mes.

El bosque se sentía vacío.

Yo odiaba admitir cuánto extrañaba escuchar aquel cuerpo enorme acomodarse junto al fuego.

Entonces Nicolás desapareció.

Lo seguí seis kilómetros por el camino del norte.

Lo encontré sentado tranquilamente mirando hacia la fortaleza.

No estaba perdido.

Me estaba esperando.

Me miró.

Miró hacia el norte.

Volvió a mirarme.

—Eres un pequeño traidor —murmuré.

Pero entendí.

Yo seguía fingiendo que aquella casa y aquella manada no significaban nada para mí.

Nicolás ya había dejado de fingir.

Durante la siguiente luna llena fui a la fortaleza.

Había una reunión abierta de toda la manada.

Entré con mi vestido sencillo, mis dos chales viejos y Nicolás caminando a mi lado.

La gente comenzó a murmurar.

Gael se puso de pie cuando me vio.

Me detuve frente a él.

—Tengo una queja contra un miembro de tu manada.

Nadie se movió.

—Un lobo enorme, negro y bastante maleducado. Ha robado mi ropa, ha dejado animales muertos frente a mi puerta y durante meses fingió que no podía entenderme.

Vi a Gael luchar contra una sonrisa.

—También me robó algo más importante.

El salón quedó en silencio.

—Mi confianza.

La sonrisa desapareció.

—Pero cumplió una promesa a un hombre que ya no podía proteger a su hijo. Respetó mi decisión cuando le pedí que se marchara. Y llevo semanas descubriendo que extraño al idiota.

Gael bajó los escalones.

Se arrodilló delante de mí.

—¿Qué castigo propones?

Pensé unos segundos.

—Cadena perpetua.

Algunas personas tardaron en entender.

Gael no.

Se rio.

Yo también.

Nicolás se metió entre nosotros.

Aquel día no me convertí mágicamente en reina.

Eso vino después.

Primero reconstruimos la confianza.

Gael dejó de esconder cosas.

Yo dejé de hablarle únicamente cuando tenía forma de lobo.

Con el tiempo acepté convertirme en Luna del norte.

Y Nicolás siguió viviendo conmigo.

Las monedas todavía se guardan bajo el árbol frente a mi vieja casa.

Algún día serán suyas.

La casa también sigue allí.

La cerca, por cierto, finalmente fue reparada.

Y algunas noches volvemos.

Encendemos el fuego.

Nicolás, ya convertido en un joven lobo gris, ocupa media alfombra.

Gael todavía prefiere transformarse y apoyar su enorme cabeza sobre mis piernas.

Yo sigo diciéndole que ronca.

Él continúa negándolo.

Pero hay una diferencia.

Sobre la mesa ya no retiro la segunda taza.

Y cuando llega el amanecer, él se queda.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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