Creyó que estaba con su novia… hasta que miró el espejo y descubrió que la mujer a su lado era su propia suegra.

Creyó que estaba con su novia… hasta que miró el espejo y descubrió que la mujer a su lado era su propia suegra.

PARTE 1

Cuando Manuel Gutiérrez llegó a Orizaba por motivos de trabajo, jamás imaginó que terminaría viviendo una experiencia que todavía, años después, no podía explicar.

Tenía treinta y tantos años y estaba en una etapa de su vida en la que ya no buscaba aventuras pasajeras. Quería estabilidad, una pareja con quien construir un futuro.

Entonces conoció a Sara.

Era amable, tranquila, educada y tenía una forma de hablar que hacía que Manuel se sintiera cómodo desde el primer día. Empezaron a salir al cine, a caminar por el parque y a cenar después del trabajo. En pocas semanas, Manuel estaba convencido de que había encontrado a la mujer con quien quería compartir su vida.

Poco después, Sara lo llevó a conocer a su madre.

Se llamaba Alicia.

Era una mujer de poco más de cincuenta años, siempre sonriente y extremadamente atenta.

—¿Ya comiste, hijo?

—¿Quieres café?

—Si necesitas algo, aquí estoy.

Manuel pensó que había tenido suerte. No solo estaba enamorado de Sara, sino que además parecía haber encontrado una suegra que no se metía en su relación.

Pero con el tiempo comenzó a notar pequeñas cosas.

Alicia utilizaba un perfume exageradamente dulce y fuerte. Su aroma podía quedarse impregnado durante horas en una habitación.

También llevaba siempre un collar con un símbolo que Manuel nunca había visto.

Y algunas noches, cuando visitaba la casa de Sara, alcanzaba a ver desde el pasillo varias velas encendidas dentro del dormitorio de Alicia.

Al principio no le dio importancia.

Hasta que empezó a notar la manera en que ella lo miraba.

No era la mirada de una suegra hacia el novio de su hija.

Había algo más.

Manuel trató de convencerse de que estaba imaginando cosas, pero las miradas se hicieron cada vez más evidentes.

Por respeto a Sara comenzó a visitar menos aquella casa.

Sin embargo, hubo otro detalle extraño.

Un día olvidó un suéter allí.

Pasaron casi tres semanas hasta que Alicia se lo devolvió.

—Lo lavé para ti —le dijo sonriendo.

Cuando Manuel recibió la prenda, sintió inmediatamente aquel mismo perfume dulce y penetrante.

Era tan intenso que decidió guardar el suéter en un armario y lavarlo después.

Nunca lo hizo.

A partir de entonces comenzaron los sueños.

En ellos aparecía Alicia.

Al principio eran imágenes breves, absurdas. Luego se volvieron más insistentes.

Manuel despertaba avergonzado y se preguntaba por qué estaba soñando con la madre de su novia.

Durante el día incluso comenzaron a aparecer pensamientos que rechazaba inmediatamente.

“¿Y si Alicia realmente me atrae?”

Él mismo respondía:

“No. Esto no tiene sentido.”

Pero cuanto más intentaba apartar esas ideas, más regresaban.

Hasta que una tarde Sara lo llamó para invitarlo a ver una película en su casa.

Cuando Manuel llegó, Alicia abrió la puerta.

—Sara todavía no llega, hijo. Pero pasa. No debe tardar.

Manuel dudó.

Algo dentro de él le decía que debía marcharse.

Sin embargo, entró.

Alicia le ofreció comida y luego apareció con una taza.

—Tómate este té. Te veo muy estresado.

El líquido era verdoso y bastante oscuro.

Manuel bebió.

Pocos minutos después empezó a sentir calor. La habitación parecía girar lentamente y sus pensamientos se hicieron confusos.

Se recostó en el sofá.

No supo cuánto tiempo pasó.

Entonces sintió una mano sobre su hombro.

Abrió los ojos.

Frente a él estaba Sara.

O al menos eso creyó.

Ella lo besó sin decir una palabra.

Manuel apenas podía pensar con claridad. Todo parecía envuelto en una especie de sueño.

Ambos caminaron hacia la habitación.

Y allí, mientras Manuel seguía convencido de que estaba con su novia, la mujer que tenía junto a él se acercó a su oído y susurró:

—Desde el primer día que te vi… siempre te quise para mí.

Manuel sonrió confundido.

—Yo también, Sara.

Entonces ella respondió:

—Aunque mi hija me odie por esto, me voy a quedar contigo.

Manuel abrió los ojos.

Giró lentamente hacia el espejo que estaba junto a la cama.

Y cuando vio el reflejo de la mujer que tenía a su lado, sintió que el cuerpo entero se le congelaba.

No era Sara.

PARTE 2

Era Alicia.

Durante varios segundos Manuel permaneció completamente inmóvil.

Su mente intentaba reconstruir lo ocurrido.

Recordaba haber llegado a la casa.

Recordaba el té.

Recordaba haberse sentido mareado.

Y recordaba perfectamente haber visto a Sara acercarse al sofá.

Pero la mujer que estaba frente a él era su suegra.

—¿Qué está pasando? —preguntó mientras se apartaba.

Alicia comenzó a llorar.

Antes de que Manuel pudiera hacer otra pregunta, escuchó pasos en el pasillo.

La puerta se abrió.

Sara apareció.

La escena era imposible de explicar.

—¿Manuel?

El rostro de Sara cambió inmediatamente.

Primero fue desconcierto.

Después incredulidad.

Y finalmente rabia.

—¿Qué haces aquí con mi mamá?

Manuel intentó levantarse.

—Sara, escúchame. Yo pensé que eras tú.

—¿Qué?

—No sé qué pasó. Tu mamá me dio algo. Yo estaba en la sala y después…

Alicia comenzó a llorar todavía más fuerte.

—Perdóname, hija.

Sara la miró.

Entonces Alicia dijo algo que terminó de destruir cualquier posibilidad de que Manuel pudiera defenderse.

—Tu novio lleva semanas insinuándose conmigo.

—¡Eso es mentira! —gritó Manuel.

Pero Sara ya estaba llorando.

Alicia continuó:

—Yo llevo muchos años sola. Intenté resistirme, pero él insistía.

Manuel no podía creerlo.

Todo parecía perfectamente preparado.

Intentó explicarle a Sara las miradas de su madre, los sueños extraños, el perfume, el suéter y el té.

Pero cuanto más hablaba, más absurda sonaba su historia.

Finalmente tuvo que abandonar la casa.

Pasó mucho tiempo sentado en la banqueta, intentando recordar cada momento de aquella tarde.

¿Cómo podía haber confundido a Alicia con Sara?

¿Por qué estaba completamente convencido de haber visto a su novia?

Durante los días siguientes llamó a Sara decenas de veces.

Ella no quiso escucharlo.

Al final decidió creerle a su madre.

La relación terminó.

Manuel trató de continuar con su vida, pero algo extraño permaneció.

Meses después, estando solo en su casa, volvió a percibir aquel perfume.

El mismo aroma dulce e insoportable de Alicia.

Buscó por todas partes.

No había nadie.

Entonces ocurrió algo todavía más perturbador.

Los pensamientos regresaron.

De repente comenzó a recordar a Alicia.

Y junto con esos recuerdos apareció nuevamente aquella atracción inexplicable que tanto había rechazado.

Manuel comprendió que algo no estaba bien.

Buscó ayuda.

Habló con sacerdotes, personas dedicadas a prácticas espirituales y gente que decía conocer rituales tradicionales.

Cada uno tenía una explicación diferente.

Pero varios coincidieron en una cosa:

—Algo te dieron.

Manuel recordó inmediatamente el té.

Después uno de ellos le hizo otra pregunta.

—¿Esa mujer conservó alguna pertenencia tuya?

Manuel recordó el suéter.

Corrió a casa.

Abrió el armario.

Allí seguía.

Habían pasado meses y jamás lo había lavado.

Cuando lo sacó, ocurrió algo que todavía le provoca escalofríos.

El perfume seguía allí.

Débil, pero reconocible.

Aquel olor dulce de Alicia.

Según la persona que lo estaba ayudando, la prenda podía haber sido utilizada como parte de algún tipo de “amarre”, una creencia popular según la cual ciertos objetos personales son utilizados para intentar influir emocionalmente sobre alguien.

Manuel decidió deshacerse inmediatamente del suéter.

Durante un tiempo las sensaciones disminuyeron.

Pero nunca desaparecieron completamente.

Años después, todavía había noches en las que despertaba creyendo haber olido nuevamente aquel perfume.

A veces incluso soñaba con Alicia.

Lo peor no eran los sueños.

Lo peor era despertar y sentir, durante unos segundos, que una parte de él todavía quería regresar a aquella casa.

Manuel jamás volvió a hablar con Sara ni con su madre.

Nunca pudo demostrar lo que ocurrió.

Para Sara, seguramente seguirá siendo el hombre que la traicionó con su propia madre.

Para los demás, su explicación probablemente sonará demasiado increíble.

Pero Manuel continúa recordando una pregunta que alguien le hizo durante uno de aquellos procesos de limpieza espiritual:

—Si realmente todo terminó aquella noche… ¿por qué sigues oliendo su perfume tantos años después?

Y eso es precisamente lo que Manuel nunca ha podido responder.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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