¡CREYÓ QUE AQUEL HOMBRE MUSCULOSO ERA UN STRIPPER Y SE ATREVIÓ A COQUETEAR CON ÉL SIN VERGÜENZA… PERO CUANDO DESCUBRIÓ QUE EN REALIDAD ERA EL TEMIDO REY ALFA, YA ERA DEMASIADO TARDE! ÉL LA TOMÓ DE LA MANO Y LE SUSURRÓ: «AHORA QUE ME HAS ENCONTRADO, NO PIENSO DEJARTE ESCAPAR».
¡CREYÓ QUE AQUEL HOMBRE MUSCULOSO ERA UN STRIPPER Y SE ATREVIÓ A COQUETEAR CON ÉL SIN VERGÜENZA… PERO CUANDO DESCUBRIÓ QUE EN REALIDAD ERA EL TEMIDO REY ALFA, YA ERA DEMASIADO TARDE! ÉL LA TOMÓ DE LA MANO Y LE SUSURRÓ: «AHORA QUE ME HAS ENCONTRADO, NO PIENSO DEJARTE ESCAPAR».

Le di mi último peso de plata a un hombre que creí contratado para entretener a los invitados.
Le dije que se ganara una sonrisa.
Entonces un guardia cayó de rodillas y lo llamó “mi alfa”.
Me llamo Elena Ríos. Aquella noche llevaba seis horas decorando la Fortaleza del Cobre para la boda de una noble. Tenía la espalda adolorida, las manos lastimadas por las ramas de pino y una sola moneda en el bolsillo.
Era todo lo que me quedaba de la paga. Mi hermana menor, Lucía, necesitaba un remedio que costaba más de lo que yo ganaba en un mes. Aun así, cuando encontré a aquel hombre en una habitación privada, solo y sin camisa, pensé que trabajaba como entretenimiento para el banquete.
Se veía furioso. Tenía una cicatriz en la ceja y la expresión de quien prefería estar en cualquier otro lugar. Yo también estaba cansada de los nobles que se sentían dueños de todo.
—Con esa cara, nadie te va a dar propina —le dije.
No contestó.
Saqué mi moneda, me acerqué y se la metí en la cintura del pantalón de cuero.
—Anda, gánate una sonrisa.
El aire cambió. Las llamas de las antorchas crecieron de golpe y sus ojos, que yo juraría que eran grises, se encendieron como oro fundido. Antes de que pudiera disculparme, la puerta se abrió. Un guardia armado entró, vio al hombre y cayó de rodillas.
—Mi alfa.
Detrás de él apareció un anciano con una túnica bordada. También se arrodilló.
—Su majestad.
El hombre al que yo acababa de pagar para que sonriera era Mateo Valcárcel, rey alfa de los territorios del norte.
Quise escapar. Me tropecé con una alfombra y él me sujetó la muñeca antes de que cayera. Su mano ardía contra mi piel. Algo se acomodó dentro de mi pecho, una presión extraña que no sabía nombrar.
Cuando los demás se marcharon, me soltó. Le pedí disculpas y le expliqué que trabajaba decorando la fiesta. Entonces me dijo que el vínculo entre un lobo y su compañera era imposible de ignorar.
—No soy de su manada, su majestad.
—Lo sé.
—Y no soy su compañera.
—Eso no cambia lo que sentimos.
Yo sí sentía algo. Me aterraba admitirlo. Tenía una hermana esperando el remedio en casa y una vida fuera de esos muros. Mateo ordenó que me alojaran en una torre, con guardias en la puerta. Dijo que era por mi seguridad. Para mí, se parecía demasiado a estar prisionera.
A la mañana siguiente exigí hablar con él. Lo encontré en las almenas, con la Sierra Madre extendiéndose detrás.
—Mi hermana está enferma. Tengo que volver.
—Mandaré a alguien con dinero para comprar su medicina —dijo—. No le faltará nada.
—No entiende. No quiero que pague mi vida como si pudiera comprarla.
Mateo bajó la mirada. Me contó que llevaba dos años sufriendo dolores de cabeza tan intensos que a veces su lobo amenazaba con tomar el control. Desde que yo había entrado en aquella habitación, el dolor se había detenido.
El consejo quería obligarlo a casarse con una mujer noble. Si no elegía esposa, cuestionarían su derecho a gobernar. Me pidió que me quedara una semana mientras encontraba cómo controlar el vínculo. Después, dijo, podría irme.
Acepté una semana. No una vida.
El consejo no tardó en enterarse de que el rey había llevado a una trabajadora común a sus habitaciones. Un noble llamado Cristóbal Presa me encontró en el patio y me habló con una sonrisa amable que no alcanzaba sus ojos.
—El rey se cansará de usted —dijo—. Y cuando eso pase, nadie le dará trabajo. Será la mujer que destruyó a un alfa.
Me fui sin responder, pero sus palabras me siguieron hasta la cámara. Esa tarde, Mateo vino a verme.
—Cristóbal habló contigo.
—Me advirtió que voy a ser desechada.
La expresión de Mateo se endureció.
—No dejaré que te haga daño.
—No puedes protegerme de todo.
—No. Pero puedo elegir de qué lado estar.
Quise creerle, aunque no sabía si el vínculo me acercaba a él o me estaba quitando la libertad de pensar con claridad.
Unos días después, escuché espadas en el patio de entrenamiento. Me asomé y vi a Mateo enfrentarse al capitán de su guardia. Se movía demasiado rápido para un hombre debilitado por dolores y política. Su espada golpeó el escudo del capitán y lo partió.
Cuando me vio, no intentó ocultarse.
—¿Cuánto alcanzaste a ver? —preguntó.
—Lo suficiente para saber que no eres el hombre indefenso que todos creen.
Mateo miró hacia los muros, donde los guardias vigilaban las torres. Luego volvió los ojos hacia mí.
—Hay cosas que no puedo explicarte aquí.
—Entonces explícamelas donde nadie pueda escucharnos.
Su rostro cambió. Por primera vez, no parecía un rey ni un guerrero, sino un hombre acorralado por un secreto.
—Si te lo cuento, Elena, ya no podrás fingir que esto no te concierne.
En ese instante, alguien gritó desde el corredor que el consejo había convocado una audiencia de emergencia. Mateo me tomó la mano y el vínculo ardió entre los dos.
—Van a intentar quitarme el trono —dijo—. Y tú eres la única persona que puede impedir que mi lobo destruya todo cuando lo hagan.
PART 2
—No puedes pedirme que arriesgue la vida por ti cuando ni siquiera sé por qué tu lobo podría destruirlo todo —le dije.
Mateo no apartó la mirada.
—Tienes razón. No debí ocultarte más. La emboscada que casi me mata no fue obra de forasteros. Cristóbal y varios miembros del consejo pagaron a los renegados para atacarme. Desde entonces, los dolores se volvieron peores. Cuando mi lobo toma el control, no sé cuánto tiempo puedo detenerlo.
—¿Y el vínculo conmigo?
—Lo calma. Pero no quiero que pienses que por eso tienes una obligación conmigo.
La respuesta me importó más de lo que quería admitir. Él podía ser el rey, podía ordenar que me quedara, pero no pretendió convertir el destino en una cadena.
—No puedo prometer que me quedaré para siempre —dije—. Pero tampoco voy a dejar que te enfrentes solo a quienes quieren matarte.
La audiencia de emergencia estaba llena. Cristóbal habló primero y aseguró que el rey se había vuelto inestable. Propuso un matrimonio con su hija Isabel, una noble preparada para gobernar. Mateo rechazó la propuesta.
—La manada necesita una reina de linaje —insistió Cristóbal.
—La manada necesita un consejo que no negocie con asesinos —respondió Mateo.
Los murmullos llenaron la sala. Cristóbal me miró como si yo fuera la prueba de que el rey había perdido el juicio. Exigió una prueba de dominancia: Mateo debía permanecer en un círculo durante una hora mientras lo provocaban. Si se transformaba o atacaba a alguien, el consejo tendría motivos para destituirlo.
El capitán Felipe quiso detenerlo. Yo también.
—Acepto —dijo Mateo.
Esa noche lo encontré en el jardín. Me confesó que no sabía si podría pasar la prueba. El consejo usaría extracto de acón para agitar a su lobo y permitiría que Cristóbal lo provocara.
—Si pierdes el control, no solo te quitarán el trono —dije—. Van a llamarte monstruo.
—Lo sé.
—Entonces mírame cuando empiece. No a ellos. A mí.
Al día siguiente, la manada se reunió en el patio. Mateo se presentó con el torso descubierto, sin espada ni armadura. Lo obligaron a beber el extracto. Después, dos guardias acercaron barras de hierro calentadas y se las apoyaron en los hombros.
Mateo apretó los dientes. Sus ojos se volvieron dorados, pero no se transformó.
Cristóbal entró al círculo.
—Tu padre fue un alfa de verdad —le dijo—. Tú solo eres una vergüenza con corona.
La respiración de Mateo se volvió áspera. Cristóbal siguió hablando, hasta que amenazó con sacarme de la fortaleza y hacerme pagar por haberme acercado al rey.
Mateo se abalanzó sobre él y lo sujetó del cuello.
La multitud contuvo el aliento.
Pero no apretó. No se transformó. Tras unos segundos, sus ojos dejaron de brillar. Soltó a Cristóbal y se volvió hacia el consejo.
—¿Hay algo más?
La hora había terminado. Mateo había pasado la prueba. Los vítores estallaron, pero Cristóbal no se dio por vencido.
Tres días después, la tormenta llegó a la fortaleza. Yo estaba en mi cámara cuando escuché golpes, gritos y el choque del acero. El capitán Felipe apareció con la espada desenvainada.
—Intentan tomar el castillo. Tienes que esconderte.
Me condujo a un pasadizo detrás de un tapiz y me pidió que no saliera. Pero oí el rugido de Mateo desde el patio. El vínculo me tiró del pecho con tanta fuerza que no pude quedarme quieta.
Corrí hacia el balcón que daba al patio principal. Los atacantes rodeaban a Mateo y al capitán. Uno de ellos gritó que Cristóbal le perdonaría la vida al rey si abandonaba el trono.
Luego dijo que yo sería la primera en morir si Mateo se negaba.
Vi cómo el oro de sus ojos se volvía casi blanco. Su cuerpo empezó a cambiar. Garras, colmillos, pelaje. La bestia estaba a punto de tomarlo por completo.
Bajé las escaleras y corrí entre los combatientes. Cuando llegué hasta él, Mateo ya estaba de rodillas, con las manos hundidas en el barro y un rugido que hizo temblar los muros.
Le sujeté el rostro.
—Mateo, mírame.
Sus ojos de lobo me encontraron.
—Regresa conmigo —le susurré.
Puse en el vínculo toda la calma que pude reunir. Le hablé de Lucía, del remedio que me había enviado y de la promesa que me hizo: que, cuando terminara aquella semana, podría decidir por mí misma si quería marcharme.
La respiración de Mateo se quebró. Sus garras dejaron de hundirse en la tierra. Poco a poco, el pelaje retrocedió y el oro se apagó de sus ojos.
El patio quedó en silencio.
Cristóbal apareció entre sus guardias.
—Qué escena tan conmovedora —dijo—. La trabajadora logró controlar a la bestia, pero el rey ya demostró que es incapaz de gobernar.
Mateo se puso de pie y me ayudó a levantarme.
—Ella es mi compañera —dijo—. Y ustedes acaban de atacar a su rey.
El capitán Felipe y los guardias leales redujeron a los hombres de Cristóbal. Entre sus pertenencias encontraron cartas que demostraban la alianza con los renegados y el plan para apoderarse del trono. El consejo no pudo protegerlo. Cristóbal perdió su rango y fue juzgado por traición.
Cuando todo terminó, Mateo cumplió su promesa: un mensajero llevó el remedio a Lucía y regresó con noticias de que ya estaba mejor. Después me acompañó hasta la puerta principal.
—La semana terminó —dijo—. Puedes irte. No voy a detenerte.
No me pidió que me quedara ni usó el vínculo para hacerme sentir culpable. Por primera vez desde que lo conocí, la decisión era completamente mía.
Pensé en la mujer agotada que había entrado por error a una habitación privada. Pensé en la moneda que ya no tenía, en mi hermana esperándome y en el hombre que había podido ordenar mi obediencia, pero había elegido darme una salida.
—Me quedaré —dije—. Pero no como tu prisionera ni como una reina de adorno.
—¿Qué quieres ser?
—Tu compañera. Si todavía me eliges cuando no necesites que calme a tu lobo.
Mateo se arrodilló frente a mí, no para reclamarme, sino para preguntarme.
—Te elijo, Elena. Como mi igual.
—Entonces yo también te elijo.
Meses después, celebramos una unión nueva bajo la luna, esta vez sin presión del consejo ni votos impuestos. La manada nos vio caminar juntos hacia el antiguo altar de piedra. Nadie me pidió que me arrodillara.
Lucía se recuperó y vino a vivir conmigo a la fortaleza. Plantamos flores en el jardín donde Mateo y yo habíamos aprendido a hablar sin títulos. Cada primavera, al verlas abrirse entre las piedras, recordaba aquella moneda de plata: el último pago de una jornada agotadora y el principio de una vida que nunca habría elegido si alguien me la hubiera ordenado.
Mateo aún era rey. Yo seguía siendo Elena Ríos. Y por fin, los dos sabíamos que el vínculo solo tenía valor porque cada día podíamos elegir permanecer en él.