Creyó ganar solo una apuesta, pero terminó encontrando a la princesa que buscaba todo el reino

PARTE 1
Torsten Haraldson no tenía tierras, título ni hogar.
Solo una espada, algunas monedas y demasiados recuerdos.
Aquella noche entró en una taberna de Kaupang buscando comida y una mesa donde perder unas horas.
Terminó jugando a los dados contra dos comerciantes que parecían tener más oro que escrúpulos.
Torsten ganó varias rondas.
El hombre más corpulento, irritado, hizo una última propuesta.
—Todo lo que me queda contra todo lo que has ganado.
—¿Qué ofreces?
El comerciante sonrió.
—Una mujer.
Torsten dejó los dados.
—No me interesa.
—Es joven. Del sur. Vale más que todo lo que hay sobre esta mesa.
Torsten estuvo a punto de marcharse.
Pero algo en aquellas palabras despertó un recuerdo que llevaba años intentando olvidar.
—Muéstramela.
Afuera había un carro cubierto.
Cuando retiraron la lona, Torsten vio primero un vestido azul de seda, ahora manchado por el viaje.
Después vio un cabello color miel.
Y finalmente aquellos ojos.
Verdes.
Con pequeñas motas doradas.
El mundo pareció detenerse.
Los había visto una sola vez.
En un establo.
Muchos inviernos atrás.
Aquella noche una joven desconocida había llorado escondida entre los caballos durante una celebración real.
Torsten no preguntó quién era.
No intentó aprovecharse de su tristeza.
Solo le entregó su vieja capa y permaneció sentado a su lado hasta que dejó de llorar.
Nunca supo su nombre.
Nunca consiguió olvidarla.
Ahora estaba frente a él.
Atada.
Agotada.
Y cuando ella levantó la cabeza, también lo reconoció.
—Tú… —susurró.
Torsten volvió hacia los comerciantes.
—Acepto la apuesta.
Los dados rodaron.
Cuando se detuvieron, el comerciante palideció.
Torsten había ganado.
Minutos después cortó las cuerdas de la mujer y la sacó de allí.
—Camina. No mires atrás.
Se alejaron durante horas hasta encontrar refugio en una pequeña cueva.
Cuando estuvieron solos, ella lo observó durante mucho tiempo.
—Te recuerdo.
—Yo también.
—Guardé tu capa.
Torsten creyó haber escuchado mal.
—¿Durante todos estos años?
Ella asintió.
—Fue lo único que alguien me dio sin querer nada a cambio.
Entonces Torsten preguntó finalmente:
—¿Quién eres?
La mujer respiró profundamente.
—Ilva Eriksdottir.
Torsten se quedó inmóvil.
Conocía aquel nombre.
Todo el norte lo conocía.
—La princesa heredera de Svearique.
—Sí.
—Tu desaparición casi provocó una guerra.
La mirada de Ilva se oscureció.
—No desaparecí. Me vendieron.
Antes de que pudiera explicar más, Torsten escuchó ramas quebrándose.
Cinco hombres aparecieron entre los árboles.
Los comerciantes habían enviado mercenarios tras ellos.
Torsten se interpuso.
Ilva no se escondió.
Cuando uno de los atacantes intentó sorprenderlo, una piedra lanzada por ella lo hizo retroceder.
Torsten consiguió obligar al último hombre a hablar.
—¿Quién encargó el traslado?
El mercenario tragó saliva.
—Jacon Lobo Gris. Pero recibió órdenes de alguien importante de Svearique.
Cuando finalmente estuvieron solos, Torsten se volvió hacia Ilva.
—Antes dijiste que alguien de tu propia sangre te vendió.
Ilva dejó caer la piedra que todavía sostenía.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Sí.
—¿Quién?
Las lágrimas aparecieron en sus ojos, pero su voz no vaciló.
—Mi hermano Harald.
Torsten dejó de respirar.
Ilva continuó:
—Porque mientras yo siga viva… él jamás podrá ser rey.
PARTE 2
Torsten permaneció inmóvil.
Conocía a Harald Ericson.
Segundo hijo del rey Eric.
Segundo en la línea de sucesión.
Un hombre admirado por soldados y nobles.
—¿Estás segura?
Ilva soltó una risa amarga.
—Lo vi.
Le contó que su padre estaba gravemente enfermo.
Cuando él partiera, Ilva heredaría el trono.
Harald solo tenía que eliminar un obstáculo para convertirse en heredero.
Su propia hermana.
—La noche que me llevaron, Harald estaba en mi habitación —dijo ella—. Me miró mientras aquellos hombres me sujetaban.
Su voz se quebró.
—Y sonrió.
Torsten sintió una rabia difícil de contener.
Pero necesitaban algo más útil que rabia.
—Conozco a alguien.
—¿Quién?
—Bjorn. Fue mi hermano de armas. Tiene un asentamiento en el oeste. Si alguien puede ayudarnos, es él.
Ilva lo observó.
—No me debes nada.
Torsten recordó el establo.
Aquella muchacha llorando con su capa alrededor de los hombros.
—Durante años pensé que aquella noche no había significado nada para ti.
—Guardé tu capa.
—Lo sé.
Una sonrisa cansada apareció en su rostro.
—Y ahora tengo la oportunidad de asegurarme de que sobrevivas para seguir usándola.
Partieron hacia el oeste.
Durante el viaje, Torsten descubrió que Ilva era muy diferente de las princesas que había conocido.
No se quejaba.
Aprendía rápido.
Y hablaba de gobernar de una manera que él nunca había escuchado en boca de un noble.
—Si recuperas tu lugar, ¿qué harás?
—Dar voz a personas que nunca la han tenido.
—¿Personas como yo?
—Especialmente personas como tú.
Finalmente llegaron a Ravnheim, el asentamiento de Bjorn.
Allí no había grandes palacios.
El líder caminaba entre herreros, agricultores y niños como uno más.
Ilva quedó fascinada.
—Así debería funcionar un reino.
Bjorn escuchó toda la historia.
Después habló con gravedad.
—Harald no dejará de buscarte.
Su propuesta era llegar al Consejo de los Jarls, donde los nobles del reino se reunirían delante del rey Eric.
Si Ilva conseguía presentarse allí viva, Harald no podría ocultar la verdad fácilmente.
Pero antes de poder ejecutar el plan, sonó el cuerno de alarma.
Un ejército se acercaba a Ravnheim.
Y al frente cabalgaba Harald.
Había venido personalmente.
Desde las murallas, Ilva vio a su hermano.
Harald exigió que la entregaran.
—Mi pobre hermana ha sido confundida por criminales —gritó—. Solo quiero llevarla a casa.
Ilva apareció sobre la muralla.
—¡Mentiroso!
Los soldados levantaron la cabeza.
—¡Tú ordenaste mi secuestro!
Algunos hombres intercambiaron miradas.
Harald reaccionó inmediatamente.
—¿Lo ven? Está perturbada. El cautiverio ha afectado su mente.
Aquello confirmó algo para Torsten.
Harald no necesitaba demostrar que Ilva mentía.
Solo necesitaba sembrar dudas.
Después lanzó un ultimátum.
Si al amanecer no entregaban a la princesa, atacaría Ravnheim.
Ilva miró las casas.
A los niños.
A las familias que apenas conocía.
—No pueden pagar por mí.
Bjorn negó.
—Entonces no les daremos esa oportunidad.
Durante la noche evacuaron el asentamiento a través de un paso secreto de montaña.
Un pequeño grupo quedó atrás para mantener fuegos encendidos y hacer creer a Harald que todos seguían dentro.
El plan funcionó.
Pero la huida fue brutal.
En medio de una tormenta, Torsten e Ilva quedaron separados del grupo y cayeron al río.
La corriente los arrastró lejos.
Sobrevivieron por muy poco.
Escondidos bajo unas rocas, escucharon después a soldados de Harald buscándolos.
Uno de ellos murmuró:
—Si el príncipe quiere tanto el trono, debería ganárselo como un hombre.
Torsten miró a Ilva.
No todos los soldados apoyaban a Harald.
Aquello podía convertirse en su oportunidad.
Continuaron solos hacia Upsala.
En el camino, Torsten finalmente confesó algo que llevaba demasiado tiempo guardando.
—Antes de encontrarte, yo solo existía.
Ilva lo miró.
—¿Qué significa eso?
—Luchaba. Trabajaba. Sobrevivía.
Se acercó.
—Pero desde que vi tu rostro en aquel carro, siento que mi vida significa algo.
Ilva lo besó.
No fue un beso de miedo ni desesperación.
Fue una promesa.
Cuando se separaron, ella apoyó la frente contra la suya.
—Entonces sobreviviremos juntos.
Llegaron a Upsala cuando el Consejo ya estaba reunido.
Torsten entró primero.
Los nobles lo miraron con desprecio.
Frente a él estaba el rey Eric, enfermo pero todavía lúcido.
Y junto al trono permanecía Harald, comportándose como si la corona ya fuera suya.
—¿Quién eres para acusar a un príncipe? —preguntó Harald.
Torsten sostuvo su mirada.
—El hombre que vio cómo tu hermana era vendida como si no fuera una persona.
El salón estalló en murmullos.
El rey Eric levantó una mano.
—¿Tienes pruebas?
Torsten miró hacia las puertas.
—Tengo algo mejor.
Las puertas se abrieron.
Ilva entró.
No parecía una fugitiva.
Parecía exactamente lo que era.
Una heredera que había regresado por lo que le pertenecía.
—Padre.
El viejo rey se puso de pie.
—Ilva…
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
Harald retrocedió.
—¡Es una impostora! Mi hermana está muerta.
Ilva giró inmediatamente hacia él.
—¿Cómo sabes que estoy muerta?
Harald abrió la boca.
Ninguna respuesta salió.
—Me viste aquella noche —continuó Ilva—. Estabas allí cuando me llevaron.
—Miente.
Ilva miró al rey.
—Entonces hazme preguntas que solo tu verdadera hija pueda responder.
Eric permaneció en silencio antes de preguntar:
—¿Qué fue lo último que tu madre te dijo antes de partir?
Ilva cerró los ojos.
—“El halcón llegará cuando más lo necesites. No temas a las tormentas, porque ellas traen el amanecer.”
El rey palideció.
—Ilva…
Harald comprendió que había perdido.
Intentó marcharse.
Pero varios Jarls bloquearon su camino.
La verdad que había permanecido oculta comenzó a derrumbar todo lo que había construido.
Uno por uno, los miembros del Consejo votaron.
Harald fue declarado culpable de conspirar contra su propia familia y contra la sucesión real.
Cuando se lo llevaron, ya no parecía el príncipe invencible que había llegado con un ejército.
Solo un hombre que había destruido todo intentando obtener una corona.
Ilva abrazó a su padre.
—Perdóname —susurró Eric—. Debería haber visto lo que ocurría.
—Estoy aquí.
Eso era suficiente.
Torsten comenzó a alejarse discretamente.
Él había cumplido su misión.
Ilva estaba segura.
Había recuperado a su padre.
Recuperaría su reino.
Un mercenario sin tierras ya no tenía lugar allí.
—Torsten.
Él se detuvo.
Ilva extendió la mano.
—Padre, quiero que conozcas al hombre que me salvó.
El rey lo estudió.
—¿Qué recompensa deseas?
Torsten miró a Ilva.
—Ninguna.
—¿Oro?
—No.
—¿Tierras?
—Tampoco.
—Entonces, ¿por qué arriesgaste tu vida?
Torsten respondió sin pensarlo.
—Porque ella valía la pena incluso cuando yo no sabía que era princesa.
El rey sonrió lentamente.
Ilva tomó la mano de Torsten.
—Y es el hombre que amo.
Poco después, cuando llegó el verano, sonaron campanas de boda.
La heredera de Svearique no se casó con un gran príncipe extranjero.
Ni con un Jarl rico.
Eligió a un mercenario sin tierras que una noche, muchos años atrás, le había dado una vieja capa sin pedir nada a cambio.
Cuando el rey Eric finalmente se retiró y después partió en paz, Ilva tomó su lugar.
Torsten se convirtió en rey consorte.
Pero ella gobernó como había prometido.
Escuchó a campesinos.
Guerreros.
Comerciantes.
Viudas.
Personas que antes nunca habían tenido voz ante la corona.
Tiempo después nació su primer hijo.
Lo llamaron Eric.
Más adelante tuvieron una hija llamada Astrid.
Y el hombre que había pasado gran parte de su vida convencido de que no tenía nombre ni hogar terminó descubriendo que podía construir ambas cosas.
Años después, durante una celebración diplomática, Torsten e Ilva escaparon por unos minutos del salón real.
Fueron al mismo establo donde se habían conocido.
Se sentaron entre el heno como dos jóvenes escondiéndose nuevamente del mundo.
—¿Te arrepientes de algo? —preguntó Torsten.
Ilva negó.
—De nada.
—Yo sí.
Ella levantó una ceja.
—¿De qué?
—De no haberte encontrado antes.
Ilva apoyó la cabeza sobre su hombro.
Habían sobrevivido a una traición.
Al cautiverio.
A ejércitos.
A noches en las que ninguno sabía si llegaría a ver el siguiente amanecer.
—Lo haría otra vez —susurró ella.
—¿Todo?
—Todo.
Lo miró.
—Porque cada paso terminó llevándome hasta ti.
Torsten la besó lentamente.
—Te amo, Ilva. Desde aquella noche hasta el último de mis días.
Ella sonrió.
—Y yo te amo a ti. Mi guerrero. Mi rey.
Hizo una pausa.
—Mi amanecer después de la noche más oscura.
Y así, la historia que había comenzado con una mujer ofrecida como premio en una partida de dados terminó convirtiéndose en una leyenda.
No porque un guerrero hubiera ganado una princesa.
Sino porque, cuando tuvo la oportunidad de tratarla como una posesión, eligió devolverle su libertad.
Y cuando Ilva pudo elegir entre todos los hombres poderosos de su reino…
eligió al único que la había visto como una persona mucho antes de saber que llevaba una corona.