Contrataron a una cantante para la ceremonia del rey vampiro… pero cuando vio a la novia acercarse al altar, reconoció el rostro de la mujer que había destruido su boda

Contrataron a una cantante para la ceremonia del rey vampiro… pero cuando vio a la novia acercarse al altar, reconoció el rostro de la mujer que había destruido su boda

PARTE 1

La invitación llegó en un sobre negro sellado con cera color sangre.

Cuando mi maestro de canto leyó el nombre del remitente, casi dejó caer la carta.

—Celeste… te han contratado para cantar en la ceremonia de unión del rey vampiro.

Pensé que estaba bromeando.

No lo estaba.

Tres meses antes había enviado una grabación al Palacio de Obsidiana sin esperar respuesta. Ahora el propio rey Thuron Blackwood quería que interpretara las tres canciones sagradas durante su unión eterna.

Era el mayor honor que una cantante humana podía recibir.

Y el pago salvaría el conservatorio de música de mi familia, que estaba al borde de la ruina.

Así que acepté.

Cuando llegué al palacio, comprendí que las historias sobre los vampiros se quedaban cortas.

Torres negras atravesaban el cielo. Guardias inmortales vigilaban cada corredor y antiguos retratos parecían seguirme con los ojos.

Me asignaron una habitación y me entregaron las partituras.

Las canciones estaban escritas en una antigua lengua vampírica.

La primera llamaba a las dos almas.

La segunda unía sus esencias.

La tercera sellaba la unión para toda la eternidad.

Durante mi primer ensayo ocurrió algo que no esperaba.

Estaba cantando sola cuando todos los presentes inclinaron la cabeza.

—Su Majestad.

Me giré.

Y vi a Thuron.

Alto, pálido, vestido completamente de negro y con unos inquietantes ojos plateados.

No parecía un hombre.

Parecía una estatua construida para recordar a los mortales que algunas criaturas habían nacido para ser temidas.

—Tu voz es extraordinaria —dijo.

—Gracias, Majestad.

Me observó durante demasiado tiempo.

—Estas canciones contienen magia antigua. No son simplemente música. Cuando las interpretes, ayudarás a unir mi alma con la de mi futura esposa.

—No cometeré ningún error.

Una expresión extraña apareció en su rostro.

—Espero que no. La eternidad es demasiado larga para arrepentirse.

Después se marchó.

Aquellas palabras me persiguieron.

La noche anterior a la ceremonia entendí por qué.

Mientras caminaba por los jardines escuché accidentalmente al rey hablando detrás de unos arbustos.

—No puedo negarme —decía Thuron—. Sin esta unión, habrá guerra.

Otra voz respondió:

—Pero no amas a Seraphina.

Hubo silencio.

—El amor es un lujo que un rey no puede permitirse.

Sentí un escalofrío.

Thuron no quería casarse.

Y aun así iba a entregar su eternidad para salvar a su pueblo.

Regresé a mi habitación sin decir nada.

Al día siguiente, el gran salón estaba repleto de nobles vampiros.

Miles de velas flotaban sobre nuestras cabezas.

Thuron esperaba en el altar vestido con una armadura ceremonial negra y plateada.

Yo ocupé mi lugar junto a la orquesta.

Las puertas se abrieron.

Entró la novia.

Vestía de blanco y llevaba el rostro oculto bajo un velo.

Al principio no vi nada extraño.

Hasta que empezó a caminar.

Su postura.

Su altura.

Aquella forma ligeramente inclinada de sostener la cabeza…

Sentí un nudo en el estómago.

No.

Era imposible.

Cuando llegó cerca del altar, una dama acomodó accidentalmente su velo.

Vi su rostro.

Y mi mundo se detuvo.

Meredith Ashford.

La mujer que había destruido mi compromiso.

Dos años antes yo estaba a punto de casarme con David, el hombre que creía amar.

Meredith asistía incluso a nuestras reuniones familiares mientras mantenía encuentros secretos con él.

David me abandonó semanas antes de nuestra boda.

Después Meredith desapareció.

Y ahora estaba allí.

Convertida en vampira.

A punto de transformarse en reina.

Pero cuando miré sus ojos descubrí algo todavía más extraño.

Meredith no parecía feliz.

Parecía aterrorizada.

Miré a Thuron.

Él tampoco parecía feliz.

Recibí la señal para comenzar.

Canté.

La antigua melodía llenó el salón hablando de dos almas destinadas a encontrarse y de un amor capaz de sobrevivir a la muerte.

Mientras cantaba, Thuron comenzó a mirarme.

No a su futura esposa.

A mí.

Terminé la primera canción.

La siguiente sellaría la unión.

Respiré profundamente.

Pero antes de que pudiera cantar una sola nota…

Thuron levantó la mano.

—Deténganse.

Todo el salón quedó en silencio.

El sacerdote palideció.

—Majestad, una vez iniciado el ritual…

—He dicho que se detengan.

Thuron bajó del altar.

Después volvió aquellos ojos plateados hacia mí y pronunció las palabras que hicieron levantarse a todos los nobles de sus asientos:

—No puedo casarme con ella.

PARTE 2

El salón explotó en gritos.

Los representantes de los clanes del norte exigían explicaciones.

El sacerdote intentó acercarse.

Thuron lo silenció con una mirada.

—He entregado siglos a este reino —declaró—. He derramado sangre por él. He renunciado a todo lo que alguna vez deseé. Pero no entregaré también mi eternidad a una unión construida sobre una mentira.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Meredith se quitó el velo.

Y suspiró aliviada.

—Gracias a los antiguos…

Thuron frunció el ceño.

—¿Tú tampoco querías esta unión?

Meredith comenzó a llorar.

—Me obligaron.

Los representantes del norte dejaron de protestar.

—Cuando me negué —continuó— amenazaron con matar a mi familia humana.

La expresión de Thuron se transformó.

Vi por primera vez al monstruo del que hablaban las leyendas.

—Guardias.

Los soldados rodearon inmediatamente a la delegación.

—Arresten a todos.

Nadie se atrevió a discutir.

Thuron se volvió hacia Meredith.

—Desde este momento estás bajo mi protección. Nadie tocará a tu familia.

Ella comenzó a llorar.

Horas después encontré a Thuron en los jardines.

Ya no llevaba la corona.

Parecía simplemente un hombre agotado.

—¿Por qué lo hiciste? —pregunté.

—Porque mientras cantabas comprendí algo.

Me miró.

—Estaba a punto de jurar amor eterno a alguien que no amaba mientras escuchaba una canción que hablaba exactamente de lo contrario.

Nos quedamos callados.

Después preguntó:

—Tú conocías a Meredith.

No era una pregunta.

Le conté todo.

David.

La traición.

La boda cancelada.

Thuron escuchó sin interrumpirme.

—¿Todavía lo amas?

—No.

Tragué saliva.

—Pero durante mucho tiempo pensé que me había dejado porque yo no era suficiente.

Thuron se acercó.

—Celeste, la incapacidad de un hombre para reconocer tu valor jamás determina cuánto vales.

Aquellas palabras me golpearon más fuerte de lo esperado.

Entonces él también me contó su historia.

Había amado una vez.

Una mujer humana.

Se negó a convertirla porque temía destruir aquello que amaba de ella.

La vio envejecer.

Después morir.

Y durante dos siglos decidió no volver a amar.

Hasta aquella ceremonia.

—Cuando cantaste —susurró— sentí esperanza.

Nuestros rostros quedaron demasiado cerca.

Pero ambos retrocedimos.

Humana.

Vampiro.

Cantante.

Rey.

Era absurdo.

Aquella misma noche Meredith pidió verme.

Me sorprendió encontrarla completamente distinta a la mujer arrogante que recordaba.

—Necesito pedirte perdón.

No respondí.

—Te quité a David porque estaba celosa de ti —confesó—. Tú tenías talento, propósito… yo pensaba que sólo tenía belleza.

—¿Valió la pena?

Sonrió tristemente.

—David me abandonó meses después por otra mujer.

Aquella respuesta cerró una herida que llevaba demasiado tiempo abierta.

Antes de marcharme Meredith añadió:

—Thuron te mira de una manera que nunca me miró a mí.

Poco después un sirviente vino a buscarme.

El rey necesitaba verme urgentemente.

Entré en su estudio.

Thuron estaba inquieto.

—Necesito preguntarte algo sobre la canción.

Me explicó entonces un secreto.

Las melodías ceremoniales contenían magia ancestral.

Según antiguas leyendas, cuando se cantaban en presencia de dos almas verdaderamente compatibles, esa magia despertaba.

Pero durante la ceremonia no había reaccionado entre él y Meredith.

Había reaccionado mientras él me miraba a mí.

—¿Qué estás diciendo?

Thuron se acercó.

—Que quizá la ceremonia encontró un vínculo verdadero.

Sentí que mi corazón golpeaba violentamente.

—Esto es imposible.

—Lo sé.

—Soy humana.

—Lo sé.

—Tú eres un rey inmortal.

—También lo sé.

Sus dedos tocaron suavemente mi rostro.

—Pero necesito saber una cosa. ¿Tú también lo sientes?

Podía protegerme.

Mentir.

Regresar a casa.

Olvidarlo.

Pero ya había perdido una parte de mi vida por miedo a volver a sufrir.

—Sí.

Thuron me besó.

Y todo cambió.

Durante los meses siguientes permanecí en el palacio como maestra de música de la corte.

Nuestra relación dejó de ser un secreto.

Algunos nobles estaban indignados.

Otros comenzaron a aceptar que el rey parecía más vivo conmigo que durante los últimos dos siglos.

Pero existía un problema imposible de ignorar.

Yo envejecía.

Thuron no.

Cuando finalmente hablamos de ello, me ofreció la posibilidad de marcharme.

—Si nos unimos —dijo— algún día morirás y yo sentiré tu ausencia durante siglos.

—Entonces podrías convertirme.

Su rostro se endureció.

—No.

Había visto demasiadas transformaciones destruir la personalidad de los humanos.

No estaba dispuesto a arriesgarse a perder la mujer que amaba sólo para conservar mi cuerpo eternamente.

Entonces comprendí nuestra verdadera elección.

No era entre mortalidad e inmortalidad.

Era entre amar sabiendo que algún día dolería…

o renunciar al amor para evitar ese dolor.

Elegimos amar.

Nuestra ceremonia fue pequeña.

Esta vez fui yo quien cantó.

Cuando pronuncié los versos de unión, hilos plateados aparecieron alrededor de nuestros cuerpos.

El salón quedó paralizado.

La antigua magia había despertado.

Nuestras almas se reconocían.

Y quedamos unidos.

Pasaron los años.

Mi cabello comenzó a volverse gris.

Mi rostro cambió.

Thuron permaneció exactamente igual.

Una noche le pregunté:

—¿No te molesta verme envejecer?

Acarició las líneas de mi rostro.

—Cada arruga es un año que tuve contigo.

Sonrió.

—¿Cómo podría odiar la prueba de que hemos vivido?

Vivimos cincuenta años juntos.

Cuando comprendí que mi cuerpo finalmente comenzaba a apagarse, Thuron me sostuvo entre sus brazos.

—Podría transformarte todavía —susurró.

Negué.

—No.

Había vivido exactamente la vida que había elegido.

—Prométeme algo.

—Lo que quieras.

—Cuando muera, continúa viviendo.

Sus ojos plateados se llenaron de lágrimas.

—No sé si podré.

—Tienes toda la eternidad para aprender.

Meses después morí tranquilamente entre sus brazos.

Pero nuestra historia no terminó conmigo.

Thuron conservó mis composiciones.

Transformó el conservatorio del palacio en una escuela donde humanos y vampiros podían estudiar juntos.

Y cada año interpretaba personalmente una de mis canciones.

Porque había comprendido finalmente aquello que nuestra ceremonia intentó enseñarle.

La eternidad no hace que una vida sea valiosa.

Lo hace aquello por lo que decidimos arriesgarla.

Thuron había existido durante siglos antes de conocerme.

Pero fueron nuestros cincuenta años juntos los que le enseñaron a vivir.

Y aunque mi corazón mortal terminó deteniéndose…

la canción que despertó el suyo nunca volvió a apagarse.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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