Compró a una esclava cubierta de sangre… sin saber que era una princesa hasta que se enamoró

PARTE 1
Torsten Ravenson nunca había necesitado comprar otra esclava.
A sus veintiséis inviernos era jarl de las tierras del Fiordo Negro, heredero de una fortuna, dueño de barcos, guerreros y tierras suficientes para vivir sin preocuparse por nada.
Quizá por eso estaba aburrido.
Había ido al mercado de Kaupang buscando cualquier cosa capaz de romper la monotonía de su vida.
Entonces el mercader le mostró una jaula apartada.
—Tengo algo especial para ti.
Dentro había una mujer cubierta de barro, sangre seca y harapos.
Su cabello negro ocultaba casi todo su rostro.
—No habla —explicó el mercader—. Cinco hombres la compraron antes. Los cinco la devolvieron. Uno perdió un ojo intentando tocarla.
Torsten debería haberse marchado.
En cambio, se acercó.
La mujer levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos eran verdes.
No había miedo en ellos.
Ni súplica.
Lo miró con tal desprecio que Torsten sintió algo que hacía años no sentía.
Curiosidad.
—¿Cuánto?
El mercader pidió una cantidad absurda.
Torsten pagó sin negociar.
Cuando abrieron la jaula, se agachó frente a ella.
—Soy Torsten Ravenson, jarl del Fiordo Negro. Tu nuevo dueño.
La mujer no respondió.
Torsten probó otro idioma.
Nada.
—¿Tienes nombre?
Silencio.
Él sonrió.
—Muy bien. Si quieres jugar a ser muda, jugaremos.
Ella mantuvo aquella mirada desafiante.
Como si estuviera diciendo:
Ya veremos quién vence a quién.
Durante el viaje hacia el Fiordo Negro, la mujer se negó inicialmente a comer.
Torsten terminó sentándose frente a ella con la misma comida.
—Si está envenenada, moriré primero. Y podrás disfrutar del espectáculo.
Ella siguió inmóvil.
—Aunque creo que eres demasiado inteligente para dejarte morir de hambre.
Por primera vez algo cambió en su expresión.
Torsten empezó a sospechar.
Aquella mujer sabía observar.
Sabía leer.
Su postura no pertenecía a una campesina.
Y cuando él preguntó si estaba esperando que alguien fuera a buscarla, sus hombros se tensaron.
—Así que alguien vendrá —murmuró Torsten—. ¿Quién eres realmente?
No obtuvo respuesta.
Pero ella tomó un trozo de pan.
Fue el principio.
En el Fiordo Negro, Torsten ordenó que no la encadenaran y que viviera en la casa reservada para huéspedes.
Sus hombres creyeron que había perdido la razón.
Durante semanas él fue a verla cada mañana.
Le hablaba.
De viajes.
De guerras.
Del mar.
De los inviernos del norte.
Ella nunca respondía, aunque escuchaba cada palabra.
Hasta que una mañana Torsten decidió contarle una de sus viejas batallas navales.
Adornó la historia más de la cuenta.
Explicó cómo había incendiado el mástil enemigo disparando una flecha contra un barril de aceite.
Entonces escuchó una voz.
—Mientes.
Torsten se quedó inmóvil.
La mujer lo observaba.
—¿Qué dijiste?
—Que mientes.
Su voz era suave, firme y tenía acento irlandés.
—El aceite que describes no habría incendiado ese mástil de esa manera. Y ningún capitán competente dejaría un barril inflamable donde dices que estaba.
Torsten parpadeó.
—¿Cómo sabes tanto de barcos?
Ella se levantó.
Su espalda se enderezó.
Su barbilla se alzó.
Y de repente la esclava desapareció.
Ante él había una mujer que parecía haber nacido para recibir juramentos de rodillas.
—Porque crecí escuchando a los capitanes de mi padre.
—¿Quién era tu padre?
Sus ojos verdes se clavaron en los de él.
—Mi nombre es Killin Ní Briain.
Torsten dejó de respirar.
—Soy la hija del rey Senetic de Munster.
Hizo una pausa.
—Y tú, vikingo…
levantó ligeramente la barbilla.
—acabas de comprar a una princesa irlandesa.
PARTE 2
Torsten permaneció mirándola durante varios segundos.
—¿Princesa?
Killin soltó una risa amarga.
—Ahora estarás calculando cuánto pagaría mi padre por recuperarme.
Era exactamente lo que habría hecho el antiguo Torsten.
El hombre que había entrado en Kaupang aburrido, creyendo que todo tenía un precio.
Pero algo había cambiado.
—No mandaré ningún mensaje todavía.
Killin frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque hace unas horas eras un misterio. Ahora eres una oportunidad política.
Se acercó a la ventana.
—Pero en algún momento entre ambas cosas te convertiste en algo más, y todavía estoy intentando entender qué significa eso.
Desde aquel día dejó de tratarla incluso formalmente como prisionera.
Killin pudo caminar libremente por la aldea.
Pronto empezó a ayudar a sus habitantes.
Enseñó técnicas irlandesas para teñir telas, ayudó a las mujeres y contó historias a los niños.
Los aldeanos que primero la miraban con desconfianza comenzaron a quererla.
Y Torsten fue cayendo con ellos.
Sus conversaciones se hicieron interminables.
Discutían sobre dioses, guerras, política y libertad.
Ella descubrió que él no era simplemente el bárbaro que esperaba odiar.
Él descubrió una mujer brillante, orgullosa y profundamente herida por haber pasado toda su vida siendo utilizada políticamente.
Killin le contó que su padre había intentado comprometerla varias veces.
La última vez, precisamente con un jarl vikingo de Dublín.
—Hablaba de mí como si ya fuera su propiedad —confesó—. Como si mi cuerpo y mi vida fueran tierras incluidas en el acuerdo.
Torsten sintió una rabia inesperada.
—¿Todavía preferirías aquel matrimonio a quedarte aquí?
Killin lo miró.
—No lo sé.
Aquella respuesta asustó a ambos.
Porque ya no significaba que quisiera escapar.
Significaba que una parte de ella quería quedarse.
Todo cambió definitivamente una tarde en los acantilados.
El sol moría sobre las aguas negras cuando Torsten tocó suavemente su mejilla.
—Sé que esto está mal —dijo—. Eres una princesa. Fuiste mi prisionera. Y probablemente debería alejarme.
—Entonces ¿por qué no lo haces?
—Porque cada conversación contigo significa más que cualquier victoria que haya conseguido.
Killin permaneció quieta.
—Si hago esto, Torsten, no será porque me compraste.
—Lo sé.
—Será porque yo lo elijo.
Él esperó.
Killin se acercó.
Su primer beso fue lento.
Casi tímido.
No fue conquista.
Fue una pregunta cuya respuesta ambos habían elegido.
Pero Killin todavía tenía una duda.
¿Cómo podía saber que aquel amor era real mientras técnicamente seguía perteneciendo al hombre del que se había enamorado?
Una noche se lo dijo.
—Libérame.
Torsten quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Declárame libre. Dame la posibilidad real de regresar a Irlanda.
Lo tomó de la mano.
—Entonces, si decido quedarme, los dos sabremos por qué.
Torsten comprendió que podía perderla.
Y precisamente por eso aceptó.
A la mañana siguiente reunió a toda la aldea.
—Killin Ní Briain ya no es esclava ni prisionera. Es libre de quedarse o marcharse. Nadie decidirá por ella.
Después la dejó sola.
Tres días pasó Killin caminando por el fiordo.
Pensó en Irlanda.
En su padre.
En su antigua vida.
Y pensó en aquel lugar donde nadie le había pedido que fuera princesa.
Al tercer día regresó al gran salón.
Torsten estaba junto al fuego.
—He decidido algo.
Él se puso de pie.
Killin tomó sus manos.
—Quiero quedarme.
Torsten cerró los ojos.
Pero ella continuó:
—No como huésped. No como amante.
Lo miró directamente.
—Quiero quedarme como tu esposa.
Él apenas pudo respirar.
—¿Estás segura?
—Te amo, Torsten. Porque cuando todos me trataban como algo que podía comprarse, tú terminaste dándome la posibilidad de elegir.
Torsten la abrazó.
—Entonces cásate conmigo. No como prisionera. No como alianza. Como mi compañera, mi igual y mi reina.
—Sí.
Se casaron.
Y durante unos meses Killin creyó que la peor parte de su vida había terminado.
Hasta que llegó el barco de Irlanda.
En el mástil ondeaba el león dorado de Munster.
Del barco descendió Cormac, general de confianza de su padre.
Cuando vio a Killin cayó de rodillas.
—Princesa… creíamos que estabas muerta.
Killin presentó a Torsten.
—Mi esposo.
Cormac palideció.
—¿Te casaste con un vikingo?
—Me casé con un hombre que me trató como persona cuando otros me trataban como ganado.
Entonces Cormac dio la noticia que destruyó la felicidad que acababan de construir.
Los dos hermanos de Killin habían muerto.
Su padre estaba gravemente enfermo.
Y ella era ahora la única heredera de Munster.
—Debes regresar —dijo Cormac—. Si tu padre muere sin ti allí, el reino puede caer en una guerra por el trono.
Killin sintió que el mundo se partía.
Había pasado toda la vida intentando escapar de ser utilizada como pieza política.
Ahora miles de personas realmente dependían de ella.
Pasó noches sin dormir.
Finalmente entró en la habitación de Torsten llorando.
—Dime qué debo hacer.
Era la pregunta que él más temía.
Torsten habría podido pedirle que se quedara.
Podría haberle recordado que era su esposa.
Podría haber usado el amor como otra cadena.
No lo hizo.
—Si mi pueblo me necesitara —dijo—, regresaría.
Killin lloró.
—¿Aunque eso significara perderme?
El rostro de Torsten se quebró.
—Aunque significara perderte.
Ella apoyó la cabeza contra su pecho.
—Entonces tengo que ir.
—Sí.
—No quiero.
—Yo tampoco.
Killin regresó a Irlanda.
Antes de subir al barco, Torsten besó sus nudillos.
—Cuando termines lo que debes hacer, vuelve.
—¿Y si pasan años?
—Entonces esperaré años.
Ella partió.
Pasaron dos.
Dos años sin verla.
Torsten rechazó cualquier propuesta de matrimonio.
Las noticias que llegaban de Irlanda decían que el padre de Killin había muerto poco después de su regreso.
Ella había sido coronada reina de Munster.
Había detenido rebeliones, firmado tratados y estabilizado el reino.
Pero nunca regresaba.
Hasta una mañana.
El vigía gritó:
—¡Barcos irlandeses!
Torsten corrió al muelle.
Vio estandartes verdes.
El león dorado.
Y en la proa…
una mujer de cabello negro.
Killin.
Cuando bajó del barco llevaba una corona de plata.
Durante un instante era la reina de Munster.
Entonces sus ojos encontraron los de Torsten.
Y volvió a ser simplemente Killin.
—Hola.
Torsten apenas pudo responder.
—Hola.
Ella sonrió con lágrimas en los ojos.
—Dos años es mucho tiempo.
—Una eternidad.
Killin tragó saliva.
—¿Sigues esperando?
Torsten se acercó.
—Te lo prometí.
Ella tomó sus manos.
—Entonces tengo que decirte algo.
—¿Qué?
—He abdicado.
Torsten creyó haber oído mal.
—¿Qué hiciste?
—Dejé el trono. Mi sobrina gobernará en mi lugar. Tiene apoyo suficiente y el reino está estable.
—Killin…
—Hice lo que tenía que hacer. Salvé a mi pueblo. Evité la guerra. Cumplí con mi padre.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pero cada noche soñaba con este fiordo. Cada mañana despertaba extrañando tu voz.
Apretó las manos de Torsten.
—Comprendí que Irlanda era mi reino.
Hizo una pausa.
—Pero ya no era mi hogar.
Torsten no podía hablar.
—Mi hogar está aquí —susurró Killin—. Contigo.
—¿Estás segura?
Ella sonrió.
—La única cosa de la que me arrepiento es de no haber regresado antes.
Torsten la levantó entre sus brazos.
Y aquel beso valió dos años de espera.
Los años siguientes gobernaron juntos el Fiordo Negro.
Killin llevó conocimientos irlandeses de agricultura y comercio.
Torsten abrió nuevas rutas marítimas.
Tuvieron tres hijos.
Y con el tiempo, aquel lugar donde una princesa había llegado como esclava se convirtió en un puente entre dos pueblos que durante demasiado tiempo solo se habían conocido mediante la guerra.
Muchos años después, cuando ambos tenían el cabello gris, Torsten le preguntó:
—¿Alguna vez lamentaste abandonar una corona por esta vida?
Killin entrelazó sus dedos con los de él.
—No abandoné un reino por ti.
Torsten alzó una ceja.
Ella sonrió.
—Primero cumplí con mi reino. Después elegí mi vida.
Apoyó la cabeza en su hombro.
—Dejé un trono y encontré un hogar. Dejé poder y encontré a alguien que siempre quiso saber qué elegía yo.
Torsten besó sus nudillos, igual que el día de aquella despedida.
Porque esa había sido la verdadera historia entre ellos.
Torsten había podido comprar las cadenas que sujetaban a Killin.
Pero nunca pudo comprar su corazón.
Para conseguirlo tuvo que hacer exactamente lo contrario.
Tuvo que liberarla.
Y cuando ella pudo marcharse a cualquier lugar del mundo…
eligió volver a él.