Cinco mujeres huyeron aterradas del Rey Alfa… pero cuando una Omega llena de cicatrices tocó su mano, la bestia hizo algo que nadie creía posible

Cinco mujeres huyeron aterradas del Rey Alfa… pero cuando una Omega llena de cicatrices tocó su mano, la bestia hizo algo que nadie creía posible

PARTE 1

Durante años aprendí que la mejor manera de sobrevivir era volverme invisible.

Me llamo Parker Hayes, tengo veinticuatro años y nací Omega, el rango más bajo que podía tener un lobo.

Pero mi posición no era lo peor.

Mis padres murieron durante un ataque de renegados y yo sobreviví con el cuerpo destrozado. Las cicatrices cubrían mi hombro y parte del torso, y mi pierna derecha nunca volvió a funcionar correctamente.

Para mi Alfa, Richard Montgomery, aquello me convertía en una vergüenza.

Limpiaba pisos, cocinaba para otros y comía las sobras cuando todos terminaban. Su hija Khloe se divertía recordándome que ninguna manada respetaría jamás a una Omega “rota”.

Yo ahorraba dinero en secreto para escapar.

Entonces llegó la noticia sobre Domino Croft.

El Alfa Rey del Sindicato Redwood.

Un gigante de más de dos metros cuya presencia podía obligar a otros lobos a bajar la cabeza. Su lobo era tan poderoso que cinco posibles compañeras habían huido aterradas durante ceremonias anteriores. Sin una Luna capaz de estabilizarlo, Domino podía caer finalmente en el temido Ravage, perdiendo el control de su lado humano.

Los ancianos organizaron una última cumbre.

Richard vio una oportunidad.

Quería convertir a Khloe en reina.

Y me llevó como su sirvienta.

Durante varios días observé a Domino desde los pasillos.

Esperaba encontrar al monstruo de los rumores.

Encontré algo diferente.

Cada vez que una mujer retrocedía ante él, veía dolor detrás de sus ojos dorados.

No disfrutaba provocando miedo.

Estaba completamente solo debido a su propia fuerza.

La última noche, Khloe fue llamada ante él.

Caminó con un vestido rojo, convencida de que sería Luna.

Domino se acercó.

Su lobo gruñó.

Khloe se quebró.

Cayó al suelo y retrocedió aterrada.

Domino cerró los ojos.

—Basta. Se terminó.

Su rugido sacudió el salón.

Yo estaba detrás de Richard cargando una bandeja de copas.

Mi pierna cedió.

La bandeja cayó.

El cristal explotó contra el mármol.

Todo el salón me miró.

Richard se volvió hacia mí.

—¡Inútil!

Levantó la mano para golpearme.

Pero nunca llegó a tocarme.

Domino cruzó el salón y levantó a Richard del cuello con una sola mano.

—Mía.

Aquella palabra dejó al salón en silencio.

Me quedé inmóvil entre los cristales.

Domino soltó a Richard.

Después hizo algo que ninguna persona allí esperaba.

El hombre más temido del continente se arrodilló delante de mí.

Sobre el vidrio roto.

Extendió lentamente su enorme mano.

—No tengas miedo de mí.

Algo dentro de mí se estremeció.

Todos mis instintos Omega me ordenaban bajar la mirada.

Pero años de abuso habían destruido esa parte obediente de mí.

Así que hice lo impensable.

Puse mi mano sobre la suya.

Una descarga atravesó mi cuerpo.

Domino jadeó.

Su lobo, que llevaba años luchando dentro de él…

se quedó completamente en silencio.

Los ancianos palidecieron.

Arthur Pendleton dio un paso adelante.

—No puede ser. Ella es una Omega. Está herida. ¡No puede convertirse en Luna!

Domino se levantó lentamente sin soltar mi mano.

Sus ojos brillaron.

Y dijo las palabras que destruyeron mi antigua vida para siempre:

—Ella es mi compañera.

PARTE 2

Richard reaccionó primero.

—¡No puedes llevártela! Pertenece a Crescent Ridge. Tiene una deuda con mi manada.

Sentí cómo los dedos de Domino se transformaban parcialmente en garras.

Podría haber terminado con Richard allí mismo.

Apreté su mano.

Domino se detuvo.

Todo el salón lo vio.

La Omega despreciada acababa de frenar al Alfa más peligroso del continente con un simple gesto.

Entonces comprendí algo.

Por primera vez en mi vida, yo tenía poder.

—Tengo condiciones —dije.

Los ancianos parecieron dejar de respirar.

Domino me miró.

No estaba enfadado.

Parecía… divertido.

—Dímelas, pequeña loba.

—Primera: cualquier deuda que Crescent Ridge diga que tengo desaparece. Richard nunca volverá a tener autoridad sobre mí.

—Hecho.

—Segunda: no voy a convertirme en una muñeca decorativa. No esconderé mis cicatrices. No fingiré ser una Alfa. Si quieres una Omega rota, la tendrás exactamente como es.

Domino se acercó.

Su voz bajó hasta convertirse en un murmullo.

—No estás rota.

Me levantó en brazos y abandonamos el salón.

Aquella noche descubrí cuánto habían mentido los rumores.

Domino me dejó su habitación.

Él pretendía dormir en otro lugar.

—¿Por qué? —pregunté.

Miró al suelo.

—Porque tengo miedo de lastimarte.

Aquella confesión me golpeó más fuerte que cualquier rugido.

No era una bestia orgullosa de su fuerza.

Era un hombre aterrorizado por ella.

—Siéntate conmigo.

Dudó.

Finalmente obedeció.

Apoyé la mano sobre su pecho.

Su corazón corría debajo de mi palma.

—No eres un monstruo, Domino.

Levantó los ojos.

—Y yo no me rompo tan fácilmente.

Durante las semanas siguientes mi vida cambió.

Domino eliminó legalmente el control que Richard tenía sobre mí e incluso adquirió gran parte de los intereses económicos ligados a Crescent Ridge.

Mandó preparar comida adecuada para mi cuerpo después de años de malnutrición.

Pidió ropa que no lastimara mis cicatrices.

Pero tampoco podía protegerme de todo.

Los ancianos odiaban la idea de una Omega convertida en Luna.

Llegaron cartas anónimas.

Comentarios en los pasillos.

Advertencias.

Una loba que no puede correr llevará a su manada al matadero.

Yo me negué a esconderme.

Por eso asistí con Domino a la gala del solsticio en Seattle.

Richard estaba allí.

También Arthur.

Y Khloe.

Arthur anunció que había preparado un vino especial para la mesa principal.

Algo en mi interior me advirtió que estaba mal.

Pero no descubrí qué hasta demasiado tarde.

Domino bebió.

Su piel comenzó a palidecer.

Su respiración se volvió irregular.

—Parker… huye.

Arthur sonrió.

Richard se levantó.

—¡Protocolo Alfa! ¡El rey está entrando en Ravage!

El salón explotó en pánico.

El cuerpo de Domino cambió violentamente.

En segundos ya no era el hombre que conocía.

Era una gigantesca criatura negra, desorientada y consumida por una furia química.

Arthur ordenó a sus hombres disparar.

Entonces entendí todo.

No pretendían demostrar que Domino era peligroso.

Querían provocarlo para después matarlo públicamente y llamarse salvadores.

Me lancé delante de él.

Los disparos atravesaron el lugar donde había estado segundos antes.

Domino reaccionó contra los guardias.

Mesas volaron.

Todos comenzaron a huir.

Después la bestia me vio.

No había reconocimiento en sus ojos.

Levantó una garra.

Podía matarme con un solo golpe.

Escuché gritos detrás de mí.

—¡Parker, corre!

No lo hice.

Recordé al hombre que se había arrodillado sobre cristales por mí.

Recordé sus manos temblando porque tenía miedo de lastimarme.

Liberé algo que siempre me habían enseñado a considerar insignificante.

Mi aura Omega.

Los Omegas no existíamos para dominar.

Existíamos para estabilizar.

Para sentir.

Para unir.

Y después de tantos años sobreviviendo al miedo, yo tenía más control emocional que cualquiera en aquel salón.

—Mírame.

Domino se congeló.

Avancé.

Puse las manos sobre su pecho.

—Estoy aquí.

Sus enormes ojos dorados temblaron.

—No eres un monstruo. Eres mi compañero.

Esperé.

La bestia gimió.

Y lentamente…

cayó de rodillas.

Su hocico se apoyó contra mi cuello.

El Ravage estaba desapareciendo.

Entonces Richard apareció detrás de mí con una daga de plata.

—¡Muere de una vez!

Domino lo vio.

Lo atrapó antes de que llegara hasta mí.

Levantó a Richard por el cuello.

Sus dientes quedaron a centímetros de su garganta.

—¡Domino, detente!

Se detuvo.

Otra vez.

Delante de cientos de lobos.

El Alfa Rey esperaba mi decisión.

Caminé hacia Richard.

—Durante años me hiciste creer que no valía nada.

Richard apenas podía respirar.

—Me golpeaste. Me dejaste pasar hambre. Me trataste como si mis cicatrices fueran una enfermedad.

Miré a Arthur.

—Y ustedes intentaron asesinar a su propio rey porque su Luna no encajaba en sus ideas de poder.

Volví a mirar a Domino.

—Suéltalo.

No le gustó.

Pero obedeció.

Richard cayó al suelo.

Caleb, el beta más leal de Domino, finalmente entró con los verdaderos guardias del Sindicato.

—Luna —dijo, inclinándose.

Aquella palabra me sorprendió.

—Arresten a Richard Montgomery y Arthur Pendleton por traición y por intentar asesinar al Alfa Rey.

Fueron encadenados.

Entonces ocurrió algo todavía más inesperado.

Una de las Alfas europeas que había pasado la noche juzgando mi cojera se acercó.

Me miró.

Luego miró a Domino.

Y cayó de rodillas.

—Larga vida a la Luna de Redwood.

Uno tras otro, los demás hicieron lo mismo.

No se inclinaban porque Domino los obligara.

Se inclinaban ante mí.

Pero la conspiración todavía no había terminado.

Cuando analizamos los documentos de Richard descubrimos movimientos financieros extraños.

Una compañía humana, Apex Biogen, había estado financiándolo.

Su director, Nathaniel Cross, era un multimillonario obsesionado con la manipulación genética.

Arthur y Richard no planeaban únicamente matar a Domino.

Querían capturarlo durante el Ravage y entregar su sangre para estudiar el ADN Lykan.

Domino quiso responder con violencia.

—Esta noche iremos por ellos.

—No.

Me miró como si nadie hubiera pronunciado esa palabra en su presencia.

—Si atacamos una empresa humana, revelamos nuestra existencia.

—Entonces, ¿qué propones?

Sonreí.

—Usaremos el mundo humano contra ellos.

Croft Industries tenía más dinero, más influencia logística y mejores abogados que Apex Biogen.

En vez de enviar guerreros, atacamos sus negocios.

Interrumpimos contratos.

Examinamos operaciones financieras.

Entregamos pruebas de experimentos ilegales a las autoridades humanas.

La investigación federal destruyó a Cross sin que una guerra sobrenatural comenzara.

Cuando todo terminó, Richard y Arthur fueron juzgados por el nuevo consejo.

Domino podía haberlos ejecutado.

Yo elegí algo diferente.

Los expulsamos.

Perdieron su rango.

Su autoridad.

Todo lo que habían utilizado para controlar a otros.

Cuando Richard fue llevado lejos, me miró por última vez.

El hombre que me había llamado inútil durante años ahora veía a la misma Omega sentada junto al rey que él había intentado destruir.

No necesité decir nada.

Meses después, estaba en un balcón sobre las montañas de Montana.

Llevaba un vestido blanco.

Mis cicatrices estaban completamente visibles.

Ya no las escondía.

Domino apareció detrás de mí y me rodeó con sus brazos.

Su lobo estaba tranquilo.

—Los europeos quieren una alianza permanente —dijo—. Y quieren que tú dirijas las negociaciones.

Sonreí.

—Supongo que finalmente dejaron de pensar que una Omega débil destruiría tu reino.

Domino soltó una risa baja.

—Ahora les das más miedo que yo.

Me giré.

Él pasó lentamente los dedos sobre una de mis cicatrices.

Nunca con lástima.

Siempre como si tocara algo precioso.

—Una de las Alfas me preguntó cómo conseguí domesticar al monstruo de Redwood —dije.

—¿Y qué respondiste?

—Que nunca te domestiqué.

Frunció ligeramente el ceño.

Apoyé ambas manos sobre su pecho.

—Les dije que nunca fuiste un monstruo. Solo estabas esperando a alguien que no tuviera miedo de la oscuridad.

Domino dejó de respirar.

Después hizo exactamente lo mismo que la primera noche que nos conocimos.

Se arrodilló frente a mí.

Esta vez no había cristales rotos.

No había una multitud juzgándonos.

Solo nosotros.

—Parker —dijo—, mientras viva, nunca volverás a pasar hambre. Nunca volverás a ser invisible. No eres una sirvienta, ni una Omega inferior, ni una mujer que deba caminar detrás de mí.

Tomó mis manos.

—Eres mi compañera. Mi Luna. Mi igual.

Me arrodillé frente a él.

Lo besé.

Y por primera vez sentí nuestro vínculo completarse sin miedo.

Desde el valle comenzó a elevarse un aullido.

Primero uno.

Luego cien.

Después toda la manada.

La muchacha que una vez fregaba pisos y guardaba billetes debajo de las tablas para escapar ya no necesitaba huir de nadie.

La historia original termina precisamente con Parker dejando de ocultar sus cicatrices, consolidando plenamente su vínculo con Domino y siendo reconocida como su Luna y su igual por todo Redwood.

Me habían enseñado que la fuerza pertenecía a los Alfas.

Que una Omega debía bajar la cabeza.

Que mis heridas me convertían en débil.

Se equivocaron en todo.

Porque el hombre más poderoso del mundo no necesitaba una mujer más fuerte que él.

Necesitaba a alguien lo bastante fuerte como para mirarlo a los ojos cuando todos los demás huían.

Y yo nunca volví a bajar la mirada.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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