CEO del Rey de los Vampiros fingió estar dormido para poner a prueba la limpiadora una madre soltera

La mujer de la limpieza cubrió con su suéter a un CEO dormido… sin saber que él llevaba tres siglos esperando volver a escuchar esas palabras

PARTE 1

Darius Bale llevaba trescientos años sin dormir.

No porque padeciera insomnio.

Simplemente ya no lo necesitaba.

Por eso, cuando aquella noche se dejó caer en el sillón de cuero de su oficina y cerró los ojos, todo era una actuación.

Desde hacía semanas desaparecían pequeños objetos del piso ejecutivo de Bale Corp: una pluma costosa, un reloj antiguo, un pisapapeles de cristal. Recursos Humanos sospechaba del personal nocturno de limpieza.

Darius quería descubrir al ladrón.

Así que dejó dinero a la vista, objetos valiosos al alcance de cualquiera y fingió estar profundamente dormido.

Entonces entró Clara Thompson.

Era una mujer joven, de cabello castaño recogido y uniforme desgastado. Empujaba un carrito de limpieza intentando no hacer ruido.

Al ver al poderoso director general dormido, se detuvo.

—¿Señor Bale?

Darius no respondió.

Clara miró alrededor.

Sobre el escritorio había suficiente dinero para pagar varios meses de su renta.

No tocó un solo billete.

Limpió las ventanas, vació el cesto, ordenó unos papeles y hasta corrigió discretamente un cuadro torcido.

Darius comenzó a sentirse intrigado.

Entonces escuchó sus pasos acercándose.

Pensó que finalmente tomaría algo.

Pero ocurrió lo contrario.

Clara se quitó su viejo suéter beige y lo colocó cuidadosamente sobre sus hombros.

—Nadie merece estar así de cansado —susurró.

Darius casi abrió los ojos.

Aquellas palabras atravesaron tres siglos de oscuridad.

Su esposa Margaret había pronunciado exactamente la misma frase cuando todavía vivían en Inglaterra. Solía cubrirlo con un chal después de encontrarlo trabajando hasta el amanecer.

Margaret llevaba doscientos años muerta.

Cuando Clara salió, Darius tomó el suéter entre sus manos.

Por primera vez desde la muerte de su esposa sintió algo peligroso.

Esperanza.

Investigó a Clara.

Descubrió que tenía veintisiete años, era viuda y criaba sola a Ethan, su hijo de cinco años. Trabajaba limpiando oficinas por las noches y como camarera los fines de semana.

Apenas podía pagar la renta.

Incluso debía dinero del almuerzo escolar de Ethan.

Y, aun teniendo tan poco, había regalado su único suéter a un hombre que creía agotado.

Pero algo más inquietaba a Darius.

Los humanos siempre percibían instintivamente lo que él era.

Algo dentro de ellos les advertía que huyeran.

Clara no.

Cerca de él parecía incluso más tranquila.

Darius necesitaba saber por qué.

La invitó a una supuesta cena para agradecer al personal nocturno.

Cuando Clara llegó con Ethan a su enorme mansión, descubrió que no había otros empleados.

Solo Darius.

—¿Dónde están los demás?

—No vendrán —admitió él—. Quería hablar contigo.

Clara debió marcharse.

Sin embargo, se quedó.

Había algo en aquel hombre que la inquietaba y, al mismo tiempo, le resultaba dolorosamente familiar.

Durante la cena, Darius finalmente confesó:

—Me recuerdas a alguien que perdí hace mucho tiempo.

Antes de que Clara pudiera responder, todas las luces de la mansión se apagaron.

Una enorme luna roja apareció detrás de las ventanas.

Darius se levantó bruscamente.

—Debes irte.

—¿Por qué?

—Clara, por favor.

Entonces ella vio su rostro.

Sus ojos grises comenzaron a arder en rojo.

Su piel se volvió pálida como mármol.

Y dos largos colmillos aparecieron bajo sus labios.

Clara retrocedió.

Debería haber gritado.

Debería haber corrido.

Pero una imagen apareció en su mente: una habitación antigua, una chimenea, manos manchadas de tinta… y aquel mismo hombre mirándola con amor.

—Te conozco —susurró.

Darius quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

Clara se llevó ambas manos a la cabeza.

Un nombre que nunca había escuchado en su vida salió de sus labios:

—Margaret…

El rostro de Darius perdió todo color.

—¿Cómo sabes ese nombre?

Y en ese instante, Clara comprendió que la verdadera pregunta no era qué era Darius Bale.

La verdadera pregunta era quién había sido ella antes de llamarse Clara Thompson.

PARTE 2

Clara salió corriendo de la mansión con Ethan.

Pero no pudo huir de los recuerdos.

Esa noche buscó el nombre Margaret y encontró un antiguo registro de matrimonio.

Margaret Rose Whitmore.

Casada con Darius Bale.

Había muerto dos siglos atrás.

Clara dejó caer el teléfono.

Cuando finalmente consiguió dormir, soñó con una vida que jamás había vivido.

Se vio en una habitación iluminada por lámparas de aceite. Llevaba ropa de otra época. Sus dedos estaban manchados de tinta.

Darius apareció detrás de ella.

Más joven y exactamente igual.

En el sueño, Clara —o Margaret— acarició su rostro.

No tenía miedo de sus ojos rojos.

No tenía miedo de sus colmillos.

Lo amaba.

Y antes de acostarse junto a él, pronunció nuevamente:

—Nadie merece estar así de cansado.

Clara despertó llorando.

Entonces Ethan apareció.

—Mamá, soñé otra vez con el hombre de los ojos rojos.

Clara se quedó helada.

—¿Qué dijo?

—Que te protegiera. Dijo que todavía no recuerdas… pero que recordarás.

Tres golpes sonaron en la puerta.

Darius estaba afuera.

Clara mantuvo puesta la cadena.

—¿Vienes a decirme que eres un vampiro o que yo soy la reencarnación de tu esposa?

—Ambas cosas.

Clara le contó sus recuerdos.

El estudio.

Las lámparas.

Incluso una antigua cicatriz que Darius había recibido en un duelo.

Nadie vivo podía conocer aquello.

Entonces Clara hizo la pregunta que más miedo le daba.

—¿Cómo murió Margaret?

Darius bajó la mirada.

Margaret se había negado a convertirse en vampira. Quería seguir siendo humana.

Cuando enfermó, Darius pudo haberla salvado con una mordida.

Pero respetó su decisión.

La sostuvo mientras moría.

Había pasado dos siglos odiándose por ello.

—Ella te perdonó —susurró Clara.

Darius levantó la cabeza.

—¿Cómo puedes saberlo?

Las lágrimas descendieron por las mejillas de Clara.

—Porque recuerdo sus últimas palabras.

Y se las repitió.

Palabras que Darius nunca había contado a nadie.

Entonces ya no quedaron dudas.

Pero el regreso de Clara había provocado otro problema.

Había cazadores siguiendo el rastro sobrenatural de Darius.

Él preparó dinero, documentos y una casa lejos de Nueva York para que Clara y Ethan desaparecieran.

—Tú te vas —le dijo—. Yo los distraeré.

Clara comprendió inmediatamente lo que significaba.

—Quieres dejar que te maten.

—Así ustedes estarán seguros.

—No.

—Clara…

—No me estás ofreciendo libertad. Me estás ofreciendo vivir con la culpa de haberte abandonado.

Darius intentó protestar.

Pero ella se acercó.

—Quizá Margaret te encontró otra vez por una razón. Yo no pienso desperdiciar esa segunda oportunidad.

No tuvieron tiempo para discutir.

Los cazadores ya estaban allí.

Irrumpieron en la azotea de Bale Corp armados con tecnología diseñada específicamente para destruir vampiros.

Uno lanzó una granada.

No explotó con fuego.

Explotó con luz solar concentrada.

Darius se interpuso frente a Clara.

Su piel comenzó a quemarse.

Cayó de rodillas.

Clara hizo lo único que se le ocurrió.

Se quitó el mismo viejo suéter beige de aquella primera noche y cubrió con él la cabeza y los hombros de Darius.

Luego utilizó su propio cuerpo como escudo.

—Nadie merece estar así de cansado —sollozó—. Quédate conmigo.

Darius levantó el rostro.

De sus ojos comenzaron a caer lágrimas rojas.

Sangre.

Los cazadores dejaron de avanzar.

Incluso su líder parecía aterrada.

Entre los vampiros, aquellas lágrimas eran consideradas una señal casi imposible: reconocimiento del alma. Un vínculo capaz de sobrevivir incluso a la muerte.

—Eres tú —susurró Darius—. De verdad eres tú.

La líder de los cazadores bajó lentamente el arma.

—Nosotros cazamos monstruos.

Miró a Clara abrazando al vampiro herido.

—Pero esto…

No terminó la frase.

Le lanzó una tela especial capaz de bloquear la luz.

—Llévatelo. Y desaparezcan antes de que lleguen otros.

Clara envolvió a Darius y lo ayudó a bajar de la azotea segundos antes de que el amanecer iluminara completamente la ciudad.

En la oscuridad de las escaleras, él apenas podía mantenerse consciente.

—Te quedaste.

Clara lloró y rio al mismo tiempo.

—Claro que me quedé, idiota.

Después de aquello, Clara y Ethan abandonaron Nueva York.

Tiempo después, ella abrió una pequeña cafetería en un pueblo costero.

Por primera vez en años, Ethan podía jugar afuera sin miedo.

Clara tenía una vida tranquila.

Hasta que una tarde sonó la campanilla de la puerta.

Darius entró.

Ya no llevaba sus caros trajes.

Vestía jeans y un sencillo suéter oscuro.

Sus heridas habían desaparecido.

—¿Demasiado tarde para un café? —preguntó.

Clara lo miró durante varios segundos.

—Depende. ¿Viniste buscando a Margaret?

Darius negó lentamente.

—No.

Se acercó.

—Vine buscando a Clara.

Aquella respuesta terminó de derribar las últimas defensas que ella conservaba.

—No soy solamente Margaret —dijo—. Tampoco soy solamente Clara. Tal vez soy las dos. Tal vez soy todas las versiones de un alma que siguió encontrando el camino hacia ti.

Darius cerró los ojos.

—No sé cómo vivir una vida normal.

Clara tomó sus manos.

—Entonces aprende.

Se sentaron junto a la ventana mientras Ethan recogía conchas en la playa.

Clara sonrió.

—Pero primero tienes que hacer algo que no has hecho en trescientos años.

—¿Qué?

Ella apoyó suavemente su cabeza contra él.

—Descansar.

Darius Bale había sobrevivido guerras, revoluciones y siglos enteros de soledad.

Había construido imperios y visto morir a todas las personas que alguna vez conoció.

Pero aquella tarde comprendió que el regalo más extraordinario de la eternidad no era vivir para siempre.

Era tener una segunda oportunidad con alguien que había encontrado el camino de regreso.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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