Caminé media hora con un desconocido en Zacatecas hasta que descubrí que no proyectaba ninguna sombra

Caminé media hora con un desconocido en Zacatecas hasta que descubrí que no proyectaba ninguna sombra

PARTE 1

El hombre caminaba a mi lado desde hacía casi media hora cuando me di cuenta de algo que todavía hoy me cuesta explicar.

El sol estaba bajando detrás de nosotros.

Mi sombra se extendía claramente sobre el camino.

La de él no estaba.

Me llamo Mateo y esto ocurrió cerca de Fresnillo, Zacatecas, un Viernes Santo.

En aquel tiempo ayudaba con trabajos del campo y también vendía algunos productos en un mercado de la zona.

Ese día terminé más tarde de lo esperado.

Mi abuela vivía en una comunidad cercana y yo había prometido visitarla.

Cuando salí todavía había luz, así que no me preocupé.

Conocía perfectamente el camino.

Era una vereda larga, con terrenos de cultivo a ambos lados y muy pocas casas.

Había avanzado bastante cuando vi a un hombre caminando unos metros delante de mí.

Usaba pantalón oscuro, camisa vieja y un sombrero grande que le tapaba buena parte del rostro.

Cuando escuchó que me acercaba, redujo el paso.

Me saludó con mucha confianza.

Después me preguntó si podía acompañarme.

En los caminos de rancho eso no era tan extraño.

Además, parecía un hombre del campo.

Acepté.

Durante los primeros minutos hablamos de cosas normales.

La falta de lluvia.

Las cosechas.

Los precios del maíz.

Nada raro.

Incluso me cayó bien.

Entonces miré hacia el suelo.

Mi sombra estaba ahí.

La del hombre, no.

Pensé que era por la posición del sol.

Seguimos caminando y el camino dio una curva.

Ahora la luz caía directamente detrás de nosotros.

Mi sombra cambió de dirección.

La suya seguía sin aparecer.

Sentí una incomodidad pequeña.

Todavía no era miedo.

Me dije que seguramente había alguna explicación.

Intenté concentrarme en la conversación.

Pero poco después noté otra cosa.

Mis botas hacían ruido sobre la grava.

Las de él no.

Yo escuchaba perfectamente:

crac, crac, crac.

Pero cuando él avanzaba no sonaba nada.

Miré sus pies.

Sí caminaba.

Solo que parecía hacerlo sin ejercer peso sobre el suelo.

Ahí empecé a ponerme nervioso.

Aceleré un poco.

El hombre mantuvo mi ritmo sin esfuerzo.

Habíamos caminado bastante y yo empezaba a respirar más fuerte.

Él no.

No escuchaba una sola respiración.

Nada.

Llegamos a una zona donde el camino estaba húmedo por una lluvia reciente.

Mis botas dejaron huellas profundas en el lodo.

Miré detrás de nosotros.

Solo había una fila de pisadas.

Las mías.

Me detuve.

El hombre también.

Me preguntó si estaba cansado.

Le dije que no.

Seguí caminando.

Ya no quería conversar.

Solo pensaba en llegar con mi abuela.

Fue entonces cuando el desconocido cambió de tema.

Me contó que días antes, mientras trabajaba una parcela, había encontrado algo enterrado.

Según él, su herramienta había golpeado una caja muy pesada.

Después de cavar descubrió un cofre viejo.

Lo abrió.

Estaba lleno de monedas de oro.

Centenarios.

Me reí porque pensé que estaba exagerando.

Pero él habló completamente en serio.

Dijo que el cofre era demasiado pesado para sacarlo solo.

Su terreno estaba muy cerca.

Si yo lo ayudaba, me daría una parte.

No voy a mentir.

Lo pensé.

Mi familia no tenía mucho dinero.

Mi abuela necesitaba arreglar varias cosas de su casa.

Yo mismo llevaba meses intentando ahorrar.

Un puñado de aquellas monedas podía cambiar nuestra situación.

El hombre señaló una vereda secundaria.

Dijo que su terreno estaba por ahí.

En ese momento recordé la voz de mi abuela.

Desde niño siempre me repetía que en Viernes Santo no debía aceptar cosas de desconocidos en el camino.

Yo me burlaba de esas historias.

Pero mientras miraba aquel sendero oscuro, la advertencia apareció en mi cabeza con una claridad increíble.

No vayas.

Le agradecí la oferta.

Le dije que tenía que llegar con mi abuela.

El hombre insistió.

Dijo que podría volver con suficiente dinero para ayudarla durante años.

Durante unos segundos estuve a punto de aceptar.

Pero nuevamente sentí aquella idea:

no vayas.

Me negué.

La expresión del desconocido cambió.

Bajó aún más el sombrero.

Comenzó a murmurar algo que no entendí.

El aire se volvió frío.

No frío de noche.

Un frío repentino que parecía venir directamente del suelo.

Dejó de caminar.

Yo también.

Entonces dijo con una tranquilidad que me heló la sangre:

—Está bien. Yo solo podía acompañarte hasta aquí, Mateo.

Me quedé mirándolo.

Yo nunca le había dicho mi nombre.

PARTE 2

Sentí que el estómago se me cerraba.

Intenté recordar toda nuestra conversación.

Habíamos hablado del mercado.

Del campo.

De la lluvia.

De mi abuela.

Pero jamás me había presentado.

—¿Cómo sabe cómo me llamo?

El hombre no respondió.

Levantó lentamente el rostro.

Hasta ese momento el sombrero había ocultado casi todo.

Cuando pude verlo mejor entendí por qué.

No distinguí una cara normal.

Debajo del sombrero parecía haber únicamente oscuridad.

No ojos.

No nariz.

Nada que yo pudiera reconocer con claridad.

Di un paso hacia atrás.

Mis piernas comenzaron a temblar.

El hombre repitió que ya no podía seguir acompañándome.

Después se dio media vuelta.

Y ocurrió algo todavía más extraño.

Mientras avanzaba, su cuerpo empezó a perder forma.

No desapareció de golpe.

Parecía ir convirtiéndose en una mancha oscura cada vez más alargada.

Hasta que lo único que vi fue una sombra moviéndose entre la hierba.

La misma sombra que nunca había proyectado mientras caminaba conmigo.

Desapareció entre los matorrales.

En cuanto dejé de verla recuperé el control de las piernas.

Corrí.

No me importó el cansancio.

No miré hacia atrás.

Cuando llegué a casa de mi abuela ya estaba oscureciendo.

Ella estaba sentada cerca de la puerta.

Apenas me vio, se levantó.

No me preguntó por qué venía corriendo.

No preguntó si me habían asaltado.

Solo me miró a la cara y dijo:

—Te lo encontraste.

Me quedé congelado.

—¿A quién?

Mi abuela me hizo entrar.

Cerró la puerta.

Entonces me preguntó si el hombre llevaba sombrero.

Asentí.

Si caminaba sin hacer ruido.

Asentí otra vez.

Después hizo la pregunta que más me sorprendió.

—¿Te ofreció dinero?

Le conté lo del cofre.

Los centenarios.

El sendero.

También le expliqué que no había aceptado.

Mi abuela respiró profundamente.

Me dijo que había hecho bien.

Según una historia que los mayores de la región repetían desde hacía generaciones, durante el Viernes Santo podía aparecer en los caminos un hombre al que llamaban de distintas maneras.

Ella lo conocía como el hombre sin sombra.

Nunca sabías quién era realmente.

Podía parecer un campesino.

Un viajero.

Un hombre perdido.

Siempre era amable al principio.

Después ofrecía algo que la persona deseaba profundamente.

Dinero.

Una oportunidad.

Un favor.

La promesa cambiaba.

La intención era la misma.

Hacer que abandonaras tu camino y lo siguieras.

Le pregunté qué habría ocurrido si hubiera aceptado.

Mi abuela no quiso responder inmediatamente.

Finalmente me dijo que, según los relatos, las personas que seguían al desconocido no regresaban de la misma manera.

Algunas simplemente no volvían.

Yo intenté reírme.

Todavía quería encontrar una explicación.

Tal vez aquel hombre era un estafador.

Quizá sabía mi nombre porque me conocía del mercado.

La ausencia de sombra podía ser un efecto de la luz.

Mis propios nervios podían haber hecho el resto.

Pero mi abuela todavía no había terminado.

Me explicó la parte de la leyenda que casi nadie contaba.

El hombre no estaba ofreciendo el oro solamente para llevarse a alguien.

También buscaba a una persona que ocupara su lugar.

Según la creencia, él llevaba años atrapado recorriendo caminos durante esa fecha.

Necesitaba encontrar a alguien dispuesto a seguirlo.

Alguien que cediera a la tentación.

Yo le dije:

—Pero no fui con él.

Mi abuela me miró muy seria.

—Por eso pudiste regresar.

Sentí alivio.

Duró poco.

Después añadió que haberlo rechazado no significaba necesariamente que todo hubiera terminado.

Según los viejos relatos, si el hombre decía tu nombre era porque ya te había reconocido.

Te había marcado.

Y si volvías a encontrarlo otro Viernes Santo, podría intentarlo nuevamente.

—Entonces simplemente no vuelvo a salir ese día.

Mi abuela asintió.

—Eso mismo vas a hacer.

Aquella noche casi no dormí.

A la mañana siguiente quise regresar al lugar donde lo había encontrado.

Mi abuela me prohibió hacerlo.

Con los días empecé a convencerme de que había exagerado.

Pasaron meses.

Después años.

Nunca encontré noticias sobre un cofre.

Nadie en los ranchos cercanos conocía a un hombre con aquella descripción.

Tampoco pude explicar cómo sabía mi nombre.

Lo más extraño es que sigo recordando perfectamente aquel camino.

Mis huellas sobre el lodo.

Una tras otra.

Y al lado, tierra completamente lisa.

Con el tiempo dejé de contar esta historia.

La gente se ríe.

Yo también me habría reído antes de vivirla.

No puedo asegurar qué fue aquel hombre.

Solo sé que nunca volví a caminar por caminos solitarios durante un Viernes Santo.

Y todavía hoy existe una costumbre que mi familia encuentra un poco rara.

Cuando el sol está bajo y alguien desconocido se acerca caminando hacia mí, antes de mirar su rostro…

primero miro al suelo para comprobar que tenga sombra.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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