CADA MAÑANA LA DESCUBRÍA DURMIENDO CON LOS LOBOS ENFERMOS DEL REY ALFA
CADA MAÑANA LA DESCUBRÍA DURMIENDO CON LOS LOBOS ENFERMOS DEL REY ALFA
PARTE 1
Nadie en la fortaleza de Frost Hall se atrevía a acercarse al viejo establo del patio norte cuando caía la noche.
Los soldados evitaban mirar hacia sus puertas rotas. Los sirvientes bajaban la voz cuando escuchaban los gemidos de los lobos encerrados allí dentro. Algunos decían que aquellas criaturas habían perdido la razón después de demasiadas guerras. Otros aseguraban que el lugar estaba maldito.
Pero Mara Bale sabía una cosa: ningún ser que sufría debía ser abandonado.
Aquella noche, mientras una tormenta de nieve cubría la fortaleza, Mara caminó en silencio por los pasillos ocultos del castillo. Su capa estaba gastada, sus botas tenían grietas y el frío atravesaba la poca tela que la protegía. Bajo su brazo llevaba un pequeño paquete con mantas viejas, agua tibia, pan mezclado con caldo y algunas raíces medicinales que había recogido durante la mañana.
Para los sanadores reales aquello no valía nada.
Para los lobos podía significar sobrevivir una noche más.
Cuando llegó al viejo establo, la puerta principal seguía marcada con el símbolo de cuarentena. Nadie había entrado allí durante semanas. Mara no utilizó esa entrada. Conocía un pequeño acceso lateral que casi nadie recordaba.
Al abrirlo, un olor terrible salió desde la oscuridad: enfermedad, madera húmeda, medicina vieja y dolor.
Un gruñido profundo atravesó el silencio.
Mara se detuvo.
—Lo sé… llegué tarde —susurró.
No avanzó de inmediato. Había aprendido que el miedo podía convertirse en violencia cuando una criatura se sentía atrapada. Esperó hasta que los lobos aceptaran su presencia.
Finalmente, dos ojos plateados aparecieron entre las sombras.
Era Branok.
El antiguo lobo blanco que una vez había protegido al rey Alpha Kale Thorn en la batalla del Río Negro. El mismo lobo que los guerreros nombraban con orgullo en las tabernas. La criatura que había sido símbolo de fuerza y lealtad.
Ahora estaba tirado sobre la paja sucia, con las costillas marcadas bajo su pelaje apagado y una pata hinchada cubierta por un vendaje que parecía hacerle más daño que bien.
Mara se arrodilló lentamente.
—No muerdas la única mano que viene a ayudarte esta noche —murmuró.
Branok la observó, demasiado cansado para atacar.
Durante horas, Mara limpió heridas, cambió la paja mojada y alimentó a cada lobo que todavía tenía fuerzas para levantar la cabeza. Cuando uno de ellos no podía beber, ella sostenía el cuenco hasta que intentaba nuevamente.
Nadie vino a ayudarla.
Ningún sanador.
Ningún guardia.
Ningún noble que años atrás había celebrado las victorias de aquellos animales.
Solo Mara.
Cuando amaneció, el viento seguía golpeando las paredes del establo. Exhausta, se sentó junto a Branok. Poco a poco, los lobos se acercaron y formaron un círculo alrededor de ella para protegerla del frío.
El viejo lobo apoyó su enorme cabeza sobre sus piernas.
Mara acarició su pelaje y susurró:
—Merecías algo mejor.
Pero ella no sabía que alguien la estaba observando.
Desde la torre este, el rey Kale Thorn había visto algo imposible en la nieve.
Huellas de lobos.
No marcas de animales moribundos arrastrándose.
Huellas firmes.
Vivas.
Junto a ellas había pequeñas huellas humanas que salían del establo prohibido.
Alguien había entrado.
Y uno de sus lobos que todos creían condenado había vuelto a caminar.
Por primera vez en semanas, Kale decidió no escuchar informes ni excusas. Quería ver la verdad con sus propios ojos.
Bajó solo de la torre y siguió las huellas bajo la nieve.
Cuando abrió la puerta del viejo establo, esperaba encontrar monstruos.
Pero lo que encontró hizo que olvidara respirar.
El lugar que recordaba lleno de suciedad y muerte ahora estaba limpio. Había mantas cubriendo las ventanas rotas, paja nueva en el suelo y cuencos ordenados junto a cada rincón.
Entonces la vio.
Una joven dormía en medio del establo, con una mano descansando sobre el cuello de Branok.
El viejo lobo blanco estaba acostado junto a ella, respirando con una tranquilidad que Kale no había escuchado en meses.
Los demás lobos formaban un círculo alrededor de la mujer.
No como una amenaza.
Como una protección.
Kale llevó la mano hacia su espada cuando Branok abrió los ojos y se levantó lentamente.
El rey quedó inmóvil.
Porque hacía solo unos días le habían dicho que aquel lobo ya no podía ponerse de pie.
Pero ahora estaba entre él y aquella desconocida.
Protegiéndola.
Y entonces la mujer abrió los ojos.
Al verlo, palideció.
—Su majestad… —susurró.
Kale dio un paso adelante.
—¿Quién eres… y qué haces en mi establo?
La joven bajó la mirada.
—Mara Bale.
Hubo un silencio extraño.
—Los lobos estaban muriendo —dijo ella finalmente.
La respuesta fue simple.
Pero por alguna razón, golpeó al rey más fuerte que cualquier mentira.
Antes de que pudiera responder, las puertas del establo se abrieron de golpe.
Los guardias entraron con sus lanzas levantadas.
Y detrás de ellos apareció el alto sanador Casian.
Su mirada no estaba sorprendida al ver a Mara.
Estaba preocupada.
Como si aquella mujer hubiera descubierto algo que nunca debía descubrir.
PARTE 2
El silencio dentro del establo se volvió más pesado que la nieve que caía afuera.
Casian observó a Mara con una expresión demasiado controlada. Kale lo notó inmediatamente.
Un hombre inocente podía estar sorprendido.
Pero Casian parecía asustado.
—Su majestad, aléjese de ella —dijo el sanador—. Ha violado la cuarentena y ha puesto en peligro a toda la fortaleza.
Los guardias avanzaron.
Pero antes de que pudieran tocar a Mara, Branok mostró los dientes.
El viejo lobo apenas podía mantenerse en pie, pero todos entendieron la advertencia.
No protegería a los guardias.
Protegería a Mara.
Kale levantó una mano.
—Bajen las armas.
Nadie discutió.
Por primera vez en mucho tiempo, todos habían visto algo imposible: los lobos que supuestamente habían perdido la razón obedecían a una joven que nadie en la corte consideraba importante.
Mara fue llevada a la Cámara del Consejo para ser interrogada.
Los ancianos ya estaban esperando.
Eso sorprendió a Kale.
Nadie había enviado mensajeros.
Sin embargo, todos sabían que ella llegaría.
Casian dio un paso al frente.
—Esta mujer entró varias veces en una zona prohibida, usó hierbas desconocidas y manipuló animales peligrosos.
Mara permaneció en silencio.
—Usé raíz de luna —respondió finalmente—. Ayuda a respirar.
Casian sonrió con desprecio.
—No eres una sanadora real.
Mara levantó la mirada.
—No. Normalmente llaman a mi madre después de que los sanadores reales han fallado.
La sala quedó en silencio.
Kale observó sus manos.
Tenía cortes, quemaduras y marcas de heridas antiguas. No eran las manos de alguien que buscaba poder.
Eran las manos de alguien que había estado cuidando algo.
Entonces vio un moretón oscuro en su muñeca.
—¿Quién hizo eso? —preguntó.
Mara bajó la manga rápidamente.
—No importa.
—Importa si yo pregunto.
Después de unos segundos, ella respondió:
—Un guardia me dijo que si quería estar con los animales enfermos, podía unirme a ellos.
La expresión de Kale cambió.
Pero antes de que pudiera hablar, un aullido profundo atravesó la fortaleza.
Todos se quedaron quietos.
Era Branok.
Durante semanas aquel sonido había sido de dolor.
Ahora era una llamada.
Y todos entendieron algo:
El lobo no estaba llamando al sanador.
Estaba llamando a Mara.
Kale ordenó que la llevaran nuevamente al establo.
Allí descubrieron algo que cambiaría todo.
Mara revisó el vendaje de Branok y frunció el ceño.
—Esto no es medicina.
Casian se tensó.
—Cuidado con tus acusaciones.
Mara acercó la tela a su nariz.
—Hay ceniza de perdición invernal.
El rostro del rey se endureció.
Aquella sustancia debilitaba la sangre y podía matar lentamente a los lobos.
Entonces un pequeño cachorro apareció desde un rincón con un pedazo de tela en la boca.
Kale tomó el fragmento.
En él estaba la marca del salón de sanadores.
El sello de Casian.
Por primera vez, el rey comprendió que el enemigo quizá nunca había estado dentro del establo.
Quizá había estado cuidando la puerta.
Pero cuando parecía que la verdad finalmente saldría a la luz, alguien encontró un pequeño vial escondido entre las pertenencias de Mara.
Dentro había ceniza de perdición invernal.
La acusación cayó sobre ella como una sentencia.
Casian sonrió.
—La envenenadora se ha revelado.
Mara miró al rey.
Por primera vez parecía tener miedo.
No por morir.
Sino porque él creyera la mentira.
Kale tomó el vial y observó a la mujer que había arriesgado su vida por criaturas que todos habían abandonado.
Entonces escuchó un sonido.
Un gruñido.
Todos se giraron.
Branok entró en el gran salón.
Detrás de él llegaron los otros lobos.
Estaban débiles, pero estaban vivos.
El viejo lobo blanco caminó hasta quedar frente a Casian.
Y por primera vez en semanas, todos pudieron ver claramente a quién reconocía como enemigo.
Kale se levantó.
Miró al sanador.
Luego miró a Mara.
Y preguntó:
—Si tú fuiste quien intentó matarlos… ¿por qué los lobos que supuestamente destruiste están arriesgando sus vidas para protegerte?
Nadie tuvo respuesta.
Pero esa noche, mientras la fortaleza entera descubría la verdad, alguien observaba desde las sombras.
Porque la caída de Casian no era el final.
Era solo el comienzo de una guerra mucho más peligrosa.
