Bailé nueve noches en un club que no existe… hasta que vi mi nombre sobre la mesa 13

Bailé nueve noches en un club que no existe… hasta que vi mi nombre sobre la mesa 13

PARTE 1

La tarjeta apareció dentro del bolsillo de mi chamarra.

Yo no la había visto antes.

Tenía mi nombre escrito a mano y una dirección del centro de Veracruz que, durante el día, no tenía ninguna puerta.

Pero lo peor era el horario:

3:33 de la madrugada hasta la primera luz.

Me llamo Julia Ferrer, tengo veintitrés años y durante nueve noches trabajé como bailarina en un club que oficialmente nunca ha existido.

Llegué ahí porque necesitaba dinero.

Había perdido mis clases de danza, debía dos meses de renta y mi mamá estaba comenzando un tratamiento médico que no podíamos pagar.

Así que cuando aquella tarjeta prometió pagarme en una noche lo que antes ganaba en casi tres meses, hice lo que hace mucha gente desesperada.

Dejé de hacer preguntas.

A las tres de la mañana llegué a la dirección.

Era una calle vieja cerca del puerto.

Por la tarde había pasado por ahí.

Solo había visto un taller cerrado y una pared húmeda.

Aquella madrugada había una puerta verde.

Toqué tres veces, como decía la tarjeta.

Me abrió un hombre alto llamado Ezequiel Vargas.

Traje gris.

Cabello perfectamente peinado.

Piel extrañamente pálida.

—Llegaste puntual.

No le pregunté cómo sabía quién era.

Me llevó hacia abajo.

Dieciocho escalones.

Los conté.

Abajo había un salón precioso.

Mesas con manteles blancos.

Lámparas antiguas.

Un escenario de madera.

Seis músicos vestidos de negro.

Y un olor constante a humedad.

Ezequiel explicó el trabajo.

Cuatro presentaciones de veinte minutos.

Podía bailar lo que quisiera.

Después me dio cinco reglas.

La primera:

Nunca dejar de bailar mientras hubiera música.

Aunque se apagara la luz.

Aunque escuchara mi nombre.

La segunda:

Nunca mirar directamente la mesa número 13.

La tercera:

Si alguien dejaba propina, solo podía aceptar billetes completamente secos.

La cuarta:

Dentro del club jamás debía utilizar mi nombre verdadero.

Elegí llamarme Camila.

La quinta:

Cuando apareciera la primera luz del amanecer debía subir los dieciocho escalones sin voltear.

No despedirme.

No cerrar la puerta.

Me reí.

Pensé que era parte del espectáculo.

Entonces Ezequiel puso mi pago sobre la mesa.

Dejé de reírme.

A las 3:33 la orquesta comenzó.

Quince minutos antes el salón estaba vacío.

Ahora había casi ochenta personas sentadas frente al escenario.

Nadie hablaba.

Nadie bebía.

Nadie se movía.

Y todos tenían la ropa húmeda.

Un hombre llevaba gotas en el cabello.

Una mujer tenía el vestido pegado al cuerpo.

Un niño con traje azul tenía una gota detenida en la punta de la nariz que nunca terminaba de caer.

La música comenzó.

Recordé la primera regla.

Bailé.

Cuando terminé, todos aplaudieron.

Pero no sonó como un aplauso.

Sonó como decenas de manos golpeando agua.

Esa madrugada casi no pude terminar.

Cuando salí, llevaba el dinero en el bolsillo.

Estaba seco.

Pensé en mi mamá.

Y regresé la noche siguiente.

Después otra.

La tercera noche conocí a Malena.

Tendría unos cuarenta años.

Era delgada, elegante y se pintaba los labios frente a un espejo roto.

—Así que tú eres la nueva Camila.

Aquella palabra me molestó.

—¿La nueva?

Sonrió sin alegría.

—Siempre hay una Camila.

Malena también bailaba.

Nunca coincidíamos en el escenario.

La cuarta noche finalmente me explicó quiénes eran los clientes.

—Son los del agua.

Personas que habían desaparecido en inundaciones, ríos, canales, tormentas.

Algunos habían sido encontrados.

Otros no.

El club era una especie de sala de espera.

Cuando la orquesta tocaba tres notas específicas, uno de los clientes se levantaba y desaparecía por una puerta del fondo.

—¿A dónde van?

—A donde debieron ir hace mucho.

Según Malena, cada uno tenía una última canción pendiente.

Una boda.

Un cumpleaños.

Una fiesta.

Una noche cualquiera que nunca pudieron terminar.

Nosotras bailábamos aquello que les faltaba.

Entonces pregunté por la mesa 13.

Malena dejó de maquillarse.

—No preguntes.

—¿Quién se sienta ahí?

Me miró a través del espejo.

—Nadie que ya esté muerto.

Sentí frío.

—Entonces ¿para quién es?

Malena bajó la voz.

—Para la que sigue.

La quinta noche cometí el error.

Estaba girando sobre el escenario cuando mis ojos se cruzaron con la mesa 13.

Solo un segundo.

Era la única mesa completamente seca.

Había una copa con burbujas.

Una rosa negra.

Una silla apartada.

Y una pequeña tarjeta con un nombre.

No alcancé a leerlo.

Cuando regresé al camerino, Malena ya sabía lo que había hecho.

—La miraste.

—Fue un segundo.

—Es suficiente.

Esa noche sentí algo observándome desde aquella esquina.

Luego la orquesta tocó las tres notas.

Ningún cliente se levantó.

En cambio, la silla de la mesa 13 se movió sola.

Cinco centímetros.

Al día siguiente llegué temprano y enfrenté a Ezequiel.

Le pregunté qué era realmente aquella mesa.

Esta vez no sonrió.

—La mesa pertenece al dueño.

Me explicó que cada cierto tiempo aparecía un nombre.

Cuando esa persona finalmente se sentaba, el acuerdo del club se renovaba.

Y ella debía quedarse ahí.

—¿Hasta cuándo?

Ezequiel me miró con una expresión casi triste.

—Hasta que otra ocupe su lugar.

Pensé inmediatamente en Malena.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?

Ezequiel respondió:

—Malena se sentó en esa silla en 1962.

Y por primera vez entendí que la mujer con la que llevaba noches conversando en el camerino no había envejecido ni un solo día en más de sesenta años.

PARTE 2

Salí del club antes de que empezara mi turno.

Caminé directamente al hospital.

Mi mamá dormía.

Sobre su mesa había un recibo.

El tratamiento estaba completamente pagado con el dinero que yo había ganado.

Me quedé mirándolo mucho tiempo.

Podía no regresar.

Eso era lo inteligente.

Pero si abandonaba el trabajo, no sabía qué pasaría con Malena.

Y había algo más.

Necesitaba saber por qué aquella tarjeta había llegado específicamente a mí.

Así que regresé.

En la séptima noche revisé el camerino mientras Malena bailaba.

Detrás del espejo roto encontré un hueco.

Dentro había fotografías antiguas.

Once.

El mismo salón.

El mismo escenario.

Distintas décadas.

En cada fotografía aparecía una bailarina diferente.

La más antigua tenía una fecha:

abril de 1962.

La mujer del escenario era Malena.

Exactamente igual.

La misma cara.

El mismo cabello.

El mismo vestido verde que todavía colgaba en el camerino.

En el reverso alguien había escrito:

Camila — primera noche.

Cuando Malena regresó, supo inmediatamente lo que había encontrado.

—Tú también te llamabas Camila.

Se sentó.

—Aquí sí.

—¿Qué pasó?

Malena tardó en responder.

—Tenía diecinueve años. Necesitaba dinero. Me dijeron que podía descansar un momento.

Miró hacia la puerta.

—Era mi décima noche.

—¿Te sentaste en la 13?

Asintió.

—Desde entonces atiendo la sala.

—¿Por qué no sales?

—Porque solo puedo irme cuando otra ocupa mi lugar.

Entonces me agarró las manos.

Estaban frías.

Pero secas.

—Escúchame. Esta noche mira el letrero.

Corrí hacia el salón antes de que comenzara la música.

Las mesas empezaban a llenarse.

No vi a nadie entrar.

Simplemente aparecían.

Uno después de otro.

Húmedos.

Quietos.

Esperando.

Miré la mesa 13.

La tarjeta ya estaba ahí.

Esta vez pude leerla.

JULIA FERRER.

Mi verdadero nombre.

No Camila.

El nombre que jamás había utilizado dentro del club.

Reconocí la letra.

Era exactamente la misma de la tarjeta que había aparecido en mi chamarra.

La orquesta comenzó.

Todos los clientes giraron la cabeza hacia mí simultáneamente.

Por primera vez sonrieron.

Y entendí algo.

La primera regla no estaba diseñada para castigarme.

Era una forma de mantenerme viva.

Mientras siguiera bailando, no podía sentarme.

Así que no paré.

Una canción.

Dos.

Tres.

La orquesta intentó cansarme.

Empezó a dejar silencios entre las piezas.

Yo seguía moviéndome.

Sin música.

Contando pasos.

Uno.

Dos.

Tres.

La planta de mis pies ardía.

Las piernas me temblaban.

Entonces escuché a mi mamá.

—Julia.

Su voz venía de la mesa 13.

No miré.

—Mi amor…

Seguí bailando.

La voz se acercó.

—Ven a descansar.

Cerré los ojos.

—Estás cansada.

Sí.

Estaba agotada.

Por un instante pensé que sentarme solo unos segundos no podía hacer daño.

Entonces escuché unos tacones golpear el escenario tres veces.

Abrí los ojos.

Malena estaba junto a mí.

Llevaba aquel vestido verde de la fotografía de 1962.

La orquesta se detuvo.

Malena golpeó nuevamente el piso.

Los músicos comenzaron un tango.

Ella bailó conmigo.

Nunca habíamos compartido escenario.

Aquella noche lo hicimos.

Me miraba directamente a los ojos para impedir que yo buscara la mesa.

Cuando mis piernas fallaban, marcaba el siguiente paso con la cabeza.

En un giro se acercó.

—Cuando aparezca la luz, corre.

—¿Y tú?

—Yo conozco este lugar.

—Malena…

Sonrió.

—Tú todavía conoces el de afuera.

La primera luz entró por una rejilla poco después de las siete.

Corrí.

Atravesé el salón.

Subí los dieciocho escalones.

No volteé.

Detrás de mí escuché aquellos aplausos húmedos.

Después la silla de madera arrastrándose.

Y finalmente la voz de Malena.

Tranquila.

—Me quedo otra vuelta.

Salí a la calle.

La puerta verde seguía abierta detrás de mí.

No la cerré.

Caminé hasta encontrar una cafetería abierta y permanecí ahí hasta que salió completamente el sol.

No regresé.

Mi mamá terminó su tratamiento.

Los médicos dijeron que había respondido muy bien.

Conseguí trabajo dando clases de pilates y danza.

Me mudé.

Intenté convencerme de que todo había terminado.

Cuatro meses después regresé a la dirección del club a plena tarde.

No había puerta verde.

Solo una cortina metálica oxidada.

Una pared.

Y humedad.

Pregunté en negocios cercanos.

Nadie conocía ningún club.

No existía licencia.

Ni registro.

Ni sótano.

Nada.

Empecé a dormir mejor.

Hasta hace tres semanas.

Desde entonces despierto todas las noches exactamente a las 3:33.

El lado izquierdo de mi cama aparece húmedo.

Frío.

Con olor a agua estancada.

Hace dos días ocurrió algo peor.

Me puse una chamarra que llevaba meses guardada.

Sentí cartón dentro del bolsillo.

Saqué una tarjeta.

Era gruesa.

Estaba húmeda en los bordes.

Decía:

SE BUSCA BAILARINA.

Debajo había una frase escrita a mano.

Reconocí la letra de Malena.

Perdóname. Mi turno terminó. La mesa 13 volvió a poner tu nombre.

Esta noche dejé todas las luces encendidas.

Son las 3:32.

No pienso abrir la puerta.

No importa quién llame.

No importa qué voz utilice.

3:33.

Acaban de tocar.

Una vez.

Dos.

Tres veces.

Y lo peor no es que alguien esté afuera.

Lo peor es que, desde el cuarto de al lado, acabo de escuchar una orquesta empezar a tocar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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