Antes de que su ex pudiera reaccionar, el Rey Vampiro la reclamó: «Él necesita ver lo que perdió».
Antes de que su ex pudiera reaccionar, el Rey Vampiro la reclamó: «Él necesita ver lo que perdió».

PARTE 1
La noche en que mi novio decidió humillarme delante de todo el mundo, un desconocido tomó mi mano y dijo algo que hizo palidecer a todos:
—Ella no es quien debería sentirse avergonzada.
Hasta ese momento, yo creía que lo peor que podía pasarme era descubrir una infidelidad.
Estaba equivocada.
Me llamo Elina Morrow y llevaba tres años con Marcus. Había rechazado oportunidades profesionales, cambiado planes y aprendido a hacerme pequeña para no incomodarlo. Él decía que me amaba, pero siempre encontraba una razón para mantener nuestra relación lejos de sus compañeros y de ciertos eventos importantes.
Aquella noche supuestamente celebraríamos nuestro aniversario.
En cambio, lo encontré en la zona VIP del Crimson Moon con Vanessa, una colega de su despacho, sentada sobre sus piernas mientras se besaban delante de todos. Sus amigos reían y grababan con sus teléfonos.
Cuando Marcus me vio, ni siquiera intentó apartarla.
Sonrió.
Me acerqué temblando.
—Marcus, tenemos que hablar.
Él suspiró como si yo fuera una molestia.
—Elina, no hagas una escena. Lo nuestro fue divertido, pero nunca te prometí nada.
Sentí que me faltaba el aire.
—Conocí a tus padres. Tengo la llave de tu departamento. Rechacé un trabajo en París porque dijiste que nuestra relación no sobreviviría a la distancia.
Sus amigos volvieron a reír.
Vanessa me miró de arriba abajo.
—Tenías que saber que eras temporal. Los hombres como Marcus no terminan con mujeres como tú.
Aquellas palabras dolieron.
Pero lo que realmente me destruyó fue escuchar a Marcus decir:
—Vanessa es mi igual.
Entonces me pidió que me marchara antes de llamar a seguridad.
Y fue cuando apareció aquel hombre.
Alto, cabello negro hasta los hombros, traje oscuro y una presencia tan intimidante que incluso Marcus retrocedió.
El desconocido se colocó junto a mí.
—Has llorado por este niño que juega a ser hombre —murmuró.
—¿Nos conocemos?
—Todavía no.
Extendió su mano.
—Lucian Draculi.
Marcus intentó intervenir.
Lucian apenas lo miró.
—No hablarás hasta que yo te lo permita.
Y Marcus… obedeció.
Eso fue lo primero que me hizo comprender que aquel desconocido no era normal.
Lo segundo fue su piel.
Cuando acepté su mano, estaba fría como mármol.
Lucian me sacó del club mientras todos nos observaban. Antes de marcharnos, miró a Marcus.
—Voy a enseñarle cuánto vale realmente. Y tú pasarás mucho tiempo lamentando haberla perdido.
Afuera nos esperaba un automóvil negro.
Debería haberme ido a casa.
En cambio, subí con él.
Entonces Lucian confesó algo todavía más inquietante.
Sabía dónde trabajaba.
Sabía que dibujaba en el parque.
Sabía dónde compraba libros.
Incluso sabía que Marcus llevaba ocho meses engañándome con cuatro mujeres diferentes.
—¿Me has estado siguiendo?
—Protegiéndote.
Me contó cosas que parecían imposibles: un conductor ebrio que nunca llegó a atropellarme, unos hombres que huyeron antes de asaltarme y un incendio que inexplicablemente dejó de avanzar hacia mi departamento.
Lo observé con creciente miedo.
Su piel helada.
La temperatura alrededor de él.
La manera imposible en que Marcus le había obedecido.
—¿Qué eres?
Lucian sonrió.
Y vi sus colmillos.
—Un vampiro.
Solté una risa nerviosa.
Entonces añadió:
—Y no cualquier vampiro. Soy el rey de los territorios vampíricos de Norteamérica.
Creí que aquello era el límite de la locura.
No lo era.
Lucian explicó que yo poseía un don llamado la Vista, una capacidad para percibir el mundo sobrenatural. Después reveló por qué ese poder existía dentro de mí.
—El apellido de soltera de tu madre era Van Helsing.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Lucian se acercó.
—Desciendes de una familia que dedicó generaciones enteras a cazar criaturas como yo.
Entonces comprendí que el rey vampiro no me había encontrado por casualidad.
Y cuando me dijo lo que realmente quería de mí, olvidé por completo a Marcus.
—No quiero convertirte en mi sirvienta, Elina.
Sus ojos adquirieron un intenso tono carmesí.
—Quiero que algún día te conviertas en mi reina.
PARTE 2
No acepté convertirme en reina.
No inmediatamente.
Después de tres años permitiendo que Marcus decidiera cuánto valía, no pensaba entregar mi futuro a otro hombre solo porque fuera poderoso, inmortal y extraordinariamente atractivo.
Lucian pareció respetar mi decisión.
—Entonces no decidas nada todavía. Conoce mi mundo primero.
Eso hice.
Mi primera prueba fue el Consejo de Ancianos.
Siete vampiros que parecían humanos, pero cuyas auras revelaban siglos de poder.
Cuando Lucian anunció que yo estaría bajo su protección, las protestas comenzaron inmediatamente.
Y cuando descubrieron que llevaba sangre Van Helsing, todo empeoró.
Uno de ellos me llamó amenaza.
Otro sugirió borrar mis recuerdos.
Entonces Lucian pronunció dos palabras:
—Es mi alma gemela.
El salón quedó en silencio.
Durante siglos, jamás había presentado una compañera ante el Consejo.
Pero yo tampoco pensaba esconderme detrás de él.
—Pueden investigarme —dije—. Sométanme a cualquier prueba. No les pido confianza. Denme la oportunidad de ganármela.
Finalmente aceptaron un periodo de prueba.
Y aquello cambió mi vida.
Lucian me ofreció además dirigir el departamento creativo de una de sus empresas. Al principio creí que era caridad.
No lo era.
Descubrí que era buena.
Muy buena.
Durante años había reducido mis sueños para proteger el ego de Marcus. Ahora diseñaba campañas importantes, dirigía equipos y tomaba decisiones que antes jamás me habría atrevido a tomar.
Mientras tanto, la verdad sobre Marcus empezó a alcanzarlo.
Había utilizado mis tarjetas para comprar regalos a otras mujeres. La investigación por fraude llegó hasta su despacho y terminó suspendido. Vanessa también descubrió que no era su gran amor: solamente una de varias amantes. Lo abandonó públicamente.
Al principio pensé que disfrutaría viéndolo caer.
Pero no sentí satisfacción.
Lucian comprendió por qué antes que yo.
—Porque ya no necesitas destruirlo para demostrar que ganaste.
Tenía razón.
Aun así quedaba algo pendiente.
Marcus necesitaba verme una última vez.
La oportunidad llegó durante una gala benéfica.
Entré tomada del brazo de Lucian con un vestido negro hecho especialmente para mí.
Los fotógrafos nos rodearon.
Entonces lo vi.
Marcus.
Su expresión cambió cuando reconoció a la mujer a la que había llamado desesperada y mediocre.
—¿Elina?
Se levantó.
Su mirada pasó de mi vestido a las joyas y finalmente a la mano de Lucian apoyada sobre mi espalda.
—¿Qué haces aquí?
Sonreí.
—Vine con mi novio.
Marcus soltó una carcajada amarga.
Intentó humillarme otra vez.
Lucian avanzó, pero puse una mano sobre su pecho.
Esta vez no necesitaba que nadie me defendiera.
—Marcus, tú pensabas que eras demasiado para mí. La verdad es que yo llevaba años haciéndome menos para poder caber en tu vida.
No gritó nadie.
Nadie se rio.
Y por primera vez Marcus no tenía respuesta.
Después de aquello seguí adelante.
Meses más tarde, Marcus apareció nuevamente. Había comenzado terapia, encontrado otro trabajo y estaba intentando reconstruir su vida.
No me pidió regresar.
Solo admitió que finalmente comprendía lo que había hecho.
Y yo lo perdoné.
No porque lo mereciera.
Porque ya no necesitaba cargar con él.
Entonces tomé la decisión más importante de mi existencia.
Elegí a Lucian.
Pero también elegí algo todavía mayor.
La inmortalidad.
La ceremonia se realizó ante el Consejo. Vestí de blanco como símbolo de renacimiento. Cuando me preguntaron si comprendía que aquella decisión era irreversible, respondí sin titubear:
—Elijo libremente esta transformación. Elijo este mundo.
Lucian prometió acompañarme durante los siglos que vendrían.
Después sentí sus colmillos.
Dolor.
Oscuridad.
Y finalmente…
desperté.
Podía escuchar cada corazón. Ver cada movimiento. Sentir las auras sobrenaturales alrededor de mí.
Y cuando miré a Lucian, vi hilos dorados conectando nuestras almas.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
Me puse de pie.
—Como si hubiera pasado toda mi vida dormida.
Lucian se colocó a mi lado y se dirigió a todos los presentes.
—Les presento a Elina Morrow Draculi, mi compañera y su reina.
Incluso aquellos que originalmente se habían opuesto inclinaron la cabeza.
Tiempo después volví a encontrarme con Marcus.
Esta vez estaba acompañado por otra mujer.
Me miró y sonrió con cierta tristeza.
—Pareces feliz.
—Lo soy.
—Me alegro. Te lo mereces.
Aquellas palabras habrían significado todo para la antigua Elina.
Para mí ya no significaban casi nada.
Porque finalmente había comprendido algo.
Marcus nunca había determinado mi valor.
Lucian tampoco.
Yo lo había tenido siempre.
Solo necesitaba dejar de pedir permiso para verlo.
Tomé la mano de mi rey y continué caminando.
Marcus quedó atrás, convertido en lo que realmente era:
un capítulo terminado.
Porque aquella mujer humillada que una vez salió llorando de un club ya no existía.
Ahora era inmortal.
Era amada.
Y era la reina vampiro que nadie, ni siquiera yo misma, había imaginado que podía llegar a ser.