«¡Aléjate de mis hijos!» — El Rey Alfa descubre que la criada «renegada» es en realidad su Reina perdida hace mucho tiempo.

«¡Aléjate de mis hijos!» — El Rey Alfa descubre que la criada «renegada» es en realidad su Reina perdida hace mucho tiempo.

PARTE 1

La noche en que desaparecí, alguien llevaba el anillo personal de mi esposo.

Cinco años después, yo limpiaba los pisos de su fortaleza de rodillas, cubierta de ceniza y con un nombre falso. Nadie reconocía en aquella sirvienta a Beatriz, la reina que todos creían perdida.

Pero no había regresado por la corona.

Había regresado por mis hijos.

En la Fortaleza de la Luna de Plata me conocían como Brina, una mujer sin manada a la que permitían dormir cerca de las cocinas a cambio de realizar los trabajos más pesados.

Cada mañana me untaba en el cuello una mezcla amarga de lavanda y acónito. Me irritaba la piel, pero ocultaba mi aroma y mantenía en silencio el vínculo que todavía me unía al rey Rodrigo.

No podía permitir que me descubrieran.

Cinco años antes, cuando apenas comenzaba mi embarazo, una comitiva atacó mi carruaje cerca de una barranca. Los responsables vestían los colores de una manada rival, pero uno de ellos llevaba un anillo que yo conocía perfectamente: el sello real de Rodrigo.

Caí al río y la corriente me arrastró lejos. Un leñador llamado Tomás me encontró inconsciente y me escondió en su cabaña.

Allí nacieron mis mellizos, Adrián y Clara.

Vivimos ocultos durante cuatro años, hasta que una patrulla real llegó a la zona. Los niños se habían alejado unos metros mientras jugaban y los soldados percibieron en ellos un aroma de sangre noble.

Creyendo que eran huérfanos de alguna familia desaparecida, se los llevaron a la capital como protegidos de la corona.

No pude detenerlos sin revelar quién era.

Días después entré en la fortaleza disfrazada de criada. Desde entonces, vivía a pocos metros de mis hijos, aunque no podía llamarlos por su nombre ni abrazarlos frente a nadie.

Aquella tarde los vi corriendo detrás de un perro en el gran salón. Adrián tenía el cabello oscuro de Rodrigo. Clara había heredado mis facciones, pero sus ojos dorados eran idénticos a los de su padre.

De pronto, las puertas del consejo se abrieron.

Rodrigo salió acompañado por Cordelia, quien había sido mi dama de confianza antes de mi desaparición. Ahora caminaba tomada de su brazo y todos decían que pronto ocuparía mi lugar.

Él parecía más cansado. Tenía mechones plateados en el cabello y una tristeza que no recordaba.

Cordelia vio a los niños jugando cerca de un tapiz antiguo. Bajó las escaleras y sujetó a Adrián por una oreja.

—Ya es hora de que estos huérfanos aprendan disciplina.

Clara intentó defender a su hermano. Cordelia levantó la mano, y yo dejé caer la bandeja que llevaba.

No pensé en mi disfraz.

Solo vi a alguien amenazando a mi hijo.

Crucé el salón y detuve la muñeca de Cordelia antes de que pudiera tocarlo.

—Aléjese de los niños —le advertí.

Mi voz ya no sonó como la de una sirvienta. Por un instante volvió a tener la autoridad de una reina Luna.

Cordelia me miró con sorpresa y enseguida ordenó que me arrestaran.

Dos guardias me obligaron a arrodillarme. Adrián y Clara se aferraron a mi ropa, temblando. Sentirlos tan cerca después de tantos meses casi destruyó el control que había mantenido.

Entonces la voz de Rodrigo retumbó en el salón.

Exigió saber qué estaba ocurriendo.

Cordelia aseguró que yo la había atacado sin motivo. Rodrigo observó a los niños escondidos detrás de mí y se acercó lentamente.

—Déjalos venir conmigo —me ordenó.

Bajé la cabeza. Si veía mis ojos violetas, podía reconocerme.

Y si realmente había organizado aquella emboscada, mis hijos también estarían en peligro.

Rodrigo insistió y puso una mano sobre mi hombro.

En el instante en que su piel tocó la mía, una descarga recorrió nuestros cuerpos. Las antorchas temblaron y el vínculo que yo había mantenido dormido durante cinco años despertó con una fuerza imposible de esconder.

Él retrocedió, mirando su propia mano.

La mezcla que ocultaba mi aroma se había borrado parcialmente con el sudor. Debajo del acónito apareció la fragancia de rosas húmedas que solo una persona en el reino conocía.

Rodrigo cayó de rodillas frente a mí.

—Mírame —pidió con la voz quebrada.

Cordelia le exigió que se apartara de aquella “vagabunda”, pero él la hizo callar sin retirar los ojos de mi rostro.

Con una delicadeza que no esperaba, Rodrigo levantó mi barbilla.

Mis ojos violetas quedaron expuestos.

Su respiración se detuvo.

—Beatriz…

Quiso abrazarme, pero lo empujé y escondí a los niños detrás de mi cuerpo.

—No te acerques a nosotros.

Rodrigo miró primero a Adrián y después a Clara. Observó sus ojos dorados, sus facciones y la edad que tenían.

Comprendió la verdad al mismo tiempo que todos los presentes.

Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Cordelia retrocedió hacia las puertas y susurró una orden que hizo que todos los cerrojos del salón se cerraran desde afuera.

PARTE 2

Más de veinte soldados aparecieron en las galerías superiores con ballestas apuntando hacia nosotros.

Al frente estaba el capitán Gregorio, el hombre que había dirigido la patrulla que encontró a mis hijos. En su mano derecha brillaba un objeto dorado.

El anillo de Rodrigo.

El mismo sello que yo había visto durante la emboscada.

Cordelia dejó de fingir preocupación.

—Debiste quedarte lejos, Beatriz —dijo—. Todo habría sido más sencillo.

Rodrigo se levantó lentamente y se colocó frente a los niños y a mí.

—¿Tú robaste mi sello?

Gregorio sonrió.

Entonces Rodrigo me explicó que el anillo había desaparecido de su habitación una semana antes del ataque. Pensó que algún empleado lo había vendido y ordenó buscarlo en los mercados, sin imaginar que sería utilizado para hacerlo parecer responsable de mi desaparición.

El vínculo entre nosotros reaccionó mientras hablaba.

Los compañeros destinados podían esconder muchas cosas, pero una mentira importante provocaba dolor en ambos. Yo no sentí ninguna ruptura en sus palabras.

Rodrigo decía la verdad.

Había pasado cinco años escondiéndome del único hombre que nunca dejó de buscarme.

—Yo sobreviví al río —conseguí explicar—. Tomás me dio refugio y allí nacieron los niños. Cuando tus soldados se los llevaron, pensé que también irían por mí. Entré aquí para protegerlos desde cerca.

Rodrigo cerró los ojos. Aquella confesión pareció afectarlo más que cualquier herida.

Cordelia soltó una risa seca.

—Qué reunión tan conmovedora. Lástima que ninguno de ustedes saldrá de este salón.

Gregorio anunció que el rey había perdido la razón por el dolor y que Cordelia asumiría el mando para evitar una crisis. Su plan era presentarme como una impostora y hacer desaparecer a los únicos testigos capaces de demostrar la verdad.

Pero había algo que ellos no habían calculado.

El guardia más antiguo de la fortaleza, don Esteban, había servido a mi familia desde antes de mi nacimiento. Me observó con atención y reconoció el pequeño lunar debajo de mi ojo izquierdo.

Desenvainó su espada y se colocó de nuestro lado.

—Esa mujer es la reina Beatriz —declaró—. Yo la vi crecer.

Varios soldados bajaron sus armas.

Otros permanecieron junto a Gregorio.

El salón se dividió en cuestión de segundos.

Gregorio ordenó disparar.

Rodrigo cambió de forma antes de que las flechas alcanzaran a los niños. Un enorme lobo negro apareció frente a nosotros y recibió los proyectiles en la armadura que todavía cubría parte de su cuerpo.

El caos comenzó.

Los hombres leales al rey cerraron el paso a los rebeldes. Yo llevé a Adrián y Clara detrás de una mesa de roble y les pedí que no se movieran.

Durante cinco años había debilitado deliberadamente a mi loba con acónito. Necesitaba parecer una humana indefensa para entrar en la fortaleza.

Pero cuando uno de los rebeldes consiguió atravesar la defensa y avanzó hacia mis hijos, algo dentro de mí despertó.

No fue odio.

Fue ese instinto que aparece cuando una madre comprende que ya no puede seguir escondiéndose.

Detuve el arma del soldado con ambas manos. Mis ojos comenzaron a brillar y una oleada de autoridad Luna recorrió el salón.

Todos los lobos presentes la sintieron.

Algunos cayeron de rodillas. Otros soltaron sus armas.

—Nadie tocará a mis hijos —dije.

El soldado retrocedió.

Gregorio comprendió que su plan se derrumbaba e intentó escapar por el corredor de servicio. Lo alcancé antes de que llegara a la puerta y sujeté la mano donde llevaba el sello.

Le quité el anillo y lo levanté para que todos pudieran verlo.

Aquella era la prueba que faltaba.

Don Esteban y dos guardias leales arrestaron a Gregorio. Al verse abandonada, Cordelia intentó salir por una ventana baja, pero su vestido quedó atrapado en el marco.

Cuando me acerqué, cayó de rodillas.

Aseguró que Gregorio la había manipulado.

No le creí.

Cordelia conocía mi embarazo. Ella había preparado mi equipaje la noche de la emboscada y sabía exactamente qué camino tomaría la comitiva. También había sido la primera en sugerir que Rodrigo debía aceptar una nueva esposa.

No había actuado por miedo.

Había esperado quedarse con mi lugar.

Ordené que ambos fueran encerrados y juzgados ante el consejo completo. Ya no habría decisiones ocultas ni castigos secretos. Todo el reino conocería las pruebas y escucharía a los testigos.

Cuando el salón finalmente quedó bajo control, Rodrigo recuperó su forma humana. Tenía heridas en el hombro, pero se negó a recibir ayuda hasta comprobar que los niños estaban bien.

Se arrodilló frente a ellos.

Adrián fue el primero en hablar.

—¿Eres nuestro papá?

Rodrigo intentó responder, pero la voz le falló. Finalmente asintió y abrió los brazos.

Adrián se acercó con cautela. Clara lo observó durante unos segundos antes de acompañar a su hermano.

Rodrigo los abrazó como si temiera que volvieran a desaparecer.

Después levantó la mirada hacia mí.

—No voy a pedirte que olvides estos cinco años —dijo—. Tampoco espero que confíes en mí de inmediato. Solo quiero la oportunidad de demostrarte que nunca dejé de buscarte.

Me mostró sus habitaciones privadas. Sobre una mesa había mapas llenos de marcas, cartas enviadas a territorios lejanos y reportes de búsqueda acumulados durante años.

También encontré una pequeña caja con mis aretes, mi broche favorito y una flor seca del jardín donde nos habíamos conocido.

Cordelia me había hecho creer que Rodrigo deseaba apartarme del trono.

La verdad era mucho más dolorosa: mientras yo me escondía de él, él recorría el reino buscando a una mujer que creía haber perdido para siempre.

No regresé inmediatamente a su habitación ni fingí que todo podía repararse en una noche.

Primero recuperé mi nombre.

Luego exigí investigar a cada miembro del consejo relacionado con Cordelia y Gregorio. También pedí que las familias desplazadas en la frontera pudieran reclamar a los niños separados durante las patrullas.

Rodrigo aceptó sin discutir.

Durante los meses siguientes volvimos a conocernos. Ya no como el rey y la joven reina que habíamos sido, sino como dos personas marcadas por el miedo, los secretos y el tiempo perdido.

Adrián y Clara fueron reconocidos como herederos, aunque siguieron jugando con el mismo perro callejero que habían encontrado en el salón. A ellos les importaba poco la corona. Solo querían desayunar con su padre y asegurarse de que yo nunca volviera a dormir en la cocina.

La noche de mi regreso oficial, Rodrigo colocó el sello real frente a mí.

—Este anillo casi destruyó a nuestra familia —dijo—. Tú decidirás qué hacer con él.

Lo arrojé al fuego.

Mandamos fabricar dos sellos nuevos, distintos entre sí. Desde entonces, ninguna orden importante podía ser válida sin la aprobación de ambos.

Pensé que con eso terminaría la historia.

Pero varios días después recibí una carta procedente de la frontera. Tomás, el leñador que me había salvado, había encontrado algo enterrado cerca del río: una lista con los nombres de todos los involucrados en la emboscada.

Cordelia y Gregorio aparecían en ella.

También figuraba un tercer nombre perteneciente a alguien que todavía seguía sentado en el consejo real.

Guardé la carta y miré hacia las torres de la fortaleza.

Habíamos recuperado nuestra familia, pero comprendí que las sombras no desaparecen cuando se enciende una sola luz.

A veces simplemente aprenden a esconderse mejor.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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