“¡Aléjate de Mi Mamá!” — Gritó el Niño… Entonces el Rey Lycan Se Arrodilló Ante Ellos

PARTE 1
Alicia lloraba escondida entre dos barriles de pescado cuando el hombre más temido de Eldoria se detuvo frente a ella.
No tenía dinero.
No tenía hogar digno.
Y su hijo de seis años estaba cada día más enfermo.
Lo único que Alicia poseía eran tres monedas de cobre que no alcanzaban ni para comprar las hierbas que podían aliviar la fiebre de Diego.
La vendedora del mercado la había mirado con indiferencia.
—Cinco monedas de plata.
Alicia bajó la cabeza.
—No tengo tanto.
—Entonces no hay medicina.
Aquellas palabras terminaron de quebrarla.
Desde que su esposo había fallecido, Alicia había descubierto que el hombre al que había amado llevaba años acumulando deudas, negocios turbios y mentiras. La dejó sola, desprestigiada y con un niño al que alimentar.
Por eso ya no confiaba en ningún hombre.
Y mucho menos en un licántropo.
Pero mientras lloraba, el mercado entero quedó en silencio.
Cael, rey de Eldoria, avanzaba entre la multitud.
Durante siglos había gobernado solo.
Había esperado durante milenios encontrar a la compañera que las antiguas leyes decían que estaba destinada a él.
Y al mirar a Alicia, lo supo.
Ella era su mate.
La mujer humana, pobre y viuda que temblaba en un rincón era la persona que su alma había esperado durante toda su existencia.
Cael se acercó.
Pero Diego apareció delante de su madre.
Estaba pálido por la fiebre y apenas podía mantenerse en pie.
Aun así, levantó los pequeños puños.
—¡No lastimes a mi mamá, hombre lobo malo!
Todo el mercado contuvo el aliento.
Alicia creyó que acababan de condenarse.
Pero Cael hizo algo que nadie esperaba.
Se arrodilló frente al niño.
—No voy a lastimarla, pequeño valiente.
Su voz perdió toda dureza.
—Vengo a ayudar.
Ordenó que entregaran a Diego la mejor medicina del mercado.
Después extendió la mano.
El niño dudó antes de tomarla.
—¿Puedo llamarte papá lobo?
Por primera vez en siglos, el rey sonrió.
—Claro que sí.
Cael llevó a madre e hijo al castillo.
Diego recibió tratamiento y comenzó a recuperarse.
Pero Alicia descubrió rápidamente que la protección del rey tenía un precio diferente al que imaginaba.
La corte la odiaba.
Era humana.
Viuda.
Pobre.
Y ahora vivía junto al hombre al que muchas familias nobles querían unir con sus hijas.
La peor de todas era Lady Serafina.
Durante años había esperado convertirse en reina.
Primero humilló a Alicia.
Después la acusó públicamente de robar una joya familiar.
El plan fracasó cuando encontraron el objeto escondido en los propios aposentos de Serafina.
Pero aquello solo aumentó su odio.
Luego el Consejo de Ancianos presentó un ultimátum.
Cael debía elegir como reina a una loba de sangre pura.
De lo contrario, varias manadas podían retirar su apoyo.
—Mi mate es mi reina —respondió él.
Alicia escuchó todo.
Y comenzó a sentirse culpable.
Las deudas de su esposo también llegaron al castillo cuando un antiguo acreedor apareció acusándola de haber sido cómplice de sus engaños.
Fue demasiado.
Alicia tomó a Diego y huyó durante la noche.
Cael sintió la separación a través de su vínculo y salió tras ellos.
La encontró en el bosque.
No la obligó a regresar.
Se arrodilló frente a ella.
—No me importa tu pasado. No me importa Serafina. No me importa el consejo.
Tomó sus manos.
—Te amo. Y amo a Diego como a mi propio hijo.
Alicia lloró.
Por primera vez desde la traición de su esposo, decidió confiar.
—Yo también te amo.
Regresaron juntos al castillo.
Aquella noche cenaron los tres.
Diego reía mientras llamaba a Cael “papá lobo”.
Por primera vez Alicia creyó que tal vez podían ser una familia.
Entonces las puertas se abrieron violentamente.
Un guardia entró con el rostro pálido.
Cael se levantó.
—¿Qué ocurre?
El hombre apenas podía hablar.
—Majestad…
Miró a Alicia.
—Diego ha sido secuestrado.
PARTE 2
Alicia sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.
—No…
Cael cruzó la sala en dos pasos.
—¿Dónde está?
Los guardias explicaron que varios hombres enmascarados habían entrado en las habitaciones del niño aprovechando un cambio de vigilancia.
Un soldado había resultado herido.
Diego había desaparecido.
Cael dejó de parecer humano.
Su cuerpo se transformó mientras un rugido hacía temblar las paredes del castillo.
—Serafina.
Alicia lo miró.
—¿Estás seguro?
—¿Quién más querría obligarme a elegir entre mi familia y el trono?
Cael ordenó cerrar las fronteras.
Ningún carruaje podía salir de Eldoria.
Ninguna manada podía abandonar la capital.
Y nadie dormiría hasta encontrar al niño.
Pero Alicia no se quedó esperando.
—Voy contigo.
—No.
—Es mi hijo.
Cael vio algo en sus ojos que le impidió discutir.
La búsqueda reveló rastros que conducían hacia una antigua fortaleza en las afueras del reino.
Pero mientras Cael y sus guerreros seguían el rastro, descubrieron algo todavía peor.
Serafina no solo había secuestrado a Diego.
Había estado preparando una rebelión.
Varias familias descontentas, mercenarios y licántropos renegados habían jurado apoyarla.
Su plan era sencillo.
Eliminar a Alicia.
Usar a Diego para quebrar emocionalmente al rey.
Derrocar a Cael.
Y después presentarse como la única heredera capaz de restaurar la “pureza” de Eldoria.
Cuando llegaron al viejo fuerte, encontraron resistencia.
Cael se transformó y abrió paso entre los atacantes.
Alicia llevaba una pequeña daga que él le había entregado.
No sabía luchar como un guerrero.
Pero sabía algo mucho más importante.
Cómo encontrar a su hijo.
Ignorando el caos, se deslizó entre corredores oscuros hasta escuchar un gemido.
—¿Mamá?
El corazón se le detuvo.
—¡Diego!
Lo vio acurrucado en una esquina.
Tenía una herida en la cabeza.
Alicia corrió.
Pero un licántropo renegado bloqueó el camino.
—Serafina pagará bien por ti.
Alicia retrocedió.
Después recordó todas las veces que había soportado hambre.
Humillaciones.
Deudas.
Miedo.
Había sobrevivido a todo aquello por Diego.
No permitiría que aquel hombre la detuviera ahora.
Cuando él avanzó, Alicia utilizó la daga.
No consiguió derrotarlo por completo, pero logró hacerlo retroceder.
Entonces apareció otro guerrero.
Uno que anteriormente la había despreciado.
Se colocó delante de ella.
—No la toques.
El hombre levantó su espada.
—Es la compañera de nuestro rey.
Cael escuchó el enfrentamiento.
Llegó segundos después y apartó al enemigo.
Alicia señaló desesperadamente.
—¡Diego!
Cael corrió hacia el niño.
Lo levantó con cuidado.
Diego estaba inconsciente, pero respiraba.
—Papá… lobo…
La voz fue apenas audible.
Cael cerró los ojos.
—Estoy aquí.
Los curanderos aseguraron que sobreviviría.
Pero mientras ellos regresaban a la capital, vieron humo elevándose en el horizonte.
La verdadera batalla acababa de comenzar.
Serafina había atacado el castillo.
Cuando llegaron, Eldoria estaba sumida en el caos.
Varias torres ardían.
Los rebeldes habían atravesado las primeras defensas.
Cael entregó a Diego a los curanderos.
Alicia pensó que él volvería a ordenarle esconderse.
No lo hizo.
Simplemente la miró.
—Protege a nuestro hijo.
—Y tú vuelve conmigo.
Cael sonrió apenas.
—Siempre.
Se transformó.
—¡Por Eldoria! ¡Por mi familia!
Y se lanzó contra los rebeldes.
Alicia no era una loba.
No poseía fuerza sobrenatural.
Pero cuando vio a los sirvientes corriendo aterrados y a varios niños atrapados en los corredores, algo dentro de ella cambió.
—¡Síganme!
La gente se detuvo.
—Lleven a los niños a los pasadizos interiores. Cierren las puertas del ala norte. Los heridos, a las cocinas.
Una criada la miró sorprendida.
—Pero…
—¡Ahora!
Obedecieron.
Alicia organizó grupos para evacuar familias, llevar agua a las zonas incendiadas y proteger a los heridos.
Los mismos licántropos que semanas atrás habían susurrado que una humana no pertenecía allí comenzaron a seguir sus órdenes.
No porque Cael se los exigiera.
Porque Alicia estaba demostrando que una reina no era quien poseía la sangre más pura.
Era quien se mantenía en pie cuando todos los demás tenían miedo.
En el salón del trono, Cael encontró a Serafina.
Ella había adoptado su forma de loba.
—Mira lo que hiciste —gruñó—. Todo este caos por una humana.
Cael mostró los colmillos.
—No.
Avanzó.
—Todo este caos existe por tu ambición.
—Eldoria merece una verdadera reina.
Cael rugió.
—Mi reina es Alicia.
La pelea fue feroz.
Serafina era poderosa.
Pero había algo que ella nunca pudo comprender.
Cael no luchaba por conservar una corona.
Luchaba por volver junto a su familia.
Finalmente logró inmovilizarla.
Serafina esperaba el golpe final.
No llegó.
Cael recuperó lentamente su forma humana.
—No tendrás la muerte que deseas.
Ella lo miró con odio.
—Te destierro de Eldoria.
Serafina perdió sus títulos, sus tierras y cualquier derecho sobre la corte.
Sus seguidores fueron arrestados o expulsados.
La rebelión terminó.
Cuando amaneció, el castillo seguía en pie.
Diego dormía bajo el cuidado de los mejores médicos.
Alicia estaba sentada junto a su cama cuando Cael entró.
Tenía heridas en el rostro y los brazos.
Ella se puso de pie inmediatamente.
—Está a salvo.
Cael cerró los ojos, aliviado.
Después la abrazó.
—Tú también salvaste este reino.
Alicia negó con la cabeza.
—Yo solo ayudé a la gente.
—Eso es gobernar.
Ella levantó la mirada.
—No soy reina.
Cael sonrió.
—Eso tendremos que corregirlo.
Los días siguientes cambiaron Eldoria.
Los habitantes que habían visto a Alicia proteger a sus hijos y organizar la defensa comenzaron a cuestionar los prejuicios que habían repetido durante generaciones.
Incluso Terón, el anciano que había exigido una reina de sangre pura, pidió audiencia con Cael.
—Quizá hemos confundido tradición con sabiduría —admitió.
Poco después, Cael reunió a la corte.
Alicia estaba de pie junto a Diego.
El niño sostenía un pequeño lobo de juguete.
Cael caminó hacia ellos.
—Durante siglos se nos enseñó que el valor de una reina nace de su sangre.
Miró a Alicia.
—Esta mujer llegó a mi reino sin títulos, sin riqueza y sin poder.
Luego observó a los presentes.
—Y cuando nuestro castillo cayó bajo ataque, ella protegió a quienes muchos nobles abandonaron.
El salón permaneció en silencio.
—Alicia no necesita demostrar que merece estar a mi lado.
Cael tomó su mano.
—Nosotros debemos demostrar que somos dignos de que ella se quede.
La primera persona que aplaudió fue una sirvienta.
Después un guerrero.
Luego otro.
Hasta que todo el salón empezó a aclamarla.
Alicia lloraba.
Diego levantó los brazos.
—¡Mamá será reina!
Las risas recorrieron la habitación.
Cael se arrodilló frente a Alicia.
—¿Te quedarás?
Ella miró al hombre al que una vez había temido.
Al rey que compró la medicina de Diego sin pedir nada a cambio.
Al “papá lobo” que había velado junto a la cama del niño.
Al hombre que había seguido su rastro por un bosque entero, no para capturarla, sino para pedirle que confiara.
—Sí.
Alicia apretó su mano.
—Esta vez no voy a huir.
Su boda unió tradiciones humanas y licántropas.
Alicia caminó hacia Cael vestida de blanco mientras Diego esperaba orgullosamente a su lado.
Cuando terminó la ceremonia, el niño miró al rey.
—Entonces… ¿ahora eres mi papá lobo para siempre?
Cael lo levantó en brazos.
—Desde el día que me enfrentaste en aquel mercado.
Diego sonrió.
—Yo sabía que no eras tan malo.
Años después, Eldoria ya no era el mismo reino.
Las leyes que separaban a humanos y licántropos comenzaron a cambiar.
La sangre dejó de ser la única medida del honor.
Alicia se convirtió en una reina conocida no por su origen, sino por su compasión y por su defensa de quienes antes no tenían voz.
Diego creció viendo a Cael como su verdadero padre.
Y Cael, que había esperado milenios a su compañera destinada, comprendió finalmente que el destino no le había entregado solo una mujer.
Le había entregado una familia.
Una tarde, Alicia caminaba con él por el mercado donde todo había comenzado.
Vio el mismo puesto de hierbas.
La misma esquina donde una vez había llorado creyendo que había perdido toda esperanza.
Cael tomó su mano.
—¿En qué piensas?
Alicia sonrió.
—En que aquel día solo quería comprar medicina.
—Y terminaste con un reino.
Ella negó con la cabeza.
—No.
Miró a Diego, que corría delante de ellos.
Después volvió la vista hacia Cael.
—Terminé con una familia.
Y eso era algo que ninguna corona podía superar.