“Aléjate de ella”, gruñó el rey vampiro al verme con otro hombre… Tres años después de abandonarlo, descubrí que sus celos ocultaban una verdad mucho más aterradora
“Aléjate de ella”, gruñó el rey vampiro al verme con otro hombre… Tres años después de abandonarlo, descubrí que sus celos ocultaban una verdad mucho más aterradora

PARTE 1
Habían pasado tres años desde que abandoné al hombre que más había amado.
Tres años intentando convencerme de que dejar al rey de los vampiros había sido la mejor decisión de mi vida.
Entonces apareció en una gala, vio a otro hombre sonriéndome y pronunció cuatro palabras que hicieron que se me helara la sangre:
—Aléjate de ella.
Me llamo Isabela Torres y soy directora de un importante museo de arte en Ciudad de México.
Aquella noche llevaba un vestido verde esmeralda y una sonrisa profesional que había practicado durante años. Había asistido a una gala benéfica porque necesitábamos conseguir patrocinadores para una nueva exposición.
Todo iba perfectamente hasta que sentí aquel escalofrío.
No necesitaba verlo para saber que estaba allí.
Adrián Montenegro.
El hombre con quien una vez pensé pasar el resto de mi vida.
El hombre que resultó no ser exactamente un hombre.
Adrián era el rey de uno de los clanes vampíricos más antiguos del continente.
Y también era mi ex prometido.
Lo encontré al otro lado del salón.
Traje negro.
Cabello oscuro.
Ojos plateados.
Seguía siendo aterradoramente hermoso.
Pero no me estaba mirando solamente a mí.
Miraba a Marcos Salazar, el arquitecto encargado de la ampliación del museo, que estaba conversando conmigo.
Marcos era encantador, inteligente y completamente humano.
O al menos eso creía.
—Entonces, ¿el martes revisamos los planos? —preguntó.
—Perfecto.
Marcos sonrió.
Y Adrián apareció a nuestro lado.
No lo vi caminar.
Simplemente estaba allí.
—Isabela.
Mi nombre en su voz despertó demasiados recuerdos.
—Adrián.
Marcos extendió educadamente la mano.
—Marcos Salazar.
Adrián ni siquiera la miró.
Sus ojos permanecieron clavados en mí.
—¿Podemos hablar?
—No.
—Isabela…
—Vinimos a trabajar.
Me giré hacia Marcos.
Fue entonces cuando escuché el gruñido.
Bajo.
Profundo.
Inhumano.
—Aléjate de ella.
Marcos palideció.
Yo sentí que la rabia me subía al rostro.
—¡No tienes derecho!
Los ojos de Adrián brillaron.
—Tres años no borran lo que existe entre nosotros.
—No existe nada.
—Entonces ¿por qué estás temblando?
No pude responder.
Porque tenía razón.
Tres años atrás había huido de él después de verlo matar brutalmente a varios vampiros que intentaron atacarnos.
Comprendí aquella noche que nunca podría convertirlo en un hombre normal.
Pero también descubrí algo todavía más aterrador:
una parte de mí lo amaba incluso siendo un monstruo.
Por eso escapé.
Mi asistente apareció y fingió que había una emergencia en el museo.
Aproveché la oportunidad.
—Adiós, Adrián.
Salí del hotel sin mirar atrás.
Cuando subí al automóvil, mi teléfono vibró.
Número desconocido.
“Tenemos que hablar.”
Sabía quién era.
Respondí:
“No tenemos nada que hablar.”
La respuesta llegó inmediatamente.
“Marcos Salazar no es quien dice ser.”
Fruncí el ceño.
Otro mensaje apareció.
“Estás en peligro.”
Aquella noche casi no dormí.
¿Adrián intentaba asustarme porque estaba celoso?
Decidí investigar a Marcos.
Todo parecía perfecto: universidades prestigiosas, proyectos importantes, referencias impecables.
A la mañana siguiente llegó temprano al museo.
Trabajamos durante casi una hora.
Empecé a sentirme ridícula por haber dudado de él.
Hasta que recibió una llamada.
Se apartó y comenzó a hablar en otro idioma.
No entendí prácticamente nada.
Excepto una palabra.
Montenegro.
Cuando terminó, fingió normalidad.
—¿Quién era?
—Mi jefe de proyecto.
Sonrió.
Después me invitó a cenar.
Rechacé educadamente.
Por primera vez vi algo extraño en sus ojos.
—¿Es por el hombre de anoche?
—Eso no te corresponde.
Marcos levantó las manos.
—Sólo quiero asegurarme de que estés bien. Los hombres posesivos pueden ser peligrosos.
Después se marchó.
Esperé unos minutos y abrí una computadora que llevaba tres años sin tocar.
Adrián me había proporcionado acceso a una base de datos secreta antes de separarnos.
Busqué:
MARCOS SALAZAR.
Apareció un expediente.
Lo abrí.
Y sentí que el corazón se me detenía.
Marcos no era simplemente arquitecto.
Pertenecía a La Orden de San Miguel, una organización dedicada desde hacía siglos a cazar vampiros.
Seguí bajando.
Encontré fotografías.
No de Adrián.
Mías.
Entrando en mi departamento.
Saliendo del museo.
Comiendo con amigas.
Durmiendo cerca de una ventana.
Había decenas.
La última había sido tomada durante la gala.
Alguien había marcado mi cuello con un círculo rojo.
Debajo había una anotación:
“Confirmado. La marca del Rey todavía permanece.”
Me llevé una mano al cuello.
Entonces finalmente entendí algo terrible.
Marcos nunca se había acercado a mí por casualidad.
Yo era la carnada que utilizarían para matar a Adrián.
PARTE 2
Tomé inmediatamente el teléfono.
“Necesito verte ahora.”
Adrián respondió segundos después.
“Torre Montenegro. Ven sola. No confíes en nadie.”
Salí del museo fingiendo sentirme enferma.
Cuando llegué al penthouse de Adrián, las puertas del elevador se abrieron automáticamente.
Nada había cambiado.
Las mismas ventanas enormes.
Los mismos cuadros.
Los mismos recuerdos.
Adrián estaba mirando la ciudad.
—Entraste a mi base de datos —dijo.
—Sabías lo de Marcos.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que se acercara a ti.
Sentí rabia.
—¡Entonces debiste advertirme!
Adrián se giró.
—Lo intenté.
Recordé sus llamadas bloqueadas.
Las cartas que devolví sin abrir.
Las ocasiones en que pedí a seguridad que no permitiera su entrada al museo.
Bajé la mirada.
—¿Por qué me quieren?
Adrián se acercó lentamente.
—Porque eres mi debilidad.
—Ya no soy nada tuyo.
Su expresión cambió.
—Eres todo.
Aquellas palabras me dejaron inmóvil.
Adrián confesó que llevaba tres años protegiéndome desde lejos.
Nunca intervino porque yo había pedido una vida normal.
Pero La Orden había descubierto algo que ni siquiera yo conocía.
La marca que sus colmillos habían dejado años atrás todavía permanecía mágicamente sobre mi piel.
Eso significaba que nuestro vínculo nunca había desaparecido por completo.
Y podían utilizarme para obligarlo a salir de su territorio protegido.
—Marcos quiere secuestrarte.
—Entonces iremos a la policía.
Adrián sonrió tristemente.
—¿Y les explicarás que una organización centenaria de cazadores quiere matarte para capturar a tu ex novio vampiro?
Tenía un punto.
Sobre la mesa había documentos.
Planos.
Fotografías.
Nombres.
La Orden llevaba meses preparando un ataque.
—Te llevaré a un refugio.
—No.
—Isabela.
—No voy a esconderme.
Los ojos de Adrián adquirieron aquel tono plateado que aparecía cuando perdía el control.
—No voy a permitir que te maten.
—Y yo no voy a permitir que vuelvas a decidir mi vida.
Nos quedamos mirándonos.
Era exactamente el problema que había destruido nuestra relación.
Él quería protegerme controlándolo todo.
Yo quería demostrar que no necesitaba protección.
Esta vez hicimos algo diferente.
Nos escuchamos.
Elaboramos juntos un plan.
Yo seguiría fingiendo confiar en Marcos.
Adrián prepararía a sus hombres.
La Orden creería que seguía siendo una humana indefensa que podía utilizarse como carnada.
Pero existía un problema.
Mi marca.
Los cazadores podían detectarla.
Adrián tendría que renovarla y después ocultarla con su propia sangre.
Eso significaba permitir que volviera a morderme.
—No voy a hacerlo sin tu permiso —dijo.
Aquella frase cambió algo.
El antiguo Adrián habría decidido por mí.
Este estaba esperando.
Me acerqué.
—Confío en ti.
Cuando sus colmillos tocaron mi cuello, el vínculo explotó nuevamente.
No fue dolor lo que sentí.
Fueron recuerdos.
Nuestro primer beso.
Las noches juntos.
La propuesta de matrimonio.
Nuestra última discusión.
Y después…
tres años de soledad.
No solamente la mía.
También la suya.
Comprendí entonces que nuestra conexión me permitía sentir parte de sus emociones.
Adrián se apartó inmediatamente.
—¿Estás bien?
Asentí.
—Ahora entiendo por qué nunca volviste a enamorarte.
Él sonrió con tristeza.
—Nunca dejé de estarlo.
No tuvimos tiempo para más.
Mi teléfono vibró.
Era Marcos.
“Necesito mostrarte algo relacionado con la ampliación. Ven al antiguo almacén del museo.”
Era la trampa.
Y nosotros entraríamos voluntariamente.
Llegué sola.
Al menos eso creyó Marcos.
Había varios hombres esperándome.
—Lo siento, Isabela —dijo—. Esto nunca fue personal.
—¿Entonces para qué me quieres?
—Para llamar al rey.
Sonreí.
—Entonces llámalo.
Las luces se apagaron.
Escuché gritos.
Adrián apareció entre las sombras.
Pero Marcos también estaba preparado.
Activó varias lámparas ultravioletas y símbolos grabados en plata comenzaron a brillar alrededor del almacén.
Adrián cayó de rodillas.
—¡Adrián!
Corrí hacia él.
Marcos me sujetó.
—Sabíamos que vendría.
Entonces cometió su error.
Acercó un cuchillo a mi cuello.
Adrián levantó la cabeza.
Sus ojos ya no eran grises.
Eran completamente negros.
—Suéltala.
—Entrégame tu territorio.
—Suéltala.
—Arrodíllate.
Adrián hizo algo que jamás imaginé ver.
El rey vampiro obedeció.
Se arrodilló por mí.
Marcos sonrió.
Yo no.
Porque Adrián y yo habíamos planeado exactamente aquel momento.
Toqué la nueva marca de mi cuello.
La sangre de Adrián respondió.
Las lámparas explotaron.
Las protecciones mágicas se apagaron.
Los vampiros de Montenegro entraron.
La batalla terminó rápidamente.
Marcos fue capturado junto con los dirigentes de La Orden y la información obtenida permitió desmantelar gran parte de su red.
Cuando todo terminó, encontré a Adrián sentado entre los restos del almacén.
Me acerqué.
—Se acabó.
—Para ti sí.
Me miró.
—Ahora puedes volver a tu vida.
Sentí un dolor inesperado.
—¿Eso quieres?
—Quiero que seas libre.
Aquello era exactamente lo que había deseado escuchar tres años atrás.
Curiosamente, ahora me dolía.
—Adrián…
—No voy a pedirte que regreses. No después de todo lo ocurrido.
Me senté junto a él.
—Yo tampoco quiero regresar.
Su rostro se endureció.
Entonces tomé su mano.
—Quiero empezar de nuevo.
Me miró sorprendido.
—Sin rey y súbdita. Sin protector y mujer indefensa. Sin decidir por el otro.
—¿Y sin huir?
Sonreí.
—Especialmente sin huir.
No volvimos a comprometernos inmediatamente.
Necesitamos tiempo.
Yo continué dirigiendo el museo.
Él continuó gobernando su extraño y peligroso mundo.
Aprendimos lentamente a construir un puente entre ambos.
Meses después regresamos al mismo hotel donde todo había comenzado.
Un arquitecto joven se acercó para felicitarme por una exposición y Adrián apareció a mi lado.
Lo miré.
—Ni se te ocurra decirle que se aleje de mí.
Adrián levantó las manos inocentemente.
—No iba a decir nada.
—Estabas gruñendo.
—Reflejo vampírico.
Me eché a reír.
Entonces me besó suavemente.
Y comprendí finalmente por qué había necesitado aquellos tres años lejos de él.
No para dejar de amarlo.
Sino para aprender que el amor verdadero no significa pertenecerle a alguien.
Significa poder marcharte…
y descubrir que, cuando decides regresar, la otra persona ha aprendido a recibirte sin encerrarte jamás.