ACOSADA POR NO TENER LOBO… HASTA QUE SE TRANSFORMÓ Y TODOS LOS ALFAS QUEDARON PARALIZADOS 

ACOSADA POR NO TENER LOBO… HASTA QUE SE TRANSFORMÓ Y TODOS LOS ALFAS QUEDARON PARALIZADOS 

PARTE 1

Siempre me dijeron que todos los lobos nacían con un destino escrito en la sangre.

Que algún día la luna despertaría algo dentro de mí. Que mi loba aparecería cuando estuviera preparada, que mi transformación sería el momento en que finalmente demostraría que pertenecía a este mundo.

Pero a los 23 años aprendí la verdad más dolorosa de todas.

Mi loba nunca llegó.

Y en una manada donde tu valor se mide por los colmillos que puedes mostrar, no tener loba significaba no ser nadie.

El olor de mi propia sangre ya no me sorprendía. Había aprendido a reconocerlo igual que otros reconocían el perfume de las flores. Presioné la tela rota de mi camisa contra la herida de mi ceja mientras el campo de entrenamiento permanecía en silencio.

No era un silencio de preocupación.

Era un silencio de espectadores esperando ver cuánto más podía soportar.

—Levántate, Vera —dijo Carara con una sonrisa fría.

Ella estaba frente a mí con sus garras retraídas y su loba dorada brillando en sus ojos. Para ella aquello era entrenamiento. Para mí era otro recordatorio de que todos tenían algo que yo jamás tendría.

Me puse de pie con dificultad.

—Estoy de pie.

Su sonrisa se hizo más grande.

—Entonces transfórmate.

Las risas comenzaron antes de que terminara la frase.

Porque todos sabían la respuesta.

No podía.

Era la hija del Alfa Donovan Ashwood, descendiente de una línea de líderes que había sobrevivido durante generaciones. Mi hermana Sage había cumplido con las expectativas. A los 13 años había mostrado una hermosa loba plateada y se había convertido en el orgullo de nuestra familia.

Yo nací después.

Y con mi nacimiento llegó lo que todos llamaban una vergüenza.

Algunos susurraban que quizás ni siquiera era hija de mi padre.

Nunca escuché una acusación directamente de sus labios, pero tampoco escuché una defensa.

Mi existencia era la prueba de una duda que nadie quería mencionar.

Carara volvió a atacarme.

Esta vez no tuve tiempo de esquivar.

El golpe impactó contra mis costillas y caí al suelo sintiendo cómo el aire desaparecía de mis pulmones.

—Suficiente.

La voz atravesó el campo.

Todos se giraron.

Thorn Blackwater estaba allí.

El hijo del Alfa del territorio del norte. Un lobo conocido por su fuerza, su disciplina y su poder. También era el futuro compañero de mi hermana Sage.

Todos se apartaron cuando caminó hacia nosotros.

Pensé que me ayudaría a levantarme.

Pensé que por una vez alguien me vería como una persona.

Pero no lo hizo.

Miró a Carara y dijo:

—Si quieres pelear contra algo más débil que tú, hay conejos en el bosque del sur. Quizás encuentres un desafío a tu altura.

Las risas cambiaron de dirección.

Por primera vez no eran contra mí.

Me levanté sola.

Como siempre.

Después de aquello, Sage me encontró fuera del campo.

—Padre quiere verte.

Seguí sus pasos hasta el despacho del Alfa.

Mi padre estaba detrás de su enorme escritorio, con la misma expresión fría que había usado toda mi vida.

No levantó la mirada cuando entré.

—La Manada Luna Carmesí ha hecho una oferta.

Sentí un extraño vacío en el pecho.

—¿Una oferta?

Finalmente me miró.

—Por ti.

Tardé unos segundos en entender sus palabras.

—¿Me estás vendiendo?

No respondió de inmediato.

Eso fue peor que cualquier respuesta.

—El Alfa Víctor Thornclaw colecciona lobos con características únicas. Quiere estudiar tu condición. A cambio ofrece protección, alianzas y beneficios para nuestra manada.

Una risa amarga salió de mi garganta.

—Soy una hija, no un objeto.

Su rostro permaneció serio.

—Tienes tres días para prepararte.

Lo miré esperando encontrar alguna señal de arrepentimiento.

Algo.

Una razón para creer que todavía era mi padre.

Pero solo vi al Alfa.

No al hombre.

—¿Y si me niego?

Por primera vez sus ojos cambiaron.

Dolor.

Quizás culpa.

Pero desapareció rápidamente.

—Entonces serás exiliada.

Salí de la habitación sin decir una palabra.

Me dirigí al único lugar donde siempre había podido respirar: la biblioteca.

Allí encontré algo que jamás pensé volver a ver.

El diario de mi madre.

La única parte de ella que todavía me pertenecía.

Lo abrí con manos temblorosas y pasé las páginas hasta encontrar una frase escrita años atrás.

“Algunas prisiones parecen hermosas desde afuera. Pero ninguna jaula deja de ser una jaula.”

Cerré los ojos.

Tres días.

Eso era todo lo que tenía antes de convertirme en una propiedad.

Antes de desaparecer.

Antes de que todos decidieran que mi vida ya no me pertenecía.

Y entonces escuché voces afuera.

La Manada Luna Carmesí había llegado antes de tiempo.

Y habían venido a recogerme.

PARTE 2

La puerta de la biblioteca se abrió antes de que pudiera esconder el diario.

El hombre que entró no parecía un guerrero.

Eso fue lo primero que pensé.

Esperaba encontrar a alguien cruel, alguien que disfrutara llevarme como un trofeo.

Pero Silas Greyhorn era diferente.

Vestía un traje impecable, llevaba gafas y hablaba con una calma inquietante.

—Vera Ashwood. Soy el representante del Alfa Víctor Thornclaw.

No pregunté por qué estaba allí.

Ya lo sabía.

—He venido a llevarla.

La palabra quedó suspendida en el aire.

Llevarme.

Como si yo fuera una cosa.

Como si no tuviera elección.

—Pensé que tenía tres días.

Silas ajustó sus gafas.

—Los planes cambiaron.

Miré alrededor de la biblioteca.

Los libros habían sido mi refugio durante años. Las historias eran las únicas cosas que nunca me juzgaron por no tener loba.

—¿Puedo despedirme de mi hermana?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Ni siquiera una disculpa.

Tomé el diario de mi madre.

—Entonces esto viene conmigo.

Silas observó el pequeño libro de cuero y finalmente asintió.

—Eso está permitido.

Mi padre ya había preparado mis pertenencias.

Claro que lo había hecho.

Cuando salí al patio principal, toda la manada estaba allí.

Mi gente.

Los que me habían visto crecer.

Nadie me miró a los ojos.

Mi padre estaba junto al vehículo esperando.

—Vera.

Su voz sonó casi normal.

Como si aquello fuera una despedida cualquiera.

Como si no estuviera enviando a su propia hija a un lugar desconocido.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

Sus labios se movieron ligeramente.

Por un instante pensé que hablaría.

Que diría que lo sentía.

Pero solo dijo:

—No deshonres la sangre Ashwood.

Subí al vehículo sin responder.

Mientras nos alejábamos, vi por última vez el territorio donde había nacido.

Los bosques.

Los caminos.

El lugar donde pasé toda mi vida intentando demostrar que merecía existir.

Después de horas de viaje llegamos a la Manada Luna Carmesí.

Pero no parecía una manada.

Parecía una prisión.

Piedra.

Acero.

Puertas cerradas.

Silas me llevó hacia una zona subterránea donde encontré habitaciones numeradas.

No eran habitaciones.

Eran celdas.

Había otros lobos allí.

Todos con ropa gris.

Todos con la misma mirada vacía.

—Bienvenida a la colección —dijo Silas.

Por primera vez sentí miedo de verdad.

No por lo que podían hacerme.

Sino por lo que podían convertirme.

Esa noche conocí a Rowan.

Una joven loba sin transformación, igual que yo.

—Aquí sobrevives si dejas de luchar —me dijo.

Negué con la cabeza.

—No pienso aceptar esto.

Ella me miró con tristeza.

—Todos dicen lo mismo al principio.

Pero mientras observaba aquellos rostros apagados comprendí algo.

La mayor amenaza no era perder mi libertad.

Era perder quién era.

A la mañana siguiente conocí al Alfa Víctor Thornclaw.

Su oficina era enorme.

Elegante.

Hermosa.

Pero la pared detrás de él estaba cubierta de fotografías.

Decenas.

Cientos.

Lobos como yo.

Cada uno marcado con una palabra que explicaba por qué eran diferentes.

Anormales.

Raros.

Únicos.

—Vera Ashwood —dijo con una sonrisa tranquila—. La hija de un Alfa que nunca se transformó.

Sentí rabia.

Pero no la mostré.

—Sé quién soy.

Él caminó hacia las fotografías.

—Eso es lo interesante. No estoy seguro de que usted lo sepa.

Me explicó que me había comprado porque era una anomalía.

Una pregunta sin respuesta.

Un experimento.

—Su cuerpo, su sangre, su genética… ahora me pertenecen.

Aquellas palabras fueron peores que cualquier golpe.

Porque Carara me había herido físicamente.

Pero Víctor intentaba destruir algo mucho más profundo.

Mi identidad.

Puso un contrato frente a mí.

Un documento lleno de palabras legales que disfrazaban una verdad simple.

No tenía opción.

Si rechazaba, mi padre me exiliaría.

Si aceptaba, me convertiría en un objeto de estudio.

Tomé la pluma.

Firmé.

Pero mientras mi mano se movía sobre el papel, hice una promesa silenciosa.

Podían tener mi cuerpo.

Podían encerrarme.

Podían llamarme espécimen.

Pero nunca tendrían mi alma.

Cuando salí de la oficina, Silas me llevó hacia la sala de exámenes.

Sin embargo, antes de llegar, algo llamó mi atención.

Una puerta abierta.

Una biblioteca.

Entré.

Y allí estaba él.

Un hombre que no reconocía.

Sus ojos tenían un brillo ámbar extraño.

No parecía roto como los demás.

Parecía libre.

Me miró durante unos segundos y dijo:

—No deberías estar aquí.

Fruncí el ceño.

—¿Quién eres?

Él dio un paso hacia la luz.

—Me llamo Dante.

Hizo una pausa.

Y luego añadió:

—Y si quieres descubrir por qué realmente nunca apareció tu loba… deberías escuchar lo que tengo que contarte.

Porque la verdad sobre tu transformación no murió contigo.

La enterraron.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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