Aceptó ser la falsa pareja del Alfa por 90 días… ¡pero su lobo creyó que era real!
Aceptó ser la falsa pareja del Alfa por 90 días… ¡pero su lobo creyó que era real!

El rey necesitaba una pareja falsa.
Yo necesitaba dinero para pagar las deudas de mi padre.
Acordamos noventa días, cuatro cláusulas y cero sentimientos.
El problema fue que su lobo nunca firmó el contrato.
Me llamo Runa Salgado. A los veintiséis años había aprendido que el amor era una mala inversión: mi padre creyó en demasiados negocios, murió dejando cuentas pendientes y el pueblo me dejó a mí la responsabilidad de pagarlas. Yo prefería los números. Por lo menos, los números no te prometían una vida juntos antes de abandonarte con la factura.
Así que cuando escuché que el rey Gael Valdés buscaba una mujer para fingir que era su pareja durante una temporada, hice cuentas. El trabajo duraría noventa días. El pago alcanzaba para saldar todas las deudas de mi padre y todavía me sobrarían unos pesos para empezar de nuevo.
El reino de la Sierra de Obsidiana era territorio de licántropos. Yo era omega: la categoría más baja, la que hacía fácil pasar inadvertida. Justo lo que necesitaba Gael. Nadie sospecharía que una mujer como yo había atrapado el corazón del rey.
Nos sentamos frente a frente en una oficina de la fortaleza de San Damián. Llevé el contrato preparado.
—Cláusula uno: noventa días exactos. La mañana del día noventa y uno, me voy. Usted paga lo acordado y ninguno vuelve a mencionar esto.
Gael leyó cada página sin reírse. Eso me agradó.
—Cláusula dos: dormitorios separados. Compartiremos la sala exterior para las visitas, pero cada quien tendrá su habitación.
—De acuerdo.
—Cláusula tres: nada de tocarme fuera de lo indispensable para las apariencias. Un brazo en un banquete, una mano en la espalda. Ese es el límite.
—Entendido.
Deslicé la última hoja sobre la mesa.
—Y cláusula cuatro: nada de asuntos de lobos. No me olfatea, no me ronda, no me reclama. Esto es un trabajo. Su lobo se queda en su lugar.
Gael sostuvo mi mirada. Los licántropos hablaban de sus lobos como si fueran otra voz dentro de ellos, una voluntad con sus propios instintos.
—Haré lo posible —dijo.
—¿Lo posible?
—Es la respuesta más honesta que tengo.
Firmó. Antes de hacerlo, me explicó para qué me necesitaba. El consejo llevaba meses presionándolo para que tomara una pareja de su elección: la sobrina de doña Ingrida, una mujer que llevaba años manejando los asuntos del reino como si la corona todavía perteneciera a su familia. Los consejeros decían que un rey licántropo sin pareja era inestable y que debía aceptar la unión que le ofrecían.
Gael quería presentarse en el consejo de invierno con una pareja ya elegida. Una mentira convincente, dijo, podía quitarle a Ingrida su principal herramienta para controlarlo.
—Si descubren que fingimos un vínculo, dirán que engañé a todo el reino —advirtió—. No será un simple escándalo. Puede costarme la corona.
—Soy buena fingiendo que todo está bien —contesté—. Y usted es el rey. La gente está acostumbrada a creerle.
Él se levantó y me ofreció la mano para sellar el acuerdo.
—El hombre cumplirá lo que dice —aseguró—. El lobo todavía no te conoce.
Acepté el apretón. En ese instante, sus dedos dejaron de moverse. Algo cambió en su cara: un destello de sorpresa, seguido por una atención tan intensa que se me erizó la piel. Por un segundo, tuve la impresión de que ya no estaba mirando a una desconocida.
Luego me soltó y retrocedió.
—¿Qué fue eso?
—Nada —dijo, con la voz de quien acababa de sentir algo y no quería ponerle nombre—. No fue nada.
Los primeros días, todo salió según el plan. En el banquete de bienvenida me aprendí los nombres de los consejeros, fui amable con los sirvientes y corregí a Gael sobre una fecha frente a toda la mesa. Estaba en lo correcto. Para el final de la cena, ya no me miraban como a una omega perdida, sino como a la mujer que el rey había escogido.
—Eres muy buena en esto —me dijo cuando nos quedamos solos.
—Es para lo que me contrató.
—Hablas de ti como si fueras una herramienta.
—Las herramientas hacen bien el trabajo y no preguntan de más.
Noté que mi respuesta le molestó, aunque no dijo nada.
La cláusula dos se rompió la cuarta noche. Abrí la puerta de mi habitación y encontré un lobo enorme acostado frente al umbral, con el hocico sobre las patas.
—No —le susurré—. Tenemos un acuerdo.
El animal me miró y suspiró, muy tranquilo. No se movió.
A la mañana siguiente, Gael apareció en el pasillo con el cabello revuelto y una expresión avergonzada.
—Yo me dormí en mi habitación —dijo—. Desperté aquí. No recuerdo haber salido.
Su lobo tampoco respetó la cláusula tres. Gael mantenía la distancia, pero cada día aparecía más cerca de mí. A veces acercaba una silla junto a la mía sin darse cuenta. Otras, una capa forrada de piel amanecía sobre mi cama. Él juraba que no la había comprado. Yo tenía frío y dejé de discutir.
El verdadero problema llegó en un banquete. Doña Ingrida me sentó junto a un joven consejero llamado Álvaro y esperó a ver qué hacía el rey. Gael siguió conversando sin mirarnos. Casi parecía que la prueba funcionaba.
Hasta que Álvaro me puso la mano en el brazo.
Desde el otro extremo de la mesa, el rey dejó escapar un gruñido bajo. Todos los lobos se quedaron inmóviles.
Y entendí que el contrato que yo había escrito para el rey no podía contener lo que su lobo había decidido aquella primera noche.
PASS 2
Gael me alcanzó en el corredor después de la cena. Tenía la mandíbula tensa y los puños cerrados.
—No lo hice a propósito —dijo—. El hombre que soy cumplió tu cláusula. El lobo reaccionó antes de que pudiera detenerlo.
—Entonces dile que se controle.
—No me escucha.
—¿Y por qué no?
Me miró como si yo ya supiera la respuesta.
—Porque te eligió desde el primer día.
Sentí que el pasillo se estrechaba.
—Yo no soy un premio para que tu lobo me elija.
—Lo sé. Por eso no te he pedido nada. No voy a romper tu contrato.
Se alejó antes de que pudiera responder. Aquella noche me quedé despierta, escuchando sus pasos en el corredor. Por primera vez en mi vida, alguien parecía querer estar cerca de mí sin preguntarse cuánto podía sacar a cambio. Eso me asustó más que la deuda.
Los días pasaron. Gael y yo aprendimos a conocernos entre reuniones, cenas y apariencias. El lobo seguía desobedeciendo a su manera: aparecían capas en mi habitación, el rey terminaba sentado junto a mí y nunca permitía que me quedara sin comida en la mesa. Yo fingía no notar nada. Él fingía que no era cosa suya.
Cerca del día setenta, lo encontré junto a la chimenea, despierto a medianoche.
—¿No puedes dormir?
—El lobo sabe que el contrato se está acabando —dijo—. Cuenta los días, aunque no sepa leer.
—¿Y tú qué piensas?
—Que no debería haberte contado eso.
Me senté frente a él. El fuego hacía crujir la leña entre los dos.
—Cuando me estrechaste la mano, ¿qué sentiste?
Gael tardó en contestar.
—Como reconocer a alguien. Como ver un rostro entre una multitud y saber, antes de entender por qué, que tenías que encontrarlo.
—Nunca me habías visto.
—Lo sé.
—Eso no significa que debamos hacerle caso a tu lobo.
—No. Pero tampoco significa que debamos fingir que no pasó.
No respondí. La cláusula cuatro seguía entre nosotros, aunque ya no sabía si la había escrito para protegerme de él o para no tener que admitir lo que yo quería.
El plan funcionó. En el consejo de invierno, Gael llegó conmigo y los consejeros dejaron de presionarlo para casarse con la sobrina de Ingrida. El rey consiguió colocar a dos personas de su confianza en puestos importantes. Parecía que solo teníamos que aguantar unos días más.
Pero doña Ingrida no se conformó con sospechar. El día ochenta y ocho entró al consejo con una factura en la mano. Había encontrado al prestamista que llevaba la deuda de mi padre.
—No existe un vínculo —declaró, dejando el documento sobre la mesa—. El rey le pagó las cuentas a una omega para que fingiera ser su pareja. Gael nos mintió a todos.
El salón se quedó inmóvil. Miré al rey. Se había puesto pálido, pero no intentó negarlo.
Entonces me levanté.
—Todo lo que dice doña Ingrida es cierto —dije—. Firmé un contrato por noventa días. El rey pagó la deuda de mi padre. No hay un vínculo verdadero.
Los consejeros intercambiaron miradas. Ingrida sonrió, convencida de que había ganado.
—Pero eso no demuestra que Gael no pueda gobernar —continué—. Demuestra por qué tuvo que hacerlo. Ustedes le dijeron que solo podía conservar la corona si aceptaba la pareja que eligieran por él. Él necesitaba romper ese control y encontró una manera. Si quieren juzgarlo, juzguen lo que hizo por el reino, no la mentira que ustedes mismos lo obligaron a fabricar.
No sé si fue una buena defensa. Solo sé que la verdad dicha sin adornos dejó a Ingrida sin el escándalo que había preparado. El consejo aceptó la explicación de Gael. Su corona estaba a salvo.
Yo acababa de anunciar, frente a todos, que me iría en dos días.
Esa noche, Gael fue a mis habitaciones con el sobre del pago. La deuda estaba cubierta. Me entregó también el resto de lo prometido.
—Eres libre de irte —dijo—. Lo que hiciste hoy no cambia lo que acordamos. No voy a retenerte por gratitud.
—Claro.
—Runa, me salvaste la corona.
—Era parte del trabajo.
Los dos sabíamos que no era verdad. Pero él no me pidió que me quedara, y yo no le pregunté si quería hacerlo. Entré a mi habitación y cerré la puerta.
Por primera vez en casi noventa noches, el lobo no se acostó frente a mi umbral.
A la mañana siguiente, salí antes del amanecer. No llevaba mucho: una maleta, el sobre con el dinero y una de las capas que el rey juraba no haber comprado. Gael estaba junto a la puerta principal, sin abrigo.
—Te vas antes de que pueda despedirme —dijo.
—Pensé que era lo más sencillo.
—Ensayé lo que iba a decirte, pero se me olvidó. Así que voy a decirlo mal. Anoche hice lo correcto: te di el dinero y la salida. Pero pasé toda la noche impidiendo que mi lobo fuera a buscarte. Me dije que era por respetar tu libertad. Creo que solo tenía miedo de pedirte que te quedaras.
Se le quebró un poco la voz, aunque no apartó la mirada.
—No quiero que sigas aquí por el contrato. Quiero preguntarte si te quedarías porque tú lo eliges. Sin pago. Sin plazo. Sin promesas que no podamos cumplir.
—Eso es un trato terrible —dije—. No tiene términos, ni garantías, ni una salida escrita.
—Lo sé.
—No sé si sé vivir sin esas cosas.
—No tienes que decidirlo para siempre. Solo tienes que decidir qué quieres hoy.
Miré el camino detrás de él. Después, el sobre en mi mano. Podía marcharme con el dinero suficiente para comenzar de nuevo y una deuda menos que cargar. Era lo que había planeado desde el principio.
Dejé el sobre sobre el muro de piedra y le tendí la mano.
—Voy a ser difícil —le advertí—. Probablemente intente escribir otro contrato.
—Haré lo posible por aceptarlo.
Esta vez, cuando nuestras manos se encontraron, Gael no me soltó. Sus ojos brillaron como oro. El lobo, que había esperado noventa días, tomó el control: apareció en el patio como una sombra enorme y me derribó sobre la nieve, cubriéndome la cara de lamidas mientras yo intentaba reír y apartarlo a la vez.
Un instante después, Gael volvió a su forma humana, riéndose conmigo en el suelo.
No borramos el contrato. Lo guardé en un cajón junto a la primera página en blanco que nunca llegué a usar para redactar otro. La deuda de mi padre quedó saldada, y Gael dejó de necesitar una pareja falsa para gobernar. Doña Ingrida perdió su influencia cuando el consejo entendió que el rey no aceptaría que eligieran por él.
Yo me quedé porque quise. Y cada noche, sin falta, el lobo dormía frente a mi puerta, satisfecho de haber sabido lo que yo tardé noventa días en admitir: que a veces el corazón reconoce el camino antes que la cabeza termine de hacer las cuentas.