¡ACEPTÓ EN SILENCIO EL RECHAZO DE SU ALFA… PERO CUANDO EL REY LICÁNTROPO LA VIO, ORDENÓ CERRAR TODAS LAS PUERTAS DEL CASTILLO!
¡ACEPTÓ EN SILENCIO EL RECHAZO DE SU ALFA… PERO CUANDO EL REY LICÁNTROPO LA VIO, ORDENÓ CERRAR TODAS LAS PUERTAS DEL CASTILLO!

Mi alfa rechazó nuestro vínculo por una alianza millonaria y yo no le supliqué que cambiara de opinión.
Tres semanas después, el rey licántropo llegó a nuestra hacienda.
Cuando me vio con las manos cubiertas de tierra, se olvidó de todos los que esperaban para recibirlo.
Me llamo Abril Montoya. Soy botánica, coordinadora de los invernaderos de la manada Bosque de Plata y, hasta aquella noche, estaba convencida de que mi vida no tenía nada de extraordinario.
La gala del solsticio se celebraba en la hacienda de la manada, en las afueras de Durango. Yo llevaba horas revisando los arreglos florales, procurando que las copas estuvieran limpias y que las flores blancas no se marchitaran bajo las luces del salón. Mi puesto sonaba elegante cuando lo anunciaban, pero en realidad significaba que todos me llamaban cuando algo faltaba.
Nadie se fijaba en mí, y yo había aprendido a trabajar así.
Al menos, hasta que el aire cambió.
Al otro lado del salón estaba Bruno Arriaga, alfa de Bosque de Plata. Tenía una mano en la espalda de Renata Villaseñor, hija de una familia poderosa de la manada vecina. Los dos reían bajo los candelabros, mientras hablaban de una alianza que, según se decía, salvaría a Bosque de Plata de sus deudas.
Entonces sentí un tirón en el pecho.
El perfume de las flores y el vino desapareció. En su lugar llegó el olor de la lluvia sobre pinos y madera cálida. Bruno dejó de reír. Me miró desde el otro lado del salón con los ojos muy abiertos.
El vínculo se había revelado.
Él era mi pareja destinada.
Por un instante, pensé que se acercaría. En cambio, le susurró algo a Renata y me indicó con un gesto que lo siguiera. Me llevó al despacho de su padre y cerró la puerta.
—Esto no puede pasar ahora —dijo, caminando de un lado a otro.
—¿No puede pasar o no quieres que pase?
Me sostuvo la mirada. No había ternura en sus ojos; solo preocupación por las consecuencias.
—Bosque de Plata está al borde de la quiebra. Renata y su familia pueden ayudarnos. La alianza se firma en unos días. No puedo poner a la manada en riesgo por un vínculo.
Luego me dijo lo que más dolió: que yo era una omega sin dinero ni influencia, una jardinera que no podía ofrecerle nada a su gente. Me ofreció un aumento, una casa junto al lago y la promesa de que no me faltaría nada, siempre que aceptara vivir escondida mientras él se presentaba ante todos junto a Renata.
No lloré. No le pedí que eligiera de nuevo.
—Recházame —le dije—. No voy a ser tu secreto.
Bruno pareció desconcertado, pero pronunció las palabras del rechazo. El dolor me atravesó el pecho como un golpe. Me sujeté del escritorio para no caer. Cuando pude respirar, acepté el rechazo en voz baja.
Recogí mi portapapeles, abrí la puerta y regresé al salón.
Bruno no volvió a detenerme.
Esa noche salí sola bajo la lluvia. Durante las tres semanas siguientes me refugié en los invernaderos y trabajé hasta que las manos me olieron a tierra húmeda. Evité la hacienda, las fiestas y, sobre todo, las noticias sobre el compromiso de Bruno y Renata.
Pero la calma duró poco.
La manada estaba nerviosa porque el rey licántropo, Darío Alcázar, visitaría el territorio para revisar las cuentas y el estado de las manadas del norte. Para Bruno, aquella visita era decisiva: necesitaba que el rey aprobara la alianza con los Villaseñor y su plan para rescatar las finanzas de Bosque de Plata.
La coordinadora de la hacienda me encontró en el invernadero la mañana de la llegada.
—Abril, las flores de la suite real están listas. Llévalas a la entrada, por favor. Y usa el acceso de servicio. El alfa quiere el patio despejado para los invitados.
Cargué dos cajas de madera llenas de dalias negras y hortensias blancas. Apenas veía por encima de ellas. Cuando llegué al patio, las rejas de hierro comenzaron a abrirse. Seis camionetas negras entraron en fila, rodeadas por guardias con trajes oscuros.
Intenté apartarme, pero una caja se inclinó. Corrí hacia la fuente para no estorbar. El convoy se detuvo. Bruno y Renata aguardaban en los escalones, acompañados por los ancianos de la manada.
La puerta de la camioneta central se abrió.
El rey Darío bajó con un traje oscuro y una presencia que hizo que todos inclinaran la cabeza. Iba a saludar a Bruno cuando un ruido seco resonó en el patio: mi caja había caído sobre las piedras y las flores se desparramaron por el suelo.
El rey giró hacia el sonido.
Entonces sentí otro tirón en el pecho, distinto al que había sentido con Bruno. Más profundo. Más cálido. Tan intenso que tuve que sujetarme de la fuente.
Darío apartó a sus guardias y caminó hacia mí.
Se detuvo frente a la mujer cubierta de tierra que Bruno había rechazado tres semanas antes, respiró como si acabara de encontrar lo único que llevaba toda la vida buscando y dijo:
—Mía.
Parte 2
El patio entero quedó en silencio.
El rey no había levantado la voz, pero nadie se atrevió a moverse. Sentí que el vínculo recién nacido tiraba de mí, fuerte y desconcertante. Darío se quitó el saco y lo puso sobre mis hombros. Su aroma a cedro y lluvia calmó, poco a poco, el dolor que todavía me dejaba el rechazo de Bruno.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Abril Montoya.
Repitió mi nombre, despacio, como si quisiera guardarlo. Luego miró a la fuente, las flores rotas y mis manos llenas de tierra. No preguntó por mi dinero, mi puesto ni lo que podía ofrecerle.
—¿Por qué lloras?
No me había dado cuenta de que tenía lágrimas en la cara. No eran solo por el vínculo. También eran por la vergüenza de estar frente a todos, por haber querido creer que Bruno me elegiría y por el miedo de que, una vez más, alguien decidiera por mí.
Darío percibió la herida del rechazo. Su rostro cambió.
—¿Quién te hizo esto?
—No necesitas castigar a nadie por mí —respondí.
Bruno bajó los escalones. Ya no tenía la seguridad con la que había recibido al rey. Intentó explicar que todo era un asunto privado, que había actuado por el bien de la manada y que no sabía que yo sería la pareja destinada del rey.
Darío lo dejó hablar hasta que Bruno dijo que yo era «solo una jardinera».
—¿Eso pensabas de ella cuando la rechazaste? —preguntó el rey.
Bruno miró a los ancianos. Ninguno respondió por él.
—La manada tiene deudas —insistió—. La alianza con los Villaseñor nos habría salvado.
—¿Y por eso le ofreciste dinero para mantenerla escondida? —pregunté.
Bruno apretó la mandíbula.
—No quería hacerte daño.
—Solo querías que aceptara desaparecer de tu vida para que tu acuerdo saliera más fácil.
Renata se soltó de su brazo. Hasta ese momento había permanecido callada, pero al escuchar la conversación comprendió que no era la única persona a quien Bruno había tratado como una pieza de negociación.
—Me dijiste que no había nadie más —dijo.
Bruno intentó acercarse. Ella retrocedió.
Darío levantó una mano y sus guardias se interpusieron, sin tocar a nadie.
—Aquí no habrá amenazas ni venganzas —dijo—. Primero revisaremos las cuentas. Después, los ancianos decidirán quién debe dirigir esta manada.
Bruno palideció. La misma alianza que había usado para justificar el rechazo estaba a punto de ser revisada frente a todos.
El rey no lo despojó de su puesto por despecho ni ordenó que lo expulsaran. Pidió los contratos, los libros contables y las decisiones que habían llevado a Bosque de Plata al borde de la quiebra. Durante los días siguientes, un equipo independiente revisó las cuentas. Descubrieron que Bruno había ocultado pérdidas y comprometido terrenos de la manada sin consultar a los ancianos.
La alianza con los Villaseñor no habría salvado a Bosque de Plata. Habría dado a la familia de Renata el control de sus tierras y de sus invernaderos.
Los ancianos convocaron una reunión. Bruno dejó el cargo mientras se investigaban sus decisiones. No perdió su derecho a defenderse, pero tampoco pudo seguir gobernando como si el territorio fuera suyo.
Renata canceló el compromiso. Antes de marcharse, me buscó en el invernadero.
—Debí haber notado cómo hablaba de ti —dijo—. Creí que casarme con él era ayudar a mi familia.
—A veces todos vemos lo que queremos ver —le contesté—. Lo importante es lo que haces después de darte cuenta.
No nos hicimos amigas de inmediato. No hacía falta. Pero su disculpa fue sincera, y ambas entendimos que Bruno había intentado usar nuestras vidas para sostener un acuerdo que solo lo beneficiaba a él.
Darío se quedó en la hacienda mientras se resolvían los asuntos de la manada. La primera vez que volvió a verme, yo estaba trasplantando una dalia. No entró al invernadero hasta preguntarme si podía.
—No soy una reina —le dije.
—No te pedí que lo fueras.
—Tampoco soy algo que puedas reclamar porque el vínculo lo diga.
Darío sostuvo mi mirada. Su presencia llenaba el espacio, pero no intentó acercarse.
—Tienes razón. El vínculo puede unirnos. No puede decidir por ti.
Aquella respuesta me sorprendió más que su llegada. Durante los meses siguientes hablamos sin guardias, sin ancianos y sin promesas grandiosas. Me contó que había aprendido a desconfiar de quienes lo obedecían por miedo. Yo le conté cómo había llegado a los invernaderos y por qué me negaba a abandonar las plantas que mi madre había cultivado.
Él no intentó rescatarme de mi vida. Se interesó por ella.
Bosque de Plata empezó a recuperarse con un plan acordado por los ancianos. Las tierras no se entregaron a los Villaseñor, y los trabajadores de los invernaderos recibieron mejores condiciones y voz en las decisiones que afectaban su labor. Yo seguí al frente de las plantas, aunque ya no me llamaban solo cuando algo faltaba.
Un año después, Darío volvió a preguntarme si quería aceptar el vínculo. Esta vez estábamos solos junto al lago. No había público ni una manada entera esperando mi respuesta.
—No quiero que digas que sí porque soy el rey —dijo—. Ni porque temes quedarte sola.
Le tomé la mano.
—Digo que sí porque contigo puedo seguir siendo yo.
El vínculo se cerró con una calidez tranquila, sin borrar lo que había pasado ni convertirlo en algo perfecto. Bruno me había rechazado porque creyó que mi valor dependía de lo que podía ofrecerle. Darío, en cambio, me dejó elegir sin pedirme que renunciara a mi trabajo, mi voz o mi lugar.
No me fui de los invernaderos. Los convertimos en el centro de un proyecto para cultivar plantas medicinales y capacitar a jóvenes de distintas manadas. Darío visitaba el lugar sin anunciarse; a veces se sentaba en un banco mientras yo trabajaba y escuchaba cómo le explicaba la diferencia entre una raíz fuerte y una que apenas parecía sostenerse.
La noche de la gala, yo pensé que perder a Bruno era lo peor que podía pasarme. Ahora sé que su rechazo me obligó a dejar de medir mi valor con los ojos de alguien que nunca había sabido verme.
El día que el rey bajó de su camioneta, no encontró a una omega esperando que la eligieran. Encontró a Abril, con las manos cubiertas de tierra y la espalda recta, dispuesta a abrirle la puerta solo si él aprendía a tocar antes.