Abortó, esposo la echó al chiquero con sobras—sin saber que es hermana de 5 CEO. Venganza comienza.
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PARTE 1
La noche de Año Nuevo, mientras toda la ciudad esperaba los fuegos artificiales, Jianxin recibió una noticia que podía cambiarlo todo.
—La leucemia ha vuelto —dijo el médico—. Está en una fase muy avanzada. Si operamos ahora, las probabilidades son bajas, pero sigue siendo tu mejor oportunidad.
Jianxin apretó el informe médico entre los dedos.
Lo primero que pensó no fue en sí misma.
Pensó en su esposo.
Peichen.
El hombre por quien, años atrás, había estado dispuesta a sacrificarlo todo.
Lo llamó.
—Peichen… ¿vas a volver a casa esta noche?
Del otro lado se oyó su voz impaciente.
—Estoy ocupado. Si no es urgente, no me llames.
Jianxin abrió la boca para contarle que estaba enferma.
Entonces escuchó fuegos artificiales detrás de él.
Y después, la risa de una mujer.
Liao Siner.
Su secretaria.
Jianxin comprendió de inmediato.
Peichen no estaba trabajando.
Estaba celebrando el Año Nuevo con otra mujer.
Colgó sin decirle nada.
Cinco años antes, todo había sido diferente.
Jianxin y Peichen se habían conocido en la universidad y habían prometido permanecer juntos para siempre. Pero un accidente dejó a Peichen al borde de perderlo todo. Necesitaba urgentemente un trasplante de riñón.
Jianxin fue compatible.
Donó uno de sus riñones sin pensarlo.
La operación debilitó tanto su cuerpo que los médicos descubrieron después su enfermedad. Para recibir tratamiento, tuvo que viajar al extranjero.
Cuando Peichen despertó, Jianxin ya se había marchado.
Y Liao Siner aprovechó aquella ausencia.
Le dijo que Jianxin lo había abandonado para irse con un hombre rico.
Después afirmó algo todavía peor:
—Yo fui quien te donó el riñón.
Peichen le creyó.
Cuando Jianxin regresó años después, él ya no era el joven que la había amado. Se había convertido en un poderoso presidente empresarial lleno de resentimiento.
Se casó con ella, pero aquel matrimonio parecía más un castigo que una reconciliación.
Cada vez que Jianxin necesitaba dinero para sus tratamientos, Peichen la acusaba de codiciosa.
Mientras tanto, compraba joyas carísimas para Siner.
Un día Jianxin fue a su empresa para pedirle cien mil yuanes que necesitaba urgentemente para continuar su tratamiento.
Siner llevaba un collar que costaba varias veces esa cantidad.
—El señor Pei me lo regaló —presumió delante de todos—. Dijo que algo barato no estaría a mi altura.
Jianxin sintió una punzada en el pecho.
Peichen apareció poco después.
En lugar de preguntarle por qué necesitaba dinero, escuchó la versión de Siner, que la acusó de haberla empujado.
—Discúlpate —ordenó Peichen.
—No hice nada.
—Entonces arrodíllate y pídele perdón.
Todo el despacho quedó en silencio.
Jianxin lo miró durante unos segundos.
Aquel hombre había sido el amor de su vida.
Ella había entregado una parte de su propio cuerpo para salvarlo.
Y ahora él quería verla arrodillada ante la mujer que había robado incluso el mérito de aquel sacrificio.
—¿Sabes por qué necesito ese dinero? —preguntó Jianxin.
—No me interesa otra de tus excusas.
—Tengo leucemia.
Peichen soltó una risa fría.
—¿Ahora también vas a inventarte una enfermedad?
Siner se llevó una mano al pecho.
—Hermana Jianxin, no deberías maldecirte de esa manera solo para conseguir dinero.
Jianxin sintió que algo dentro de ella se rompía definitivamente.
—¿Quieres saber otra cosa, Peichen?
Él frunció el ceño.
Jianxin señaló a Siner.
—Hace cinco años, ella no te donó ningún riñón.
Siner palideció.
Peichen dio un paso hacia ella.
—¿Qué acabas de decir?
—La persona que estuvo en aquella mesa de operaciones fui yo.
—Mentira.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió.
Un médico de cabello canoso entró apresuradamente, sosteniendo una carpeta antigua.
Miró a Peichen y luego a Jianxin.
—Señor Pei —dijo—, yo participé en aquel trasplante.
Abrió el expediente.
Y pronunció las palabras que hicieron desaparecer el color del rostro de todos.
—La donante no fue la señorita Liao.
Levantó los ojos.
—Fue su esposa.
PARTE 2
Peichen permaneció inmóvil.
Sus ojos viajaron del médico a Jianxin y finalmente a Siner.
—Explíquese —ordenó.
El médico colocó el expediente sobre la mesa.
—La compatibilidad, la cirugía y el seguimiento pertenecen a Jianxin. Recuerdo especialmente aquel caso porque ella ya tenía problemas de salud y aun así insistió en donar.
Siner reaccionó inmediatamente.
—¡Está mintiendo! Seguro Jianxin le pagó.
Peichen miró el expediente, pero años de resentimiento pudieron más que la evidencia.
—¿Por qué debería creerle?
Jianxin sonrió.
No había alegría en aquella sonrisa.
Solo cansancio.
—No tienes que creerme.
Sacó de su bolso unos documentos.
—Son los papeles del divorcio.
Peichen levantó la cabeza.
—¿Divorcio?
—Te salvé una vez. Después pasé años pagando por un crimen que nunca cometí. Creo que ya es suficiente.
Se marchó sin mirar atrás.
Poco después, su estado empeoró y tuvo que ser operada.
El especialista encargado de la cirugía resultó ser Song Linchuan, un antiguo compañero de universidad que había construido una prestigiosa carrera médica en el extranjero.
Cuando supo lo que estaba ocurriendo con Jianxin, abandonó temporalmente sus proyectos internacionales y regresó.
—Haré todo lo posible —le prometió antes de entrar al quirófano.
La operación duró horas.
Jianxin sobrevivió, pero necesitaría un tratamiento costoso durante mucho tiempo.
Peichen seguía convencido de que exageraba su enfermedad. Incluso cuando recibió noticias del hospital, Siner consiguió distraerlo fingiendo encontrarse mal.
Era casi absurdo.
Jianxin luchaba por seguir viviendo mientras su esposo corría a cuidar una simple reacción alérgica de su secretaria.
Pero algo inesperado estaba ocurriendo lejos de ellos.
La familia Geu, la más poderosa de la ciudad, llevaba quince años buscando a su hija menor desaparecida.
El único recuerdo que quedaba de ella era un colgante de jade con forma de loto.
Había dos iguales en todo el mundo.
Uno permanecía con la familia.
El otro había desaparecido con la niña.
Uno de los hermanos Geu descubrió además algo sorprendente en una base de datos médica: años atrás, una joven que había donado un riñón tenía una coincidencia genética con la familia.
La donante era Jianxin.
Los hermanos comenzaron a buscarla.
Cuando finalmente la encontraron, Jianxin creyó que se trataba de un error.
—Crecí en un orfanato —explicó—. No recuerdo a mis padres.
—¿Tenías un colgante de jade?
Jianxin se quedó rígida.
—Sí.
Pero Siner descubrió lo que estaba sucediendo y trató de impedir el reconocimiento. Cambió el colgante y consiguió que, durante un banquete, pareciera que Jianxin intentaba hacerse pasar por una heredera.
Por un instante, incluso los hermanos Geu dudaron.
Hasta que apareció la verdadera prueba.
Los registros médicos.
La compatibilidad genética.
Y finalmente el análisis de ADN.
El resultado no dejaba lugar a dudas.
Jianxin era la hija desaparecida de la familia Geu.
La mujer a la que Peichen había llamado huérfana, interesada y mentirosa era en realidad la heredera de una de las familias más influyentes del país.
Sus tres hermanos la llevaron a casa.
Su padre lloró al verla.
El anciano abuelo Geu sostuvo su mano como si temiera perderla otra vez.
Por primera vez desde niña, Jianxin comprendió cómo se sentía tener una familia que la protegía sin pedirle nada a cambio.
Peichen, en cambio, empezó a perderlo todo.
La familia Geu retiró inversiones importantes de sus negocios.
Los proyectos comenzaron a tambalearse.
Pero incluso entonces él seguía culpando a Jianxin.
Hasta que apareció la prueba que ya no podía negar.
El hospital conservaba el registro completo del trasplante.
Nombre de la donante.
Fecha de la intervención.
Informes médicos.
Todo.
Jianxin había sido quien le salvó la vida.
Y no solo eso.
Peichen recibió también su verdadero historial clínico.
Leyó la palabra “leucemia”.
Después leyó los informes de recaídas.
Las operaciones.
Los tratamientos.
Los días en que Jianxin había pedido dinero desesperadamente mientras él la acusaba de codiciosa.
Recordó aquella noche de Año Nuevo.
Ella lo había llamado.
Él estaba viendo fuegos artificiales con Siner.
Jianxin había intentado decirle algo.
Y él había colgado.
Por primera vez, Peichen comprendió la magnitud de lo que había hecho.
Buscó a Siner.
—¿Por qué mentiste sobre el trasplante?
Ella comenzó a llorar.
—Porque te amaba.
—¿Y por eso destruiste mi matrimonio?
Siner intentó volver a hablar de su supuesta enfermedad, pero esta vez los médicos la interrogaron delante de todos.
Sus historias comenzaron a contradecirse.
Los documentos que había utilizado durante años no coincidían.
La verdad salió a la luz.
Había manipulado pruebas, mentido sobre el trasplante y aprovechado el resentimiento de Peichen para mantenerlo separado de Jianxin.
Peichen corrió a buscar a su exesposa.
La encontró acompañada de sus hermanos y del doctor Song.
—Jianxin.
Ella se detuvo.
—Fui engañado —dijo Peichen—. No sabía que eras tú. Si hubiera sabido…
—Pero te lo dije.
Él guardó silencio.
—Te enseñé mi informe médico y no me creíste. Te dije que necesitaba dinero para salvar mi vida y me llamaste interesada. Te dije que yo te había donado el riñón y preferiste creer a otra persona.
Peichen bajó la mirada.
—Me equivoqué.
—No, Peichen. Elegiste.
Aquella palabra le dolió más que cualquier acusación.
—Desde aquella noche de Año Nuevo dejé de esperar que vinieras a salvarme. Y ahora entiendo algo todavía más importante.
Jianxin respiró profundamente.
—Yo ya te salvé una vez. No tengo que sacrificar también el resto de mi vida por ti.
—Dame otra oportunidad.
Ella negó lentamente.
—Ya no te debo nada.
Peichen quiso acercarse, pero los hermanos Geu se interpusieron.
Esta vez, Jianxin no necesitaba defenderse sola.
Meses después, su tratamiento comenzó a funcionar.
Su cabello volvió a crecer.
Su rostro recuperó color.
Y aunque todavía tenía revisiones médicas constantes, por primera vez hacía planes para un futuro que no giraba alrededor de Peichen.
Una tarde salió del hospital y encontró a Song Linchuan esperándola con un pequeño ramo de rosas.
—¿Qué haces aquí?
—Esperándote.
—Eres médico. Se supone que tienes pacientes.
—También tengo años de cosas que nunca me atreví a decir.
Jianxin lo miró sorprendida.
Song respiró profundamente.
—Te he amado durante mucho tiempo. No quiero que me respondas hoy. Solo quiero una oportunidad para estar a tu lado mientras descubres cómo quieres vivir.
Jianxin bajó la mirada hacia las rosas.
Después de todo lo vivido, todavía no sabía si estaba preparada para volver a amar.
Pero esta vez nadie la estaba obligando.
Nadie le estaba pidiendo que sacrificara su cuerpo, su dignidad o su futuro para demostrar nada.
Así que sonrió.
—Entonces empieza caminando conmigo.
Song sonrió también.
Y juntos avanzaron hacia la salida.
Jianxin había perdido años intentando convencer a un hombre de que creyera en ella.
Había entregado un riñón.
Había soportado una enfermedad.
Había sido llamada mentirosa, interesada y reemplazable.
Pero al final recuperó algo mucho más importante que una familia rica o un apellido poderoso.
Se recuperó a sí misma.
Y cuando Peichen comprendió finalmente lo que había perdido, ya era demasiado tarde.
Porque algunas personas solo reconocen un tesoro después de destruirlo.
Y Jianxin ya no estaba dispuesta a volver a las manos de quien una vez no supo cuidarla.