Abandonaron a una omega en el bosque para que los lobos acabaran con ella… pero cuando el lobo negro regresó convertido en hombre, todo el reino descubrió la terrible mentira de su gobernante
Abandonaron a una omega en el bosque para que los lobos acabaran con ella… pero cuando el lobo negro regresó convertido en hombre, todo el reino descubrió la terrible mentira de su gobernante

PARTE 1
La noche que mi pueblo me dejó en el bosque, escuché a uno de los soldados decir que ni siquiera valía la pena buscarme al amanecer.
Me habían llevado hasta ahí porque aseguraban que yo estaba maldita.
Pero cuando aparecieron los primeros lobos entre los árboles, ocurrió algo que nadie habría creído.
En lugar de atacarme, comenzaron a inclinar la cabeza.
Me llamo Aara y, hasta aquella noche, había pasado toda mi vida en Ashen Hollow, un reino escondido entre montañas donde ser una omega significaba ocupar el último lugar.
Los alfas gobernaban. Los guerreros recibían honores. Los demás obedecían.
Yo solamente sabía cuidar animales y preparar remedios con plantas.
Desde niña había aprendido a soportar las burlas. Si alguien encontraba una oveja enferma o un perro lastimado, me buscaba. Pero cuando necesitaba ayuda, nadie parecía conocerme.
Todo empeoró el otoño en que las cosechas comenzaron a perderse.
Los ríos bajaron de nivel y los lobos empezaron a aullar cerca de las murallas.
Una tarde, el alfa supremo Varic reunió a todo el pueblo.
El sacerdote abrió un libro antiquísimo y anunció que una persona marcada traería desgracia al reino.
Entonces Varic se acercó a mí.
Mi capa se había deslizado y dejaba visible una pequeña marca de nacimiento en forma de luna creciente.
El sacerdote la señaló.
En cuestión de segundos, la gente comenzó a apartarse.
Intenté explicar que había nacido con aquella marca, pero nadie quiso escuchar.
Esa misma noche me llevaron al bosque prohibido.
Era un lugar del que ningún cazador había regresado.
Me soltaron las manos junto a un arco formado por dos árboles gigantescos y me ordenaron caminar.
Cuando miré hacia atrás, todos estaban dándome la espalda.
Incluso Darius, el capitán que me había conocido desde pequeña.
Me quedé sola.
O eso creí.
Primero escuché un aullido. Después aparecieron pequeños puntos amarillos entre los troncos.
Decenas de lobos avanzaron hasta rodearme.
Pensé que había llegado mi final.
Sin embargo, uno de ellos, enorme y de pelaje plateado, se acercó despacio. Olfateó mi mano y agachó la cabeza.
Los demás hicieron lo mismo.
No entendía nada.
Cuando comenzó una tormenta, aquel viejo lobo me condujo por un sendero oculto.
Durante el camino escuché un quejido.
Un cachorro había quedado atrapado bajo una rama. Sus compañeros estaban inquietos y me observaban con desconfianza.
Me arrodillé, busqué un tronco pequeño y lo utilicé para levantar la madera.
El cachorro logró salir.
Le envolví la patita lastimada con un pedazo de mi capa.
Entonces el animalito me lamió los dedos.
Los lobos dejaron de gruñir.
Aquella noche dormí dentro de un roble hueco, rodeada de animales que, según las historias de mi pueblo, debían haberme atacado.
Al despertar descubrí unos dibujos grabados en su interior.
Había personas caminando junto a lobos, una luna creciente y una flor blanca.
El mismo símbolo que tenía sobre mi piel.
Quise pensar que era una coincidencia.
Pero los días siguientes trajeron cosas todavía más extrañas.
Los pájaros se acercaban a mis manos. Los venados no escapaban cuando me veían. Incluso los lobos parecían saber cuándo estaba triste.
Una tarde encontramos las ruinas de un antiguo santuario.
En sus paredes aparecía una mujer con mi misma marca, situada entre humanos y lobos.
Debajo había una inscripción sobre una promesa olvidada.
Antes de que pudiera examinarla, escuchamos cuernos de caza.
Los soldados de Varic nos habían encontrado.
Darius venía con ellos.
Los lobos intentaron protegerme, pero los soldados comenzaron a avanzar y varias antorchas terminaron incendiando la vegetación.
Vi animales atrapados entre el humo.
Corrí para ayudarlos.
Liberé a un venado pequeño y bajé un nido de un árbol.
Cuando intentaba regresar, escuché un gemido mucho más profundo.
Debajo de un pino caído había un lobo negro gigantesco.
Tenía una pata atrapada y apenas podía moverse.
Sus ojos dorados me siguieron mientras buscaba cómo levantar el tronco.
Con ayuda de una rama conseguí abrirle espacio suficiente para escapar.
El animal se puso de pie con dificultad.
Y, aunque todavía había fuego alrededor, se colocó delante de mí hasta que los demás lobos nos encontraron.
Desde entonces, aquel lobo negro no se separó de mí.
Pasaron varias semanas. Vivimos en una cueva escondida, curé su pata y compartí con la manada la poca comida que conseguíamos.
Por primera vez sentí que tenía una familia.
Pero los soldados regresaron.
Nos encontraron en el santuario, llevaron redes y cadenas, y bloquearon las salidas.
Conseguí ayudar a escapar a los cachorros.
A mí me capturaron.
El lobo negro intentó alcanzarme, pero una pesada reja cayó entre nosotros.
Me llevaron de regreso al pueblo.
Varic anunció que al amanecer siguiente terminaría con la supuesta maldición.
Cuando subí a la plataforma de la plaza, vi a cientos de vecinos esperando.
Nadie podía salvarme.
Entonces escuché un aullido.
Las puertas de la muralla se abrieron y una enorme manada entró en el pueblo.
Los lobos formaron dos filas, dejando un camino libre.
Al final de aquel camino apareció un hombre alto, vestido con una capa oscura.
Tenía una cicatriz sobre el hombro y unos ojos dorados que conocía demasiado bien.
El lobo negro que yo había rescatado acababa de regresar… convertido en un hombre.
PARTE 2
El hombre avanzó lentamente entre las dos filas de lobos.
Todos guardaron silencio.
Cuando llegó frente a la plataforma, levantó la mirada hacia mí.
—Ya no tienes que enfrentar esto sola —me dijo.
Reconocí aquella expresión.
Era la misma que había visto cuando lo encontré atrapado bajo el árbol.
Varic retrocedió.
—¡Eso es imposible! ¡Tú desapareciste hace siglos!
El desconocido no respondió de inmediato.
Se quitó la capa y dejó al descubierto una antigua armadura con una insignia de plata.
El historiador del pueblo cayó de rodillas.
—Es el Rey de la Luna…
Sentí que me faltaba el aire.
Aquel lobo al que había cuidado durante semanas no era un animal común.
Era el antiguo Rey Alfa.
El mismo que aparecía en los murales del santuario.
El hombre ordenó que abrieran unos cofres que los lobos habían transportado desde el bosque.
Dentro había documentos, sellos reales y objetos que llevaban siglos ocultos.
El historiador examinó los pergaminos.
Su expresión cambió por completo.
El rey explicó que, mucho tiempo atrás, humanos y lobos habían vivido juntos, protegidos por un pacto que mantenía en equilibrio al reino y al bosque.
Pero uno de sus generales quiso quedarse con el poder.
Traicionó al monarca, separó a las dos comunidades y se aseguró de que nadie volviera a conocer la historia verdadera.
Después, sus descendientes gobernaron utilizando el miedo.
El historiador levantó otro pergamino.
Allí estaba escrito el nombre de aquella familia.
La familia de Varic.
El sacerdote intentó esconder su libro, pero Darius se lo quitó de las manos.
Al comparar sus páginas con los documentos antiguos, descubrieron que la profecía que me había condenado estaba incompleta.
La marca de la luna no anunciaba ninguna desgracia.
Señalaba a una persona capaz de restaurar el vínculo perdido.
Comprendí entonces por qué los lobos me habían recibido aquella noche.
Y por qué el viejo lobo plateado había reconocido mi marca.
—¿Y por qué usted estaba convertido en lobo? —pregunté.
El rey miró hacia las montañas.
Me explicó que, después de la traición, había quedado atrapado bajo un antiguo encantamiento. Solo podía conservar su forma animal mientras el pacto permaneciera roto.
Había esperado durante generaciones.
Cuando lo ayudé en el incendio y posteriormente me negué a abandonar a la manada, el vínculo comenzó a despertar.
La luna llena había terminado de romper el encantamiento.
Miré mis manos.
Eran las mismas que tantas veces habían recogido animales abandonados.
Nunca imaginé que aquellos pequeños actos pudieran cambiar algo tan grande.
Pero Varic todavía no había terminado.
Cuando los soldados comenzaron a quitarse sus insignias y a bajar las armas, su rostro se llenó de desesperación.
Retrocedió hasta las escaleras del templo.
Sacó de su capa un cuerno negro.
El Rey Alfa dio un paso hacia él.
—No sabes qué vas a despertar.
Varic sopló el instrumento.
Un sonido grave atravesó las montañas.
Después, el suelo comenzó a temblar.
Las campanas del templo sonaron sin que nadie las tocara.
Una grieta se abrió en medio de la plaza.
La gente corrió hacia las calles.
El rey ordenó a los lobos que ayudaran a evacuar a los vecinos.
Vi a una loba blanca sacar a un niño de debajo de unas piedras. Otros animales guiaban a los ancianos lejos de los edificios que se estaban derrumbando.
Aquellas criaturas a las que habíamos temido durante generaciones estaban salvándonos.
Entonces algo gigantesco emergió de la tierra.
Parecía un lobo, pero su cuerpo estaba formado por corteza, raíces y piedras cubiertas de musgo.
Era tan grande que su cabeza sobresalía por encima de los tejados.
Sus ojos brillaban con una luz plateada.
Varic levantó los brazos.
—¡Yo te he llamado! ¡Obedéceme!
La criatura ni siquiera se volvió hacia él.
El Rey Alfa se acercó a mí.
—Es el último guardián del bosque. Lleva siglos dormido bajo estas montañas.
—¿Por qué está destruyendo el pueblo?
—Porque recuerda lo que sucedió cuando rompieron la promesa.
El guardián avanzó lentamente.
Las raíces surgieron del suelo y sujetaron a Varic cuando intentó atacarlo.
Pero la criatura continuó temblando.
La tierra se agrietaba con cada uno de sus movimientos.
Comprendí que no estaba intentando castigarnos a todos.
Estaba confundida.
Había despertado en un mundo que ya no reconocía.
Miré al Rey Alfa.
—Déjame acercarme.
Darius intentó detenerme.
Yo ya estaba caminando.
El viejo lobo plateado me acompañó unos pasos y después se quedó atrás.
El cachorro que había rescatado quiso seguirme.
Me arrodillé para acariciarle la cabeza.
—Esta vez necesito que cuides a los demás.
El animal regresó junto a la manada.
Seguí adelante.
Cuando llegué frente al guardián, me sentí diminuta.
Su cabeza descendió hasta quedar muy cerca de mí.
Podía escuchar su respiración moviendo la nieve.
No llevaba armas.
Solamente conservaba una pequeña bolsa de cuero que Darius me había devuelto antes de llevarme a la plataforma.
Dentro guardaba unas semillas de flores blancas.
Las había recogido antes de que me expulsaran.
Recordé los dibujos del roble, los murales del santuario y la marca sobre mi hombro.
Me arrodillé frente a aquella criatura y abrí la bolsa.
—No sé cuánto tiempo llevas aquí —murmuré—. Pero también sé lo que se siente cuando todos te dan la espalda.
Sus enormes ojos permanecieron fijos en mí.
Hice un pequeño agujero en la tierra y deposité las semillas.
—A lo mejor hoy no cambia nada. Pero todavía podemos intentar que algo bueno vuelva a crecer.
Cubrí las semillas con tierra.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces sentí calor bajo mis dedos.
Un pequeño brote verde apareció entre la nieve.
Después otro.
Y otro más.
En cuestión de instantes, decenas de flores blancas comenzaron a abrirse alrededor de mis manos.
La marca de mi hombro se iluminó.
El guardián bajó lentamente la cabeza y apoyó su enorme frente contra la mía.
De pronto vi imágenes que no pertenecían a mis recuerdos.
Vi niños jugando junto a lobos.
Vi el antiguo santuario cuando todavía estaba lleno de gente.
Vi al rey y a una mujer con la misma marca que yo, rodeados por ambas comunidades.
Y vi el momento en que aquella unión se rompió.
Comprendí que la criatura no necesitaba recibir órdenes.
Necesitaba recordar que todavía existían personas capaces de cuidar aquello que no les pertenecía.
Cuando abrí los ojos, el guardián ya no temblaba.
Su cuerpo comenzó a desprender pequeños destellos plateados.
Las raíces que sujetaban a Varic lo retiraron de la plaza y lo llevaron bajo tierra. Su destino quedó en manos del antiguo guardián.
Después, la criatura levantó la cabeza y soltó un último aullido.
Todos los lobos respondieron.
Su enorme figura se deshizo lentamente entre raíces, hojas y luz.
En el lugar donde había estado quedó una sola flor blanca.
La nieve dejó de caer.
Durante mucho tiempo, nadie se atrevió a hablar.
Finalmente, Darius se acercó a mí.
Me pidió perdón por haber cumplido las órdenes de Varic cuando sabía que yo no había hecho nada malo.
También se acercaron el pastor cuyo perro había curado, la anciana para quien recogía hierbas y varias personas que antes habían evitado mirarme.
Escuché sus disculpas.
Pero sabía que la confianza no regresaría en un solo día.
El reino comenzó a cambiar.
Se eliminaron las antiguas normas que condenaban a las personas por su nacimiento.
Los caminos que comunicaban el pueblo con el bosque volvieron a abrirse.
El Rey Alfa no regresó al palacio.
Prefirió ayudar a reconstruir el santuario y recuperar la antigua convivencia entre humanos y lobos.
Yo tampoco quise una corona.
Continué recogiendo plantas, preparando remedios y cuidando animales.
El cachorro creció hasta convertirse en un lobo fuerte, aunque todavía caminaba con una pequeña cojera cuando hacía demasiado frío.
El viejo lobo plateado siguió acompañándome siempre que sus fuerzas se lo permitían.
Y algunas tardes, cuando terminaba mi trabajo, encontraba al Rey Alfa esperándome bajo el enorme roble donde había dormido mi primera noche en el bosque.
Nunca volvimos a hablar demasiado de aquella promesa.
No hacía falta.
Con los años, los viajeros comenzaron a contar que, cuando alguien se perdía en aquellas montañas, aparecían varios lobos entre los árboles y lo guiaban hasta un lugar seguro.
Algunas personas seguían teniéndoles miedo.
Otras aseguraban que eran los guardianes de una antigua reina.
Yo nunca les dije qué historia debían creer.
Solo sé que, cuando mi propio pueblo decidió abandonarme, los animales que todos consideraban peligrosos fueron los únicos que se quedaron a mi lado.
Y desde aquella noche, cada vez que escucho un aullido en el bosque, ya no pienso que alguien está perdido. Pienso que alguien acaba de encontrar el camino a casa.