Abandonada en el Altar, Me Casé con Su Hermano: el Poderoso Rey Vampiro — Nunca Dejó de Consentirme

PARTE 1

El hombre con el que iba a casarme me dejó esperando frente a casi trescientas personas.

No tuvo el valor de decírmelo en la cara.

Mandó una carta.

Y cuando pensé que aquella noche ya no podía humillarme más, el hermano mayor de mi prometido se levantó de su asiento.

Era el rey vampiro.

Me llamo Isabel Altamirano. Mi familia pertenecía a una antigua casa humana de Guanajuato que llevaba generaciones trabajando junto a la llamada Corte Nocturna.

Teníamos apellido, una vieja hacienda y muchos retratos de antepasados.

Dinero, muy poco.

Por eso, cuando el príncipe Adrián Valcárcel comenzó a cortejarme, mi padre creyó que por fin nuestra mala racha había terminado.

Yo también lo creí.

Adrián era divertido, elegante y sabía exactamente qué decir delante de otras personas.

El problema era lo que decía cuando nadie prestaba atención.

Si repetía un vestido, lo notaba.

Si hablaba de algún libro, bromeaba con que una mujer podía parecer presumida por saber demasiado.

Si discrepaba con él, decía que me veía más bonita cuando sonreía.

Nunca era una ofensa suficientemente grande para reclamar.

Eran pequeñas.

Una detrás de otra.

Después de tres años, había empezado a pensar que conservar a Adrián era una suerte y perderlo sería culpa mía.

Nuestra boda se organizó en una antigua catedral protegida de la luz del día, en las montañas.

Mi vestido había pertenecido a mi madre.

Yo misma pasé meses arreglándolo porque no podíamos pagar otro.

A las nueve de la noche comenzó la ceremonia.

A las nueve y media Adrián no había llegado.

A las diez tampoco.

Primero escuché susurros.

Después algunas risas.

Mi padre no dejaba de decir que seguramente había ocurrido algún problema en el camino.

Entonces entró un mensajero.

Traía una carta.

Reconocí la letra antes de abrirla.

Adrián se había marchado.

No estaba solo.

Había viajado con una condesa de otra familia de sangre y explicaba, de una manera que todavía me cuesta recordar sin sentir vergüenza ajena, que había descubierto que no estaba hecho para el matrimonio.

También dejó claro que yo era demasiado tranquila para la vida que él quería.

Nada más.

Tres años.

La dote de mi familia.

La ilusión de mi padre.

Todo reducido a unas líneas.

Alguien se rio.

Después otro.

Escuché comentarios sobre mi vestido usado.

Sobre mi origen humano.

Sobre lo absurdo que había sido creer que un príncipe vampiro realmente se casaría conmigo.

Yo no lloré.

No porque fuera fuerte.

Sino porque tenía tanto miedo de comenzar que sabía que no podría detenerme.

Entonces las risas desaparecieron.

Escuché pasos avanzando por la nave central.

El rey Luciano Valcárcel había asistido a la ceremonia por obligación familiar.

Yo apenas había hablado con él en mi vida.

Tenía más de tres siglos, aunque parecía un hombre de poco más de treinta.

La corte lo describía como frío, implacable y casi imposible de conocer.

Todos le temían.

Yo también.

Luciano se detuvo frente a mí.

Miró la carta.

Después mi vestido.

Luego a mi padre, que parecía a punto de desmoronarse en el primer banco.

Por último me miró a los ojos.

No había lástima en su rostro.

Había algo que entonces no pude entender.

Se quitó lentamente uno de sus guantes negros.

El salón entero permanecía en silencio.

Yo pensé que iba a disculparse en nombre de su hermano.

En cambio, extendió su mano hacia mí.

—Majestad… —alcancé a decir.

Él dio un paso más.

Y el hombre más temido de toda la Corte Nocturna me hizo una propuesta que dejó inmóviles incluso a los vampiros más antiguos:

—Si mi hermano no fue capaz de llegar hasta este altar, cásate conmigo.

PARTE 2

Durante unos segundos pensé que había escuchado mal.

Le dije que no necesitaba que me salvara por compasión.

Luciano respondió que no estaba actuando por compasión.

No explicó más.

Solo prometió que, si aceptaba, jamás utilizaría aquella boda para exigirme algo que yo no quisiera darle.

Miré a mi padre.

Después a todas las personas que minutos antes se estaban riendo.

Y finalmente miré aquella mano fría esperando la mía sin intentar tomarla.

Acepté.

Esa misma noche me convertí en esposa del Rey de la Noche.

Pero nuestro matrimonio comenzó de una manera muy distinta a como la corte imaginaba.

Luciano me dio habitaciones propias en el ala oriental del palacio.

Me dejó una llave.

Y me informó que ni siquiera él entraría allí sin mi permiso.

La primera mañana encontré chocolate caliente, pan dulce y unos higos con miel.

Era lo que mi madre me preparaba cuando era niña y estaba triste.

No entendí cómo lo sabía.

Días después arreglaron las chimeneas porque yo pasaba frío.

Luego aparecieron libros que llevaba años queriendo leer.

Después una butaca junto a una ventana orientada hacia el este.

Cada cosa llegaba sin ceremonias.

Sin exigir agradecimiento.

Eso me ponía más nerviosa que cualquier amenaza.

Yo estaba acostumbrada a que los regalos tuvieran precio.

Así que una noche fui hasta el despacho del rey y dejé sobre su mesa una capa costosa que me había enviado.

—¿Qué quiere de mí?

Luciano pareció no entender.

Le pregunté cuánto iba a costarme todo aquello.

Los libros.

La habitación.

La protección de mi padre.

La atención.

Su expresión cambió.

Entonces comprendió.

Se mantuvo a varios pasos de distancia y me explicó algo que tardé meses en creer:

nada de aquello era una deuda.

Podía rechazar cada regalo.

Podía no cenar con él.

Podía incluso decidir algún día que no quería continuar siendo su esposa.

Y aun así mi chimenea seguiría funcionando.

Aquella conversación fue la primera grieta en algo que Adrián había construido dentro de mí durante años.

Con el tiempo empecé a conocer realmente a Luciano.

Discutíamos sobre libros.

Jugábamos ajedrez.

Me pidió publicar una investigación que yo llevaba años realizando sobre antiguos registros astronómicos de mi familia.

Nunca se rio de mis ideas.

Cuando yo no estaba de acuerdo con él, parecía disfrutarlo.

Y un día comprendí que llevaba meses esperando una factura que jamás había llegado.

Entonces Adrián regresó.

La mujer con la que había escapado lo había abandonado.

También había acumulado deudas.

Volvió al palacio intentando parecer arrepentido.

Al verme convertida en reina, cambió inmediatamente.

Comenzó a buscarme.

Primero fueron conversaciones supuestamente casuales.

Después recuerdos de nuestra antigua relación.

Finalmente empezó a decir que nunca me había abandonado realmente.

Según él, había tenido miedo.

Decía que mi matrimonio con Luciano solo había sido una forma de su hermano de humillarlo.

Durante algunas semanas consiguió despertar viejas dudas.

Hasta una noche en el invernadero.

Adrián me siguió hasta allí y anunció que podía conseguir la anulación de mi matrimonio.

Dijo que yo debía volver con él.

Lo escuché.

Y por primera vez no sentí necesidad de convencerlo de nada.

Le dije que había tomado una decisión sobre mi propia vida.

Él no entraba en ella.

Entonces se abrió la puerta.

Luciano estaba allí.

Yo sentí el miedo antiguo inmediatamente.

Esperaba preguntas.

Celos.

Una escena.

No ocurrió.

El rey simplemente comprobó con la mirada que yo estaba bien, dejó sobre mi silla un libro que había venido a traerme y se marchó.

Fui detrás de él.

Le conté todo.

Luciano me ofreció expulsar a Adrián del reino aquella misma noche.

Pero añadió que prefería no hacerlo por una razón.

Quería que yo pudiera elegir libremente.

Si alguna parte de mí todavía quería regresar con Adrián, Luciano aceptaría incluso firmar nuestra separación.

Fue entonces cuando comprendí que ya sabía a quién quería.

Pero antes de que pudiéramos resolver nuestra historia, descubrí algo mucho peor.

Llegó al palacio una carta de la condesa que había huido con Adrián.

Advertía que él estaba hablando con personas muy poderosas y esperaba que pronto hubiera un cambio en el trono.

Cometí un error.

No se lo conté inmediatamente a Luciano.

Investigué sola.

Criados humanos comenzaron a darme información.

Adrián recibía visitas secretas.

Una de ellas estaba relacionada con la duquesa Mónica, tía del rey, una mujer que llevaba años enfrentada con Luciano por haber reducido los privilegios de ciertas familias.

Después encontramos un papel parcialmente quemado.

Mencionaba la ceremonia de fundación.

La copa del rey.

Y un veneno capaz de debilitar gravemente a un vampiro de sangre antigua.

Finalmente descubrí cuándo se reunirían.

Me escondí en una cripta y escuché el plan entero.

Adrián colocaría el veneno en la copa ceremonial de su hermano delante de todas las familias.

Mónica exigiría nombrarlo regente inmediatamente.

Después él ocuparía el trono.

Pero fue la última frase de Adrián la que terminó de destruir cualquier recuerdo bueno que todavía pudiera quedarme.

Dijo que, una vez desaparecido Luciano, yo también formaría parte de lo que heredaría.

No hablaba de mí como una persona.

Hablaba como si fuera una propiedad.

Intenté salir sin que me vieran.

Me descubrieron.

Mónica reaccionó antes que yo.

Frente a toda la corte, me acusó de haber estado reuniéndome en secreto con Adrián.

Él respaldó la mentira.

Esperaban que Luciano dudara de mí.

No lo hizo.

Me cubrió con su propia capa delante de todos y me sacó de allí sin pedirme una sola explicación.

Aquella noche finalmente se lo conté todo.

Luciano escuchó.

Después sonrió.

Y me dio otra sorpresa.

Sabía que podían intentar envenenarlo algún día.

Durante generaciones, los herederos directos habían desarrollado resistencia tomando cantidades mínimas de aquella sustancia.

El veneno todavía podía enfermarlo.

Pero las tres gotas planeadas por Adrián no acabarían con él.

Así que decidió dejar que el complot continuara.

Durante la ceremonia, frente a las cuatro grandes familias, Adrián vertió discretamente el contenido del frasco en la copa.

Luciano bebió.

Segundos después cayó de rodillas.

Mónica pidió inmediatamente que Adrián fuera declarado regente.

Entonces me levanté.

Ordené a la guardia revisar la manga del príncipe.

Encontraron allí el frasco.

Los testigos que habíamos protegido declararon.

Los registros aparecieron.

Y finalmente Luciano volvió a ponerse de pie.

Estaba débil.

Pero vivo.

Toda la corte comprendió que acababa de observar una traición en directo.

Mónica perdió su posición y fue expulsada de la familia real.

Adrián perdió título, fortuna y privilegios.

Luciano pudo imponerle un castigo mucho más duro.

No lo hizo.

Lo envió lejos de la corte, sin dinero ni apellido que abriera puertas por él.

Años después escuché que trabajaba escribiendo cartas para comerciantes en un puerto.

Yo pensé que sentiría alegría.

Solo sentí indiferencia.

Y descubrí que eso era mucho más parecido a la libertad.

Luciano pasó dos noches enfermo por el veneno.

Me quedé con él.

Cuando se recuperó, me llevó a una habitación cerrada en la torre norte.

Nunca olvidaré lo que encontré allí.

Había partituras con fechas de años anteriores a nuestra boda.

Cartas dirigidas a mí que jamás había enviado.

Notas sobre las canciones que yo interpretaba en reuniones de la corte.

Incluso conservaba el programa de una presentación de cuatro años atrás.

Luciano había escrito en él aquella misma noche.

Había reconocido algo que los vampiros antiguos llamaban vínculo.

Según sus tradiciones, existía una persona cuyo latido un vampiro de sangre real podía reconocer entre todos los demás.

Yo era esa persona.

Y Luciano lo había sabido mientras todavía estaba comprometida con Adrián.

Por eso nunca dijo nada.

Durante tres años asistió a reuniones solo para escucharme cantar.

Notaba cuándo estaba triste.

Recordaba las frases con las que Adrián me hacía sentir pequeña.

Y había decidido permanecer lejos porque yo pertenecía libremente a otra relación.

Entonces entendí por qué había subido al altar aquella noche.

No me había rescatado por lástima.

Había roto tres años de silencio cuando vio que Adrián me abandonaba frente a todos.

También entendí por qué jamás firmaba sus regalos.

Luciano no quería que algún día yo confundiera agradecimiento con amor.

Quería que, si llegaba a quererlo, fuera porque yo misma lo elegía.

Y lo elegí.

Años después seguimos gobernando juntos.

Abrí escuelas para los hijos del personal humano del palacio.

La imprenta real publicó trabajos de personas a las que antes nadie escuchaba.

Luciano continuó dejando libros sin tarjeta.

Y diez años después de nuestra boda hizo algo tan absurdo que todavía me cuesta contarlo.

Los vampiros de su sangre no podían caminar bajo el sol.

Pero existía un antiguo ritual que permitía a uno hacerlo durante una sola hora.

El precio eran cien años de su larga existencia.

Me negué.

Él insistió.

Durante diez años había visto cómo yo observaba el amanecer desde aquella butaca colocada hacia el este.

Yo había elegido vivir de noche junto a él.

Él quería conocer una sola mañana conmigo.

Realizamos el ritual.

Subimos a una terraza antes del amanecer.

Cuando apareció la primera luz, sentí cómo su mano se tensaba dentro de la mía.

Luego salió el sol.

Yo miré el horizonte.

Luciano no.

El hombre que acababa de entregar cien años de su existencia por sesenta minutos de luz pasó casi toda aquella hora mirándome.

Había conocido mis ojos solamente bajo velas y luna.

Aquella mañana descubrió que eran verdes con pequeñas manchas doradas.

Lloró.

El rey al que todos consideraban incapaz de sentir lloró silenciosamente bajo un amanecer que le había costado un siglo.

Cuando la hora terminó regresamos a la oscuridad.

Han pasado muchos años desde entonces.

Mi cabello ya tiene algunas canas.

Luciano las encuentra fascinantes porque dice que cada una demuestra otro año que conseguimos compartir.

La gente recuerda nuestra boda.

La traición.

El veneno.

El juicio.

Incluso aquel amanecer imposible.

Pero cuando alguien me pregunta cómo supe que aquel hombre realmente me amaba, nunca pienso primero en ninguna de esas cosas.

Pienso en una chimenea que siempre estaba encendida antes de que yo sintiera frío.

Porque los grandes gestos pueden impresionar a todo un reino.

La constancia solo la conoce la persona que vive a tu lado.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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