A los 18 años, su madrastra la entregó al rey vampiro lisiado, simplemente para librar a su hermanastra de ese destino.
A los 18 años, su madrastra la entregó al rey vampiro lisiado, simplemente para librar a su hermanastra de ese destino.

PARTE 1
En la familia Sterling, la sangre nunca significó amor. Significaba deuda.
El día que Violet cumplió dieciocho años no recibió una fiesta, un auto ni siquiera un abrazo. Recibió un contrato que prácticamente entregaba su vida a Sebastian Qua, el misterioso dueño de Blackwood Hall, un hombre del que se decía que llevaba siglos vivo y bebía sangre humana.
Todo comenzó cuando Catherine, su madrastra, llegó a casa acompañada de Jessica, su hija biológica. Jessica lloraba desesperadamente.
El padre adoptivo de Violet había muerto dejando enormes deudas con prestamistas que no perdonaban. Y aquella noche habían venido a cobrar.
—El contrato exige una hija Sterling —explicó Catherine con una tranquilidad aterradora—. Jessica no puede ir.
—Entonces, ¿qué propones?
Catherine colocó unos documentos delante de Violet.
—Que vayas tú.
Violet sintió que se le helaba la sangre.
Jessica era la hija perfecta: hermosa, consentida, estudiante de moda. Violet, en cambio, trabajaba dobles turnos en un restaurante.
—No voy a firmar.
Catherine sonrió.
—Entonces diré a la policía que aquellas pastillas encontradas en tu habitación eran tuyas.
Violet miró a Jessica.
Las pastillas habían sido de ella. Violet había asumido la culpa para evitar que la expulsaran.
Esperaba que Jessica dijera algo.
Pero su hermanastra bajó la mirada.
—Lo siento… pero yo no puedo ir.
Algo se rompió dentro de Violet.
Firmó.
Horas después, dos hombres vestidos de negro la condujeron hasta Blackwood Hall, una gigantesca fortaleza gótica perdida entre montañas.
Cuando la abandonaron frente a las puertas, Violet comprendió que incluso aquellos hombres tenían miedo de entrar.
Una anciana llamada señora Higgins la recibió.
—Aquí existen tres reglas. Nunca abras las cortinas del ala oeste. Nunca entres al sótano. Y jamás preguntes al amo por sus piernas.
Sebastian estaba en una enorme biblioteca.
Sentado en una silla de ruedas.
Violet esperaba encontrar un monstruo deforme, pero descubrió a un hombre extraordinariamente atractivo, de piel pálida, cabello negro y ojos rojo oscuro. Sus piernas permanecían ocultas bajo una manta.
—Renfield me envió una niña —dijo Sebastian con desprecio.
—Tengo dieciocho años. Y tengo nombre. Violet.
Sebastian se acercó.
La tomó del mentón.
Cuando sus dedos tocaron su piel, ambos sintieron algo extraño.
Sebastian la soltó como si se hubiera quemado.
—¡Fuera!
Durante días evitó verla.
Hasta que Violet comenzó a limpiar la biblioteca.
Sebastian apareció y la encontró alcanzando libros que él ya no podía tomar.
—No necesito tu lástima.
—No es lástima. Simplemente ahora tienes a alguien que puede alcanzarlos.
Aquella respuesta cambió algo entre ellos.
Violet descubrió que Sebastian no había nacido inválido. Décadas atrás, su propio hermano lo había traicionado usando un arma impregnada con un veneno sobrenatural. La maldición había destruido lentamente sus piernas y ahora avanzaba hacia su corazón.
Sebastian sobrevivía con sangre sintética porque la humana aceleraba la enfermedad.
—Vete de aquí —le pidió—. No mereces verme morir.
Violet negó con la cabeza.
—Me entregaron para pagar una deuda. Pienso cumplirla.
Semanas después, una tormenta azotó Blackwood Hall.
Violet escuchó un golpe procedente del ala oeste.
Encontró a Sebastian tirado en el suelo, expulsando sangre negra.
—¡Aléjate! —rugió él—. Estoy perdiendo el control.
Pero Violet intentó ayudarlo.
Sebastian se abalanzó sobre ella.
Sus colmillos quedaron a centímetros de su cuello.
—No puedo detenerme…
Violet vio dolor, no maldad, en sus ojos.
Entonces tomó una decisión.
—Bebe de mí.
—Podría matarte.
—Confío en ti.
Sebastian hundió los colmillos en su cuello.
Pero ocurrió algo imposible.
En lugar de debilitarse, Violet sintió un calor dorado atravesar su cuerpo.
Sebastian se apartó violentamente.
Las venas negras de su cuello comenzaron a desaparecer.
Después miró sus piernas.
Movió una.
Luego dobló lentamente la rodilla.
—No las sentía desde hace cincuenta años…
Sebastian miró a Violet aterrorizado.
—Tu sangre está destruyendo la maldición.
Tomó su mano.
—Violet… tú no eres una humana normal.
Antes de que pudiera explicarle qué significaba aquello, el sonido de un automóvil atravesó la tormenta.
Violet miró por la ventana y reconoció inmediatamente el Mercedes.
Su corazón se hundió.
—Catherine…
Pero todavía no sabía lo peor.
Su madrastra no había venido a rescatarla.
Había descubierto cuánto valía realmente la sangre de Violet… y había regresado para venderla por segunda vez.
PARTE 2
Catherine entró en Blackwood Hall acompañada por Jessica, fingiendo preocupación.
—Violet, querida, vinimos a saber cómo estabas.
—¿Qué quieres?
La sonrisa de Catherine desapareció.
Había descubierto que Sebastian estaba recuperándose misteriosamente y sospechaba que Violet era la razón.
—Si eres más valiosa de lo que pensábamos, tenemos derecho a renegociar.
—¿Derecho? Me vendiste.
—Te utilicé para salvar a nuestra familia.
—Sal de mi casa.
La voz masculina llegó desde la escalera.
Todas levantaron la mirada.
Sebastian estaba de pie.
Temblaba por el esfuerzo, pero caminó lentamente hasta Violet y rodeó su cintura.
—El contrato está terminado —dijo—. Violet no es mi propiedad. Es mi compañera.
Catherine comprendió que había perdido.
Antes de marcharse, decidió lanzar su último veneno.
—Pregúntale por tu verdadero padre, Violet.
Violet se quedó inmóvil.
—Tu padre era cazador de vampiros. Mató al hermano de Sebastian. Él no te quería por la deuda. Te quería por venganza.
Violet miró a Sebastian.
Esperaba una negación.
Pero él guardó silencio.
—¿Es verdad?
—Descubrí quién eras cuando probé tu sangre.
Violet sintió que todo se derrumbaba.
Había confiado en él.
Corrió hasta su habitación y se encerró.
Entonces escuchó algo arañando la ventana.
Estaban en un tercer piso.
Violet abrió las cortinas.
Una criatura monstruosa estaba pegada al cristal.
—Hola, pequeña cazadora.
El vidrio explotó.
La bestia entró.
Violet tomó un abrecartas de plata y, guiada por un instinto que desconocía poseer, consiguió herirla.
Entonces comprendió la verdad.
Catherine había revelado su ubicación a los enemigos de Sebastian.
Quería cobrar también por su sangre.
La criatura estaba a punto de matarla cuando la puerta se hizo pedazos.
Sebastian apareció.
Se lanzó contra el monstruo y lo arrojó finalmente al precipicio, pero recibió profundas heridas en el pecho.
Violet corrió hacia él.
—¿Por qué me salvaste? ¡Soy hija del hombre que mató a tu hermano!
Sebastian la miró.
—Porque tu padre hizo lo correcto.
Violet quedó paralizada.
Sebastian confesó que su hermano había sido cruel y asesinaba inocentes. El padre de Violet lo había matado para proteger un pueblo.
—Nunca quise vengarme de tu padre. Cuando descubrí quién eras, tuve miedo de que tú quisieras matarme a mí.
Las heridas de Sebastian no cicatrizaban.
El veneno de la criatura estaba destruyéndolo.
Violet descubrió su cuello.
—Bebe.
—Esta vez podría no detenerme.
—Entonces tendré que confiar en ti otra vez.
Sebastian bebió.
Violet sintió cómo la vida abandonaba lentamente su cuerpo.
Después todo se volvió negro.
Cuando despertó, estaba acostada en una enorme cama.
Había permanecido inconsciente durante varios días.
Entonces escuchó pasos.
Sebastian salió de las sombras.
Caminaba perfectamente.
Sus cicatrices habían desaparecido y sus ojos, antes rojos, ahora tenían un extraño tono violeta.
Su sangre lo había curado completamente.
—Casi te maté —confesó él.
Violet tomó su mano.
—Pero no lo hiciste.
Por primera vez comprendió qué sentía realmente.
—Creo que te amo, Sebastian.
Él la besó.
Después prometió que nadie volvería a venderla, utilizarla ni hacerla sentir insignificante.
Pero todavía quedaba una deuda pendiente.
Semanas después, Catherine organizaba una lujosa fiesta celebrando su recuperación económica.
Las puertas se abrieron.
Violet entró del brazo de Sebastian.
Catherine dejó caer su copa.
Sebastian caminaba completamente erguido.
—Vendiste nuestra ubicación a quienes intentaron asesinarnos —dijo él.
—¡Mentira!
Violet avanzó.
—La única monstruo aquí eres tú. Vendiste a tu propia hija para pagar tus deudas.
Sebastian dejó unos documentos sobre una mesa.
Había comprado todas las deudas de Catherine.
La residencia.
La casa de verano.
Los automóviles.
Todo.
Catherine cayó de rodillas.
—¡Ten misericordia! Tengo una hija que proteger.
Sebastian respondió:
—Tenías dos.
Jessica comenzó a llorar y pidió ayuda a Violet.
Violet retiró lentamente la mano de su hermanastra.
—No somos hermanas. Solo fuimos dos desconocidas viviendo bajo el mismo techo.
Pero Violet tampoco quería dejarlas en la calle.
—Quiero justicia.
Catherine levantó la mirada esperanzada.
Violet sonrió.
El antiguo contrato exigía una vida de servicio para pagar la deuda.
Y Blackwood Hall tenía decenas de habitaciones.
—La señora Higgins necesita ayuda —explicó Violet—. Los pisos deben limpiarse a mano. Y los cuartos de servicio son bastante fríos durante el invierno.
Catherine palideció.
—¿Quieres convertirme en sirvienta?
—Tú me enseñaste que cada deuda debe pagarse.
Los guardias se llevaron a Catherine mientras gritaba.
Violet no sintió culpa.
Había pasado dieciocho años siendo tratada como algo que podía intercambiarse.
Ahora nadie volvería a ponerle precio.
Sebastian le ofreció el brazo.
—¿Nos vamos a casa, mi reina?
Violet miró por última vez aquel mundo al que había deseado pertenecer.
Ya no lo necesitaba.
Tomó el brazo de Sebastian.
—Vamos a casa.
Violet había llegado a Blackwood Hall como pago de una deuda.
Pero terminó convirtiéndose en aquello que nadie esperaba: la mujer que devolvió la vida a un rey, descubrió la sangre de cazadora que corría por sus venas y decidió por primera vez su propio destino.
Ya no era mercancía.
Ya no era víctima.
Era la señora de Blackwood Hall.
Y después de dieciocho años sobreviviendo a los demás, finalmente había comenzado a vivir para sí misma.