A este rey vampiro paralítico no le duraba nadie, hasta que llegó una madre soltera

PARTE 1

Nadie había conseguido quedarse más de un día en la finca Croft.

Algunos asistentes escapaban llorando antes de terminar su primer turno. Otros salían en silencio, aterrorizados por algo que nunca se atrevían a contar. Pero Helena Hayes no tenía el lujo de huir.

Era una madre desesperada.

Su hijo Leo, de apenas seis años, estaba luchando contra una enfermedad que estaba destruyendo poco a poco su cuerpo. Cada tratamiento, cada transfusión y cada nueva esperanza tenían un precio que Helena ya no podía pagar. Había agotado sus ahorros, vendido casi todo lo que tenía y aun así las facturas médicas seguían creciendo.

Cuando recibió una llamada ofreciéndole un trabajo como cuidadora privada por una cantidad de dinero que parecía imposible, supo que algo no estaba bien.

El salario era demasiado alto.

Las reglas eran demasiado extrañas.

Y el lugar al que debía ir parecía sacado de una pesadilla.

La finca Croft estaba escondida entre los bosques de Seattle, detrás de enormes puertas de hierro y rodeada por una oscuridad permanente. La mansión no parecía una casa, sino una fortaleza construida para mantener al mundo alejado.

Allí la recibió Winston Gable, el administrador de la propiedad.

—Usted es más joven que las anteriores —dijo con una mirada fría—. Todas dijeron que podían soportarlo. Ninguna duró.

Helena apretó su bolso contra el pecho.

—Yo no estoy aquí porque quiera una aventura. Estoy aquí porque mi hijo necesita vivir.

Aquella respuesta pareció sorprenderlo.

Antes de dejarla entrar, Winston le explicó tres reglas.

Nunca debía abrir las cortinas.

Nunca debía tocar el refrigerador especial del sótano.

Y si Arton Croft le ordenaba salir de una habitación, debía obedecer inmediatamente.

Helena pensó que eran reglas absurdas, pero cuando vio el contrato y recordó las deudas del hospital, decidió aceptarlo.

Entonces conoció al hombre al que debía cuidar.

Arton Croft estaba sentado en una silla de ruedas dentro de una habitación enorme y oscura. Era un hombre de una belleza extraña, con rasgos aristocráticos y una mirada que parecía atravesar el alma de cualquiera.

Pero había algo diferente en sus ojos.

Algo que no parecía humano.

—Otra más, Winston —murmuró Arton—. Cada vez aceptamos personas más desesperadas.

Helena sintió la ofensa, pero no retrocedió.

—Necesito este trabajo, señor Croft. Pero no necesito que me guste usted.

Por primera vez en mucho tiempo, alguien no le tuvo miedo.

Arton intentó intimidarla desde el primer momento. Incluso lanzó un antiguo reloj de metal contra la pared, esperando verla correr.

Pero Helena simplemente recogió los pedazos.

—Si quiere asustarme, tendrá que hacerlo mejor —dijo tranquilamente—. Porque si me lastima, nadie podrá ayudarlo cuando necesite algo.

Aquella respuesta cambió algo en la mirada del millonario.

Durante los días siguientes, Helena descubrió que Arton no era simplemente un hombre cruel. Era alguien consumido por la rabia, encerrado en un cuerpo que ya no podía controlar.

No aceptaba fisioterapia.

No hablaba con nadie.

Y se negaba incluso a alimentarse correctamente.

Hasta que una noche todo cambió.

La mansión estaba en silencio cuando Helena escuchó un fuerte golpe proveniente de la habitación de Arton.

Corrió hacia allí y lo encontró en el suelo junto a un refrigerador abierto.

Las bolsas que habían caído al suelo no contenían medicamentos.

No eran tratamientos.

Eran bolsas llenas de sangre.

Helena se quedó inmóvil mientras observaba cómo Arton luchaba por recuperar el control. Sus ojos habían cambiado completamente. Ya no eran de color ámbar.

Eran rojos.

Sus colmillos aparecieron lentamente.

Por primera vez, Helena entendió por qué todos los asistentes habían huido.

El hombre que estaba frente a ella no era un paciente común.

Era un vampiro.

Arton la miró con desesperación y vergüenza.

—Ahora lo sabes —susurró—. Sal de aquí antes de que deje de controlarme.

Helena miró la puerta.

Pensó en escapar.

Pensó en Leo.

Pensó en todo lo que había sacrificado para llegar hasta allí.

Entonces caminó hacia el refrigerador, tomó una de las bolsas intactas y se acercó lentamente al monstruo que todos temían.

Y cuando Arton esperaba escuchar un grito de terror…

Helena hizo algo que nadie había hecho jamás.

Se arrodilló frente a él y dijo:

—Bebe.

PARTE 2

Arton la miró como si no pudiera comprender lo que estaba ocurriendo.

Durante siglos había visto miedo en los ojos de los humanos. Había visto personas correr, suplicar y traicionarse unas a otras para salvar sus propias vidas.

Pero Helena no estaba huyendo.

Estaba intentando salvarlo.

Con las manos temblando por el hambre y la vergüenza, Arton aceptó la bolsa de sangre. Cuando terminó, poco a poco sus ojos volvieron a su color natural.

Helena limpió el desastre del suelo sin decir una palabra.

—¿No tienes miedo de mí? —preguntó él.

Ella continuó limpiando.

—Tengo miedo todos los días. Pero no tengo tiempo para quedarme paralizada.

Por primera vez en mucho tiempo, Arton sonrió.

No porque fuera feliz.

Sino porque alguien finalmente lo había tratado como un ser vivo y no como un monstruo.

Con los días, algo extraño ocurrió en la finca Croft.

Helena dejó de ver a Arton como una criatura peligrosa y comenzó a verlo como un hombre roto.

Él, a su vez, empezó a verla como algo que nunca había tenido: alguien que no buscaba su poder ni su dinero.

Una noche, Arton decidió contarle la verdad.

Su parálisis no era una enfermedad común. Había sido atacado por un enemigo llamado Reginald Vein, quien había utilizado plata para destruir su capacidad de regeneración.

La plata estaba atrapada en su columna.

Por eso estaba condenado a permanecer en esa silla.

Pero entonces Helena escuchó algo que cambió todo.

La sangre de Arton tenía una capacidad especial.

Si lograba recuperarse, podría curar enfermedades humanas.

Incluso la enfermedad de Leo.

La esperanza volvió a aparecer en el corazón de Helena.

Pero antes de que pudieran encontrar una solución, la seguridad de la finca fue destruida.

Winston apareció herido.

Los enemigos habían encontrado la mansión.

La agencia que había enviado a Helena no era una simple empresa de empleo. Había sido una trampa para descubrir las defensas de Arton.

Los hombres de Reginald Vein estaban llegando.

Y querían terminar lo que habían empezado.

—Debes irte —ordenó Arton—. Salva a tu hijo.

Helena negó con la cabeza.

—Tú eres la única oportunidad que tiene Leo.

Entonces empujó la silla de ruedas de Arton hacia el refugio secreto de la mansión.

Mientras las luces se apagaban y los enemigos avanzaban por los pasillos, una idea comenzó a formarse en la mente de Helena.

Arton tenía siglos de experiencia.

Ella tenía algo diferente.

La desesperación de una madre que no estaba dispuesta a perder otra vez.

Cuando llegaron a la bóveda, una voz apareció al otro lado de la puerta.

Era Víctor, el verdugo enviado por Reginald.

El enemigo estaba convencido de que encontraría a un vampiro débil y paralizado.

Pero no sabía que dentro de aquella habitación había algo mucho más peligroso.

Una madre luchando por salvar a su hijo.

Helena miró a Arton.

—Necesito que lo distraigas tres segundos.

Arton sonrió lentamente.

Por primera vez en años, volvió a sentir que no era una víctima.

Era un rey.

La puerta de acero comenzó a romperse.

Y cuando finalmente cayó, Víctor entró con una espada de plata en la mano, seguro de que la victoria era suya.

No sabía que Helena ya había preparado una trampa.

Ni que aquellos tres segundos serían suficientes para cambiar el destino de todos.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward