9 CEO hermanos mimados fuerzan a aldeana:desnuda y de rodillas;sin saber:era hermana buscada 17 años
9 CEO hermanos mimados fuerzan a aldeana:desnuda y de rodillas;sin saber:era hermana buscada 17 años

PARTE 1
Wen Siksu llevaba años creyendo que, si trabajaba lo suficiente, algún día podría darle una vida tranquila a los dos únicos padres que realmente conocía.
Pero entonces su madre enfermó gravemente.
El médico fue claro: necesitaba una operación urgente y el costo era una cantidad que su familia jamás podría reunir. Su padre apenas podía sostener la casa y Siksu todavía estudiaba en la universidad. Aun así, ella prometió conseguir el dinero.
Aceptó trabajos que nunca habría imaginado hacer, soportó humillaciones y hasta permitió que personas ricas la trataran como si su dignidad tuviera precio.
Todo por salvar a su madre.
El problema comenzó cuando Chen Xiao, un joven popular de la universidad, fingió interesarse en ella para provocar los celos de Kian Kian, la consentida hija de la poderosa familia Geu.
Siksu nunca supo que formaba parte de aquel juego.
Para Kian Kian, sin embargo, ella se convirtió inmediatamente en una enemiga.
Los rumores comenzaron a circular por toda la universidad. Decían que Siksu robaba novios, que buscaba hombres ricos y que hacía cualquier cosa por dinero.
Nadie quería escuchar su versión.
Kian Kian tenía dinero, apellido y nueve hermanos capaces de protegerla.
Siksu solo tenía a sus padres enfermos esperándola en casa.
Incluso cuando la obligaron a arrodillarse y disculparse por algo que nunca había hecho, Siksu soportó la humillación.
—Por mamá —se repetía.
Después ocurrió algo todavía peor.
Kian Kian hizo que uno de los trabajos de Siksu terminara mal y el dinero que esperaba recibir desapareció. Cuando Siksu acudió desesperada a los hermanos de Kian para exigir lo que le habían prometido, ellos se burlaron de ella.
—¿Quinientos mil? —dijo uno—. ¿Crees que vales tanto?
Siksu apretó los puños.
No estaba pidiendo dinero para comprarse ropa.
Su madre estaba esperando una operación.
Finalmente consiguió que le transfirieran la cantidad necesaria y corrió al hospital.
La cirugía fue un éxito.
Por primera vez en semanas, Siksu pudo respirar.
Abrazó a sus padres adoptivos y creyó que lo peor había terminado.
Entonces recibió una llamada inesperada.
Años atrás había dejado una muestra de ADN en una organización dedicada a encontrar familiares desaparecidos. Siksu sabía que había llegado a su familia adoptiva cuando tenía cinco años y siempre había tenido una pequeña esperanza de descubrir de dónde venía.
—Señorita Wen —dijo la mujer al teléfono—. Tenemos una coincidencia.
Siksu se quedó inmóvil.
Después de quince años, sus padres biológicos podían haber aparecido.
Cuando llegó al centro de identificación, vio a una elegante mujer llamada señora Su.
Pero no estaba sola.
A su lado estaba Kian Kian.
Siksu sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
La señora Su era la madre de Kian Kian.
Y según el sistema, también podía ser la madre biológica de Siksu.
—Debe existir algún error —dijo Kian Kian inmediatamente.
La señora Su observó a Siksu con incredulidad.
Aquella era precisamente la muchacha de la que su hija llevaba meses quejándose.
Ordenaron una nueva prueba.
Siksu regresó con sus padres adoptivos intentando no hacerse ilusiones.
Ellos la abrazaron.
—Pase lo que pase —le dijo su padre—, siempre serás nuestra hija.
Poco después llegó el resultado.
Compatibilidad genética: 99,9 %.
Siksu sostuvo el informe con manos temblorosas.
La señora Su era su madre biológica.
Por fin sabía quién era.
Pero cuando llegó a la residencia de los Geu y puso el documento sobre la mesa, la señora Su sacó otro informe.
Uno completamente diferente.
—Este resultado dice que tú no eres mi hija —dijo fríamente.
Siksu miró ambos documentos.
El suyo decía 99,9 %.
El de la familia Geu decía que no existía ningún parentesco.
Y en ese instante comprendió algo aterrador:
uno de los dos informes había sido falsificado.
PARTE 2
Siksu levantó la mirada hacia Kian Kian.
Durante apenas un segundo vio algo extraño en sus ojos.
No sorpresa.
Miedo.
Pero la señora Su estaba demasiado alterada para notarlo.
Le contó a Siksu que llevaba más de quince años buscando a la hija que había perdido cuando tenía cinco años. Había abandonado su carrera, recorrido ciudades y países y dedicado gran parte de su vida a encontrarla.
Por eso consideró el informe de Siksu una crueldad imperdonable.
—No vuelvas a fingir que eres mi hija.
Siksu intentó explicarse.
Su padre adoptivo también pidió que realizaran otra prueba.
Pero los guardias de la familia Geu recibieron la orden de expulsarlos.
En medio del caos, su padre resultó gravemente herido.
Siksu corrió con él al hospital.
Los médicos hicieron lo posible, pero había llegado demasiado tarde.
Su padre ya no volvió a casa.
La tragedia destrozó también a su madre adoptiva. Poco después, su enfermedad reapareció con una gravedad que los médicos ya no pudieron controlar.
Antes de irse, ella tomó la mano de Siksu.
—Quiero volver a casa.
Siksu regresó con ella al pequeño pueblo donde había crecido.
En pocos días perdió el mundo que había conocido durante quince años.
Mientras tanto, la familia Geu continuaba celebrando a Kian Kian como su princesa.
Entonces apareció un video en internet.
Era Siksu.
Con una voz tranquila, contó públicamente todo lo que había vivido.
Habló de sus padres adoptivos, de la enfermedad de su madre, de las humillaciones en la universidad, del poder de la familia Geu y de dos pruebas de ADN que se contradecían.
Después levantó la muñeca.
Llevaba una vieja pulsera.
La señora Su, que estaba viendo el video, dejó caer el teléfono.
Reconoció aquella pulsera.
La había tejido personalmente para su hija cuando era pequeña porque la niña tenía una marca de nacimiento en la muñeca y se avergonzaba de ella.
—Xiaosi…
La mujer comenzó a temblar.
Su hija desaparecida tenía exactamente aquella marca.
Y exactamente aquella pulsera.
Uno de los hermanos recordó entonces algo todavía más inquietante: Kian Kian había acompañado a Siksu durante parte del proceso de identificación.
Investigaron inmediatamente el segundo informe.
Era falso.
Alguien había manipulado el resultado.
La verdad cayó sobre la familia Geu como una piedra.
Wen Siksu era Xiaosi.
La niña que llevaban quince años buscando.
La muchacha que habían despreciado, acusado y expulsado de su propia casa era su verdadera hija y hermana.
Corrieron al pueblo.
Pero llegaron demasiado tarde para reparar todo el daño.
La señora Su entró en la humilde vivienda donde Siksu había vivido y comprendió por primera vez cómo había crecido su hija.
Aquella casa era más sencilla que las habitaciones de sus empleados.
Sin embargo, allí Siksu había recibido algo que el dinero de los Geu nunca había podido comprar:
amor.
Los hermanos comenzaron a recordar cada encuentro con ella.
Las veces que la insultaron.
Las ocasiones en las que pidió ayuda para pagar la operación de su madre.
El dinero que le negaron.
Las amenazas que lanzaron sin escucharla.
Todo encajaba demasiado tarde.
Kian Kian intentó defenderse.
—¡Yo también soy su hija! ¡He vivido quince años con ustedes!
Pero las investigaciones revelaron los rumores, las manipulaciones y la falsificación relacionada con la prueba.
La familia Geu dejó de protegerla.
Tiempo después, frente a decenas de periodistas, el hermano mayor apareció públicamente.
—Wen Siksu es la hija biológica de nuestra familia que desapareció hace quince años.
Los reporteros comenzaron a lanzar preguntas.
Entonces él añadió algo que nadie esperaba.
—Los rumores sobre ella también fueron fabricados. Nuestra familia se equivocó al creerlos sin investigar.
El nombre de Kian Kian apareció poco después vinculado oficialmente a las acusaciones por sus acciones contra Siksu.
Pero para la señora Su ninguna consecuencia parecía suficiente.
Había pasado quince años buscando a su pequeña Xiaosi.
Y cuando finalmente la tuvo delante, no reconoció a su propia hija.
Siksu, en cambio, había aprendido una verdad mucho más importante.
La sangre podía explicar de dónde venía.
Pero no podía decidir quién había sido su familia.
Porque cuando ella no tenía dinero, apellido ni poder, hubo dos personas humildes que la llevaron a casa, la alimentaron, la educaron y la llamaron hija.
Y ellos nunca necesitaron una prueba de ADN para quererla.