100 princesas ofrecen su sangre, pero el Rey Vampiro solo ansía la fuerza vital de la camarera.
100 princesas ofrecen su sangre, pero el Rey Vampiro solo ansía la fuerza vital de la camarera.

PARTE 1
Elera había aprendido que, cuando una persona debía más dinero del que podía pagar, lo mejor era pasar desapercibida. Aquella noche no quería llamar la atención de nadie. Solo necesitaba terminar su turno, cobrar y evitar que el dueño de su departamento cambiara la cerradura.
Trabajaba como mesera en la gala más exclusiva de la ciudad, celebrada en la Torre Emperoran. A su alrededor brillaban diamantes, relojes imposibles y vestidos que costaban más que todo lo que ella ganaría en años. Elera caminaba entre los invitados con una bandeja de copas y una sola regla en la cabeza: no tropezar, no derramar nada y, sobre todo, no acercarse al anfitrión.
Cashion Snow.
Para el público era el misterioso dueño de Nightfall Enterprises, un hombre tan rico que parecía controlar media ciudad. Pero entre los invitados corría otro rumor, uno que nadie se atrevía a decir en voz alta: Cashion no era simplemente un hombre.
Era el rey de los vampiros.
Elera no creía en esas historias. Lo único real para ella era la renta atrasada y la colegiatura de su hermano menor.
Entonces escuchó una voz que conocía demasiado bien.
—Elera.
Se giró y sintió que el estómago se le hundía.
Jaime, su exnovio, había logrado entrar a la gala. Llevaba el saco arrugado, el rostro pálido y esa expresión desesperada que siempre aparecía cuando había vuelto a meterse en problemas.
—Necesito dinero —susurró, sujetándola del brazo—. Solo doscientos. Te los devuelvo.
—Estoy trabajando. Suéltame.
—Van a romperme las piernas.
Elera intentó apartarse. Jaime apretó con más fuerza.
Todo ocurrió en un segundo.
Ella perdió el equilibrio. La bandeja salió volando. Varias copas de vino tinto giraron por el aire y terminaron estrellándose contra el pecho de un hombre que acababa de colocarse detrás de ella.
El salón entero quedó en silencio.
Elera levantó la vista y dejó de respirar.
Cashion Snow la observaba.
Su camisa blanca estaba empapada de rojo. Fragmentos de cristal caían sobre el mármol a sus pies.
—Lo siento… lo siento muchísimo.
Jaime desapareció entre la multitud.
Convencida de que acababa de perder el trabajo, Elera se arrodilló para recoger los vidrios.
—No —ordenó Cashion.
Pero ya era tarde.
Un fragmento le cortó la palma.
Elera soltó un gemido. Una gota de sangre apareció en su piel, resbaló por uno de sus dedos y cayó sobre el mármol junto al zapato de Cashion.
La gota comenzó a brillar.
No reflejaba las lámparas. Emitía su propia luz, un resplandor rojo suave que hizo que el aire del salón pareciera vibrar.
Cashion se quedó rígido.
Sus ojos, negros un instante antes, se volvieron dorados.
Elera retrocedió, aterrorizada.
Pero lo peor no fue la reacción del rey.
Fueron los demás.
Uno por uno, los invitados dejaron de fingir que eran humanos. Sus miradas se clavaron en la sangre de Elera con un hambre desnuda y salvaje. Algunos enseñaron los colmillos. Un hombre dio un paso hacia ella.
Cashion desapareció de su sitio y apareció frente a Elera antes de que pudiera parpadear.
Se colocó entre ella y toda la sala.
Su voz fue baja.
Pero hizo temblar hasta las paredes.
—No toquen lo que es mío.
PARTE 2
La frase cayó sobre el salón como una sentencia.
Elera apenas tuvo tiempo de comprenderla. Cashion se inclinó, le preguntó su nombre y, al escucharlo, la observó como si acabara de encontrar algo que llevaba siglos buscando.
—Tu vida, tal como la conocías, ha terminado.
Minutos después, Elera iba dentro de un automóvil negro rumbo a la sede de Nightfall Enterprises. Protestó, exigió que la dejaran ir, incluso amenazó con llamar a la policía.
Cashion ni siquiera se inmutó.
—El accidente no fue que derramaras el vino —dijo—. El accidente fue que sangraras.
En el penthouse de la torre los esperaba Julius, un hombre de cabello plateado y modales mucho más amables que los del rey. Después de vendarle la mano, le explicó la verdad.
Durante siglos, los vampiros habían sufrido una enfermedad llamada The Fade: una lenta pérdida de fuerza y vitalidad que terminaría por extinguirlos. Antiguos textos hablaban de una línea de sangre humana capaz de detener aquella decadencia. La llamaban Sanguisma, “la sangre del alma”.
Y Elera la llevaba en las venas.
Su sangre había reaccionado con la línea real de Cashion y había creado un vínculo. Mientras ella siguiera viva y cerca de él, la decadencia del rey se detendría.
Aquello la convertía en la persona más valiosa y más perseguida del mundo vampírico.
—Todos los que estuvieron en la gala lo saben —dijo Cashion—. Algunos querrán secuestrarte. Otros querrán desangrarte y usar lo que llevas dentro.
Elera tragó saliva.
—Entonces déjame esconderme.
—Ya estás escondida.
—¿Aquí?
—Aquí estás protegida.
Pero pronto comprendió que “protegida” también significaba encerrada.
Tenía una habitación enorme, ropa costosa, comida perfecta y una vista privilegiada de la ciudad. También tenía puertas bloqueadas, cristales imposibles de romper y guardias en cada pasillo.
La jaula era de lujo, pero seguía siendo una jaula.
El Consejo Vampírico exigió verla. Allí Elera conoció a Lord Valyrius, rival político de Cashion, y a Saraphina, una poderosa duquesa que durante años había sido considerada la futura consorte del rey.
Ambos la miraron como si fuera una enfermedad.
Valyrius propuso someterla a un antiguo ritual que destruiría su voluntad y la convertiría en una sirvienta obediente. Así, decía, nadie podría utilizarla contra el reino.
Elera sintió que la sangre se le congelaba.
Cashion permaneció en silencio durante unos segundos.
Luego se levantó.
—No.
El consejo entero protestó.
—No romperé su mente. No es una herramienta. Su voluntad le pertenece.
Por primera vez desde que había sido llevada a la torre, Elera sintió que Cashion no solo protegía su sangre.
Tal vez había algo más.
Pero la libertad seguía estando fuera de su alcance.
Poco después encontró una nota escondida en una bandeja de comida. Era de Jaime. Decía que había encontrado a alguien dentro de la organización dispuesto a ayudarla a escapar.
Elera sospechó que podía ser una trampa.
Aun así, la palabra libertad pudo más que el miedo.
Consiguió salir por un ascensor de servicio y llegó hasta un estacionamiento subterráneo, donde Jaime la esperaba temblando.
—Tenemos que irnos —dijo él.
Entonces una risa surgió de las sombras.
Valyrius apareció acompañado de dos vampiros.
Elera comprendió demasiado tarde.
Jaime la había vendido.
Él confesó que le habían prometido dinero suficiente para empezar una nueva vida. Aseguró que le habían dicho que nadie iba a hacerle daño.
Valyrius sonrió.
—¿De verdad nos creíste?
Antes de que Jaime pudiera responder, uno de sus hombres lo mató.
Elera gritó.
Después, los vampiros avanzaron hacia ella.
Valyrius confesó que planeaba dejar su cadáver para que Cashion lo encontrara. Quería destruir al rey no con una espada, sino con el dolor.
Uno de los vampiros se lanzó sobre Elera.
Nunca llegó a tocarla.
Un estruendo sacudió el estacionamiento.
Cashion apareció.
Lo que siguió no fue una pelea.
Fue una ejecución.
En cuestión de segundos acabó con los dos hombres y derrotó a Valyrius. Luego se volvió hacia Elera.
Ella esperaba alivio.
Encontró furia.
—Elegiste confiar en él antes que en mí.
—Quería ser libre.
—Estabas viva.
—¡Eso no es lo mismo!
Por primera vez, Elera le gritó todo lo que llevaba acumulado.
Le dijo que una prisión seguía siendo una prisión aunque tuviera paredes de mármol. Que él nunca le había preguntado qué quería. Que la había tratado como una posesión.
Cashion respondió que su supervivencia estaba por encima de todo.
Después del ataque, cumplió su amenaza: Elera ya no volvió a estar sola. Se convirtió literalmente en la sombra del rey.
La tensión entre ambos creció hasta la ceremonia del Tributo de Sangre, una reunión en la que los señores vampiros renovaban públicamente su lealtad.
Elera asistió junto a Cashion con un vestido rojo oscuro.
Saraphina también estaba allí.
A mitad de la ceremonia, la duquesa fingió tropezar y apoyó una mano sobre el brazo de Elera.
Un dolor abrasador explotó dentro de ella.
Saraphina retiró la mano mostrando una pequeña aguja de plata.
Veneno.
Elera cayó al suelo.
Las venas alrededor de la herida comenzaron a oscurecerse. Cashion corrió hacia ella, pero también se desplomó.
El vínculo transmitía el veneno de Elera hacia él.
Saraphina había preparado una mezcla destinada a destruir la línea real. Sus aliados sacaron las armas.
—El ancla humana es la debilidad del rey —proclamó uno—. Esta noche comienza una nueva era.
Cashion no respondió.
Solo sostuvo a Elera mientras su respiración se apagaba.
Por primera vez, la máscara del rey desapareció por completo.
—Todo esto no significa nada sin ella —dijo.
Cashion conocía una última posibilidad.
El Ritual de Unificación.
Una magia prohibida capaz de unir dos vidas como iguales. No un amo y una sirvienta. Dos almas.
Podía romper cualquier maldición.
Pero le costaría a Cashion gran parte de su poder y quizá su inmortalidad.
No dudó.
Se abrió la muñeca con sus propios colmillos. Luego hizo una pequeña herida en la muñeca de Elera y unió ambas sangres.
Las palabras antiguas hicieron temblar el salón.
Una luz blanca estalló alrededor de ellos.
Elera sintió que el veneno retrocedía.
Pero también sintió algo que nunca había esperado: la soledad de Cashion, siglos enteros de deber, miedo y silencio. Sintió su terror de perderla y un amor feroz que él jamás había sabido expresar.
Y Cashion sintió todo lo que ella había soportado.
Su miedo.
Su rabia.
Su necesidad de elegir por sí misma.
La energía surgió de ambos como una ola.
A los leales los fortaleció.
A los traidores los golpeó como fuego.
Saraphina y sus aliados no murieron. Perdieron aquello que más valoraban: su poder. Quedaron reducidos a seres débiles, incapaces de gobernar o amenazar a nadie.
Cuando la luz desapareció, Elera abrió los ojos.
Seguía viva.
Cashion también.
Y The Fade había desaparecido.
No solo de él.
De toda su especie.
Meses después, el mundo vampírico ya no era el mismo. Los conspiradores habían sido exiliados, las antiguas leyes empezaban a derrumbarse y los primeros intentos de convivencia con los humanos estaban en marcha.
Elera tampoco era la misma.
Ya no era completamente humana, pero tampoco era un vampiro. Su corazón seguía latiendo, aunque ahora poseía una fuerza y una percepción que antes no tenía.
Sobre todo, ya no era prisionera.
La torre era su hogar porque ella había elegido quedarse.
Y Cashion ya no la llamaba su posesión.
La llamaba su igual.
Elera participaba en las reuniones del consejo, ayudaba a cambiar las leyes y defendía una nueva relación entre ambos mundos. El antiguo vínculo que los había unido por necesidad había desaparecido.
En su lugar había otro.
Uno elegido.
Una noche, desde el balcón donde la ciudad parecía un océano de luces, Cashion la abrazó por la cintura.
—Casi te perdí —murmuró.
Elera cubrió la mano de él con la suya.
—Pero no lo hiciste. Nos salvamos mutuamente.
Cashion la besó sin mandato, sin miedo y sin reclamarla como propiedad.
Elera miró la ciudad y pensó en lo absurdo de todo.
Su vida había comenzado a romperse por una bandeja de vino derramada.
Sin embargo, de aquellos pedazos había surgido algo nuevo.
El destino había unido su sangre.
Pero no había elegido su futuro.
Eso lo habían hecho ellos.